Bélgica
¡Lucha de clases anticapitalista contra el gobierno Arizona!
Con la formación del gobierno «Arizona», la burguesía belga ha resuelto, al menos por un tiempo, la interminable crisis gubernamental. Y la ha resuelto, como era de esperar, apoyándose en la derecha y la extrema derecha, sobre las espaldas de los proletarios, acentuando las políticas antiobreras del gobierno Vivaldi, que habían provocado una caída de los salarios reales. El objetivo declarado es reducir el déficit presupuestario (que debería alcanzar el 4,4% en 2024, con una deuda equivalente a más del 104% del PIB). El programa del nuevo gobierno presenta «opciones no siempre fáciles» pero, por supuesto, «inevitables para garantizar la prosperidad y el bienestar de todos nuestros ciudadanos», según el Primer Ministro. En realidad, es un programa diseñado para garantizar la prosperidad y el bienestar de los capitalistas. No es casualidad que haya sido bien acogido por las organizaciones patronales.
El programa de «reformas» del gobierno prevé un impuesto (no especificado) sobre las plusvalías, pero esto es sólo una fachada: la mayor parte del ahorro presupuestario provendrá de los recortes en la seguridad social, las pensiones y las prestaciones por desempleo. Además, el gobierno quiere hacer frente a los «costes salariales excesivamente elevados» (los empresarios siguen pensando que sus empleados están pagados de más), por lo que pretende mantener la congelación salarial decidida por el gobierno anterior, reducir el pago por trabajo nocturno, etc.; aumenta la edad de jubilación de los empleados, que sigue siendo demasiado baja. Eleva la edad de jubilación, permite imponer una prolongación de la jornada laboral hasta 240 horas extraordinarias al año pagadas a la tarifa normal, para volver a poner a trabajar a los enfermos de larga duración (la patronal sigue pensando que sus empleados no trabajan lo suficiente); pretende el fin progresivo del estatuto de los funcionarios, etc. Otra parte del programa es la adopción de «la política más estricta» en materia de inmigración, basada en el modelo de Geert Wilders en Holanda, anunciando toda una serie de medidas para restringir los derechos sociales de los inmigrantes y solicitantes de asilo, la Oficina de Extranjería se adscribirá a la policía federal, etc. Se trata de medidas xenófobas destinadas a dividir a los trabajadores convirtiendo a los extranjeros en chivos expiatorios de las dificultades económicas y sociales que atraviesa la población. Sin embargo, se prevén gastos adicionales: para la policía y el ejército...
Ataques similares se están produciendo en la mayoría de los países europeos porque vienen dictados por la necesidad del capitalismo de salvar sus tasas de beneficios en lo que promete ser un periodo difícil: se trata, por tanto, de una ofensiva de clase contra los proletarios cuya explotación produce esos beneficios; sólo se le puede oponer una lucha real en el terreno de clase. No es éste el camino seguido por el Frente Sindical Común, que llama a la movilización el 13 de febrero; la Centrale Générale des Syndicats Libéraux de Belgique, que se opone a cualquier huelga, considera simplemente este día como una «señal» al gobierno para que se tome en serio el «diálogo social». La CSC (Confederación Cristiana de Sindicatos) se contenta con llamar a la acción para «denunciar las medidas injustas del convenio» y «exigir más respeto». En cuanto a la Fédération Générale des Travailleurs de Belgique, habla de un «maratón de resistencia que durará toda la legislatura». Pero celebrar una jornada de manifestaciones y huelgas una vez al mes durante años y años sólo conducirá al agotamiento y a la desmovilización de los trabajadores, sin hacer retroceder al gobierno. La movilización del 13 de enero debía «influir» en las negociaciones para formar gobierno: ya vemos el resultado...
De hecho, las burocracias sindicales están demasiado indisolublemente ligadas a la «concertación» entre los «interlocutores sociales» como para ir más allá de las manifestaciones-procesiones; son demasiado respetuosas de la «legitimidad democrática» del gobierno como para oponerse radicalmente a él. Pero la democracia burguesa sólo sirve a los intereses de la clase dominante; proletarios y capitalistas no son socios sino adversarios de clase: no puede haber diálogo entre ellos sino una lucha encarnizada, como ha demostrado el propio gobierno. Para resistir y derrotar este ataque sin precedentes, los proletarios deben romper con las políticas promovidas por las burocracias sindicales y emprender una lucha abierta:
Contra las medidas gubernamentales, contra la explotación, la represión y la miseria: ¡lucha de clase anticapitalista!
12 febrero de 2025
Partido Comunista Internacional Il comunista - le prolétaire - el proletario - proletarian - programme communiste - el programa comunista - Communist Program
www.pcint.org
Sobre la victoria democrática del fascista Bolsonaro en Brasil
Si Bolsonaro ganó las elecciones, es porque antes de su llegada tres gobiernos sucesivos del Partido de los Trabajadores se encargaron de aplastar cualquier rastro de fuerza propia y combatividad que pudiera quedarle a la clase trabajadora de Brasil. Al igual que en 1970 Allende inició su mandato garantizándole a la burguesía chilena que sus intereses no serían amenazados, asimismo Lula da Silva empezó a gobernar en 2003 prometiéndole a los grandes empresarios y banqueros internacionales que ninguno de sus intereses en Brasil correría riesgo alguno.
En efecto, Lula gobernó para garantizar el pago de la deuda pública, asegurando al capital un piso mínimo de estabilidad fiscal que le permitiese invertir con seguridad. Ninguno de los gobiernos del PT alteró en nada las condiciones de la explotación social y la acumulación capitalista en Brasil. Muy por el contrario, tales gobiernos fueron el soporte de una “amplia negociación nacional” destinada a garantizar que la explotación capitalista pudiese proseguir sin contratiempos.
Para cumplir su cometido, a lo largo de sus tres períodos de gobierno el PT cooptó y puso bajo su control a la mayoría de las dirigencias sindicales y sociales, transformando a los líderes populares en ministros, asesores de mercado, administradores de fondos de pensión e inversionistas. Simultáneamente, con tal de preservar las bases de su poder, el PT se puso a sí mismo bajo control de las fuerzas más reaccionarias representadas por el capital agrario, el empresariado de la industria nacional e internacional, el sistema financiero y la teocracia evangélica.
Mientras gobernaba para los propietarios de Brasil, el PT se las arregló para anestesiar el descontento social con una calculada combinación de programas sociales y terror represivo. Cuando Lula aceptó dirigir la Misión de ocupación de Haití en 2004, no sólo le demostró a EEUU que era un aliado confiable para aplastar democráticamente la protesta social en el continente. Al llevar al ejército brasileño a los barrios pobres de Haití, le proporcionó a las tropas un laboratorio para intervenir en las favelas de Río de Janeiro, tal como ocurrió durante las masivas agitaciones populares en contra del Mundial de Fútbol del 2014.
Durante los gobiernos del PT la producción de alimentos en Brasil disminuyó en más de 35%, con el consiguiente aumento de los precios cobrados a la clase trabajadora, debido a las facilidades dadas a las multinacionales agrarias para introducir monocultivos. 200 mil campesinos fueron desplazados mientras que 4 millones perdieron sus tierras a manos de las grandes empresas agropecuarias. Fue bajo los gobiernos del PT, y no bajo gobiernos fascistas, que la deforestación de la Amazonía alcanzó el "punto de no retorno".
Fue el gobierno de Dilma Rousseff, y no uno fascista, el que recalificó los cortes de carreteras y las tomas de tierras como delitos terroristas. Fue bajo esos gobiernos progres, y no bajo el fascismo, que los comandos de la muerte sembraron el terror entre los más desposeídos de los desposeídos en las grandes urbes del Brasil. Fue bajo gobiernos socialdemócratas, y no de derecha, que las cárceles de Brasil batieron los récords mundiales de hacinamiento y degradación de las condiciones de "vida" de los reclusos. Fue bajo esos gobiernos de izquierda que la clase trabajadora y los oprimidos de Brasil conocieron el umbral más bajo de la humillación y la vergüenza. Al proletariado de Brasil lo derrotó la democracia, no la dictadura.
Lo cual, por cierto, no es ninguna novedad. Mussolini accedió al poder cuando el proletariado italiano ya había sido derrotado por los compromisos electorales de los "partidos obreros y populares". Hitler fue designado como canciller por el presidente Hindenburg, quien había recibido el apoyo de los socialistas que veían en él un baluarte de la democracia contra el nazismo. En 1973 Allende, en vez de poner en los ministerios clave a representantes de los trabajadores, puso a los militares, mientras los partidos de la UP votaban una Ley de Control de Armas para desarmar a la clase trabajadora y entregársela en bandeja a las tropas pinochetistas. Quince años después, fue la Junta Militar la que organizó la transición democrática, cumpliendo al pie de la letra la doctrina formulada por Jaime Guzmán, quien fue al mismo tiempo el más democrático de los fascistas y el más fascista de los demócratas.
Como todos los fascistas, Bolsonaro ha llegado simplemente a ordenar los negocios después que la democracia progre sacó del juego al proletariado de Brasil, reduciéndolo a nada.
Tengan esto en cuenta cuando se pongan de nuevo a lloriquear por "la llegada del fascismo". Estos lamentos llegan demasiado tarde. Tendrían que haberse lamentado así, tendrían que haber entrado en pánico y haberse indignado cuando la izquierda socialdemócrata desarmó al proletariado, lo maniató y le hizo adicto a las comodidades, a la anestesia y a las mentiras. El lloriqueo asustado que se deja oír por todas partes hoy, es patético. Sólo demuestra que quienes gimen habían estado durmiendo, viviendo en una fantasía, rehusándose a ver la sangre que brotaba frente a sus narices y la mierda en la que se hundían poco a poco, al son de elecciones y batucadas.
En realidad, la llegada del fascismo nunca es tan mala como parece a primera vista. Al menos, ofrece la oportunidad de desengañarse, madurar y hacerlo un poco mejor de aquí en adelante.
«Yo me felicito de que tal cosa suceda, porque, hombre, la verdad es que da mucho coraje gastar seso y saliva durante años y más años hasta hacerse uno viejo, en explicar a los cabezas de piedra que gobierno es lo mismo que tiranía, que es una estupidez elegir al que ha de echarnos a garrotazos por la cabeza, y que la Autoridad no tiene otro deber que salvaguardar los intereses de los ricos. No quieren entender, pues que entiendan a garrotazos. ¡La letra, con sangre entra!Ahora, creo que ya están muchos convencidos de que la Autoridad sólo sirve para oprimir al pobre en beneficio del rico, y si no lo han entendido, Dominguitos, por favor, deja por algún tiempo más que rebosen gargajos las escupideras y que la Corte Federal parezca un muladar, para que entre tú y los angelitos de estrella enseñen a los hambrientos que todo gobierno es malo.»Ricardo Flores MagónRegeneración, núm. 259, 1 de septiembre de 1917
http://proletariosrevolucionarios.blogspot.com/2018/10/sobre-la-victoria-democratica-del.html
La catástrofe capitalista sigue agudizándose en todas partes, alcanzando cotas cada vez más incompatibles con la vida en el planeta. Guerra generalizada a lo largo del mundo, hambruna masiva, intensificación de la explotación, cascada ininterrumpida de suicidios, cosificación de toda relación social, violencia entre y contra proletarios (violencia sexista, violencia racista, violencia contra niños y viejos...), cárceles atiborradas, destrucción de la Tierra, alimentación cada vez más tóxica, destrucción de la salud, etc. El antagonismo entre el capitalismo y la vida nunca fue tan devastador. Tampoco hubo nunca una desproporción tan grande entre la imperiosa necesidad de una revolución social y la poca tentativa de asumirla.
El único sujeto capaz de dar solución a los problemas de hoy mediante una transformación radical de la sociedad, el proletariado, se muestra incapaz de acabar con toda esa catástrofe. Pese a lo que padece y vive en sus carnes, pese a que una y otra vez se rebela contra las condiciones de vida que sufre, provocando estallidos sociales que hacen tambalear la paz social en tal o cual lugar, como los que recientemente vivimos en Irán o Nicaragua, existen toda una serie de factores que impiden a ese sujeto afirmarse como fuerza internacional para imponer su solución revolucionaria ante los grandes problemas que hoy padecemos.
Décadas de contrarrevolución y paz social han descuartizado al proletariado, potenciando los procesos y mecanismos de reproducción capitalista que velan la existencia misma de las clases sociales (sobre todo la del proletariado), desmembrando así la crítica unitaria desarrollada históricamente por esta clase social. La misma totalidad capitalista sobre la que se despliega la realidad que vivimos aparece fragmentada por una serie de ideologías que parcializan cada problema que este sistema genera, buscando una solución particular a cada uno de ellos. Como consecuencia, se alzan movimientos específicos que abordan esos problemas parciales y tratan de resolverlos. Pero no sólo no hay ninguna solución posible a cada problema tomado por separado, sino que además esa fragmentación altera al mismo tiempo el contenido real de esos problemas. Se constituye así la ideología de la opresión del hombre sobre la mujer, la opresión de la raza blanca sobre las demás razas, la destrucción de la naturaleza por el ser humano..., codificando la realidad bajo esos parámetros ideológicos. Al luchar a través de una categoría parcial, los distintos movimientos se sitúan en el plano de grupos específicos que compiten entre sí por un mayor reconocimiento de derechos por parte del Estado. La competencia entre mercancías se expresa políticamente como la competencia entre identidades separadas, todo en beneficio de las políticas “transversales” del valor y su gestión estatal. Se desplaza así la crítica unitaria del capitalismo, crítica que contiene en su seno la denuncia de cada aspecto, no como parcialidad, sino como expresión de una totalidad que determina cada parte y cuestiona el orden social que reproduce todos esos problemas.
El desarrollo de esta sociedad va íntimamente ligado al desarrollo del individuo aislado. La sociedad mercantil generalizada excluye y disuelve toda comunidad que no sea la comunidad del dinero y desarrolla todo lo que potencia el aislamiento social. Todo lo que une lo une en tanto que separado, esa es la esencia de este mundo, y su modo de vida, la democracia. El efecto que esta realidad provoca en la comunidad humana, destruyendo su ser social, atomizándola en individuos aislados con intereses contrapuestos, es cada vez más terrible. El ciudadano es hoy el ejemplo luminoso de cómo el desarrollo mercantil y el individuo aislado se desarrollan de forma paralela. Este desarrollo no sólo niega brutalmente la comunidad humana, sino que plantea grandes obstáculos a la lucha contra el capitalismo, pues la afirmación de ese individuo va en dirección opuesta al desarrollo y la organización de la única comunidad que se contrapone al capital, la comunidad de lucha, que parte de un ser colectivo, de una clase social revolucionaria, el proletariado.
En este contexto el proletariado tiene enormes dificultades para actuar y reconocerse como clase. Su mismo ser, así como su rico proceso histórico de lucha y su programa, aparece totalmente negado en la historia, ya sea por deformación u ocultación de esa realidad histórica. La misma dinámica del capital y sus fuerzas ideológicas proyectan una actividad social en la que nuestra clase es negada como sujeto, reducido a lo que es en el proceso de producción y reproducción del capital, y a lo que se pretende que sea eternamente: simple objeto del capital; simple mercancía fuerza de trabajo, que puede usarse o desecharse según las necesidades de la producción; simple espectador del acaecer social.
Precisamente esta realidad conlleva que los mismos proletarios se crean cualquier cosa menos proletarios. A alguno le hacen creer que no es proletario porque es empleado, el otro cree que no lo es porque está desocupado, el de más allá se siente campesino en oposición al obrero, otro se cree comerciante porque es vendedor ambulante, muchos otros se sienten demasiado niños o demasiado viejos para ser proletarios, habrá también quien por ser mujer se sienta menos concernida por la cuestión de su clase o quien sienta la opresión racial como más determinante que la de clase, y en vez de sentirse proletario negro, proletario latino o proletario amarillo, se siente negro, latino o amarillo... y para quienes superen estas formas más elementales de negación inmediata de la realidad de proletario, habrá otras formas más político-ideológicas de esa misma negación como el sentirse “antiimperialista”, “antineoliberal”, “palestino”, “judío”, “cubano”, “latino”, “de izquierdas”, “francés”, “yanqui”, “aymara”, “kurdo”, “croata”, “zapatista”, “obrero de un país rico”, “feminista”, “antirracista”, etc.
Estas concepciones identitarias se presentan como fuerzas socialdemócratas que se contraponen al proceso de constitución del proletariado en clase para negar la catástrofe de este mundo. La perspectiva de clase se diluye así en una maraña de identidades y comunidades ficticias que viven subsumidas en la comunidad del dinero.
Al mismo tiempo, el politicismo sigue siendo una de las ideologías esenciales contra nuestra clase. Reduce la cuestión de la transformación social a ocupar el Estado, sea por vía electoral, sea por la violencia, para implantar una serie de medidas que “cuestionarían la sociedad capitalista” y plantearían una “alternativa real e inmediata”. Pero el Estado no es un órgano neutro que puede ser usado según la voluntad de tal o cual dirigente o partido, es la organización en fuerza de la sociedad actual, la del capital, y sea quien sea el que tome posesión de ese Estado está determinado a actuar en el marco capitalista. Lejos de dirigir el Estado, son dirigidos por él. De ahí que todas las medidas politicistas no sean más que formas diferentes de desarrollo del capital que no cuestionan ninguna de las bases de esta sociedad ni plantean ningún tipo de alternativa real. Véase Cuba, Venezuela o el actual proceso independentista en Cataluña.
El gestionismo se postula como alternativa al politicismo; sin embargo, no es más que su réplica en el terreno productivo. Si el politicismo reduce todo a la esfera política, el gestionismo hace lo mismo en la esfera productiva, tratando de cambiar el mundo sin destruir el poder, defendiendo que los productores tomen los medios de producción, tal como existen, para hacerlos funcionar sin patronos, sin burgueses. Pero esta “alternativa” mantiene intacta la base social del capitalismo, pues bajo ella se siguen desarrollando las unidades autónomas de producción mercantil, el intercambio, el dinero (o «bonos de tiempo», «bonos de trabajo»), es decir, el capital, la explotación y todas las categorías fundamentales de esta sociedad. Considerar que la explotación y la opresión capitalistas emanan del burgués individual es no comprender que el burgués es un funcionario del capital, que el capital, en cuanto «sujeto automático», es el que dirige la producción. Las experiencias de Argentina a principios del siglo XXI con las fábricas «recuperadas», u otras más actuales como Rojava y sus cooperativas, nos enseñan cómo el gestionismo es capaz de liquidar nuestras luchas y dar nuevos bríos a la economía capitalista. Tanto el gestionismo como el politicismo dejan intacta la relación social capitalista que hay que destruir.
Por supuesto, para el mantenimiento de esta sociedad es también esencial hacer creer que todos los que sufrimos las terribles condiciones de vida actuales tenemos un mal menor que defender. Siempre hay algo peor a lo que mirar y que justifique la sumisión a la sociedad actual, el apoyo más o menos crítico a representantes del capital, o la renuncia a la lucha por cualquier migaja. Al que vive en la asfixiante paz social capitalista se le enseña el terror de la guerra; al que se deja la vida en el trabajo para echarse algo a la boca se le muestra al desocupado sin recursos presto a reventar de hambre; al que quiere actuar fuera y en contra del juego político sindical se le exaltan “otras formas de hacer política”, la “infalibilidad” de la “democracia directa”; al que cuestiona a la izquierda le muestran lo mala que es la derecha; a otro le dicen que la democracia es mejor que la dictadura; al que lucha se le incita a abandonar la lucha tras recibir cualquier migaja... Se oculta así que todo forma parte de lo mismo, que son momentos de una misma existencia subsumida al trabajo asalariado, al dinero, al valor.
Allí donde los proletarios se rebelan, se alzan contra el infierno en el que viven, como las luchas desarrolladas recientemente en Nicaragua o en Irán, el capital mundial busca negar la perspectiva revolucionaria e imponer el horizonte capitalista en sus múltiples variantes. Tratan de encuadrar las luchas y transformarlas en luchas contra tal o cual gobierno, contra tal o cual dictador, contra tal o cual medida o gestión, tratan de transformar las revueltas de nuestra clase en guerra entre proyectos burgueses, de negar todo cuestionamiento a este sistema y fagocitar así todo lo que se le contrapone. El súmmum de esta repolarización es la guerra imperialista donde la lucha del proletariado es conducida a una lucha entre fracciones burguesas, tal y como lo sufrimos actualmente en Siria, así como en otros países en las últimas décadas.
Estos factores y límites de las luchas actuales, que implican que todas las luchas acaben canalizadas, liquidadas o revitalizando al capital, extienden la creencia de la imposibilidad de una revolución social. Esta creencia se convierte en una fuerza material para la conservación de este mundo, conduciendo a muchos de los que luchan a desentenderse de lo que exige un proceso revolucionario internacional para sumergirse en una dinámica posibilista y localista sin ninguna perspectiva, lo que quiebra la unidad de las luchas inmediatas de nuestra clase (lucha contra las medidas de austeridad, contra los desahucios, contra la represión, expropiaciones...) de la lucha histórica por la revolución.
Es cierto que las condiciones de vida del proletariado le llevan una y otra vez a superar estos obstáculos y a afirmarse como clase, contraponiéndose violentamente a la sociedad actual, pese a todas las debilidades que lastramos. Sin embargo, apenas se supera el marco local, sólo excepcionalmente se asume uno regional. El resto del proletariado mundial no se siente concernido por esas luchas, no asume la pelea que en tal o cual lugar desarrolla su clase como su propia pelea. Así se desarrollan infinidad de luchas en un completo aislamiento que finalmente son repolarizadas y/o aplastadas por el capital mundial (Siria, Brasil, Mapuches...). Esta cuestión nos recuerda constantemente que nuestra clase no puede generar una perspectiva revolucionaria más que asumiendo su lucha en un plano histórico-universal. El internacionalismo proletario no es una bonita consigna del pasado, sino el terreno mismo sobre el que se despliega la lucha revolucionaria.
Pese a todas estas dificultades, pese a todas estas fuerzas y elementos que actúan contra la constitución del proletariado en fuerza revolucionaria, no hay ninguna otra perspectiva, no hay otra salida a la catástrofe capitalista que no sea la revolución social. No tenemos dudas de que la catástrofe capitalista seguirá avanzando y haciendo cada vez más imposible la vida en el planeta. Tampoco tenemos dudas de que las luchas de nuestra clase seguirán reproduciéndose aquí y allá. Sin embargo, lo fundamental no es percibir esta evidencia, sino asumir y estructurar esas luchas como una misma lucha internacional por abatir el capitalismo, utilizar la experiencia histórica acumulada para superar nuestros propios límites y debilidades, así como denunciar todo lo que impide la acción internacional e internacionalista contra el capital y el Estado. Esa es la única vía real para defender las necesidades humanas frente a las del capital. Las reformas, las ilusiones y esperanzas que justifican el rechazo a la revolución, no son más que fuerzas de conservación del mundo actual. No tenemos otro camino para salir de esta fosa que romper y denunciar esos mecanismos de defensa del capitalismo que obstaculizan la organización de nuestra comunidad de lucha. Organizarnos juntos --fuera y contra de todas las estructuras del Estado-- en la lucha contra este sistema de muerte, en la defensa de las necesidades humanas frente a las del capital, en la afirmación de la humanidad frente a la cosificación capitalista. Todo lo demás es caminar hacia el abismo al que nos conduce esta sociedad.
La afirmación del ser humano frente a la deshumanización absoluta que contiene la condición proletaria, esa es la esencia de la constitución del proletariado en clase para negar las clases sociales, el Estado y el capital.
¡Organicemos internacionalmente la lucha de nuestra clase, contra la catástrofe mundial del capitalismo, contra toda la sociedad de clases!
Proletarios Internacionalistas
www.proletariosinternacionalistas.org
info@proletariosinternacionlistas.org
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[texto contra la guerra y en solidaridad con lxs proletarixs en Siria:
http://valladolorentodaspartes.blogspot.com.es/2018/04/guerra-la-guerra-solidaridad-con-lxs.html]
[Panfleto] Algunas reflexiones en torno al 8M 2018
Este 8 de marzo parece ser distinto a los de algunos años atrás: se reivindican algunas recientes conquistas consideradas fundamentales y se prometen otras tantas, nuevas y briosas. Es cierto que hace menos de una década la sociedad se hallaba rememorando esta efeméride como una celebración de la femineidad tradicional, alentando al consumo y a la reafirmación del estereotipo de la mujer cosificada y sumisa mediante regalos frívolos y demás artilugios mercantilistas. En aquel entonces nos hallábamos muy lejos de un llamado al cese de actividades productivas, como impulsa la consigna de este año, pero ¿realmente queremos que este sistema siga, ya sea con o sin nosotras? Nos parece muy necesario, dada la importancia del movimiento social que se generó para cambiar las condiciones de vida de las mujeres, repensar y criticar el contenido de estas luchas. No por el gusto de la crítica en sí, sino para que el movimiento tome fuerza y se profundice, para no caer en las viejas canalizaciones de la ideología dominante, en las reformas que cambian algo para que todo siga igual. Nos queremos enfocar entonces en el contenido que está en el fondo de la movilización y el paro internacional de mujeres.
Era de esperar… “el feminismo” ha llegado a los medios: los programas con el más alto rating (y la mayor tradición misógina) invitan a sus paneles a las representantes del movimiento a debatir (y sobre todo a banalizar) la despenalización del aborto y otros temas que verdaderamente nos preocupan e importan. La democracia funciona. El enemigo quiere hacer las paces y, en señal condescendiente, nos abre la puerta al mundo del espectáculo.
Ante los continuos y crecientes daños a todos aquellos que se reconocen por fuera del género masculino heterosexual, se pide mayor intervención estatal: más legislaciones, más programas gubernamentales de contención, más seguridad, más trabajo, más punición, más control. Lo que no se ve es que donde «el Estado está ausente» es donde más está el Estado. ¿No es ya lo suficientemente clara la vinculación entre la violencia de género y el monstruoso aparato ideológico que la produce y reproduce cada día, bajo las más variadas formas? ¿Qué es lo que hace falta para hacer estallar finalmente estas insoportables tensiones que nos atraviesan?
Sabemos que las condiciones a las que nos enfrentamos no son nada sencillas y nos movilizan a preguntarnos muchas cosas. Que quede claro: queremos mejorar nuestras condiciones en lo inmediato. No queremos ser encarceladas por abortar, tratadas como cuerpos–objetos a los que violar y traficar, usadas para publicitar mercancías y otras tantas aberraciones. Pero, ¿para qué nos sirve pedirle al sistema que nos reduce a estos roles, nos encarcela y subyuga que cambie esta situación? ¿Por qué no pensar en la posibilidad de superar de raíz este estado de cosas? Esto también lo tenemos que pensar mientras nos encontramos en la calle, a esto nos referimos cuando proponemos profundizar la lucha. Fundamentalmente, para no desperdiciar tantos esfuerzos de compañeras del pasado que, como nosotras hoy, pararon y salieron a la calle masivamente, logrando parciales avances que por sus límites no cambiaron la situación de la mujer, porque es imposible que se transforme sin transformar todo, porque nuestra lucha se opone prácticamente a este sistema cosificador y valorizador de nuestras vidas.
Las diversas expresiones de bronca, el aliento a la venganza o al escrache público, en respuesta a hechos de violencia de género son necesarias, pero devienen en medidas ineficientes por ser aisladas. Debemos atacar las relaciones sociales de las que nace la violencia de género en primer lugar. Cuando una gran cantidad de energía se ve dedicada a resolver problemas de tipo legal o procedimental (qué hacer con el abusador, cómo castigar al violador, cómo deben redactarse protocolos institucionales contra la violencia machista) se está perdiendo de vista la causa fundamental de la problemática: la violencia general y sistemática en nuestra sociedad, por qué se genera y cómo destruirla. Identificarla es necesario para terminar de una vez por todas con las condiciones materiales que la posibilitan y que reducen nuestra vida a un producto aprovechable o prescindible según las circunstancias, que instrumentalizan nuestros cuerpos y los someten a las necesidades de este sistema que nos deshumaniza y atomiza hasta la muerte.
La lucha que ahonde en la raíz del problema no bregará por la igualdad de derechos en un sistema que nos oprime y aliena a todos los desposeídos por igual, sino por la verdadera emancipación de la mujer, entendida como parte fundamental de la lucha por la emancipación total de la especie humana. Para ello es necesario salir a la calle y formar lazos por fuera del Estado y la política, no permitiendo que estos intervengan y transformen el contenido de la lucha para su conveniencia y para la continuación de nuestra explotación. Pero también, dejando de externalizar los problemas, haciéndonos cargo de lo que nos toca: como parte de esta sociedad capitalista la reproducimos, aun sin querer. Hablando en los propios términos que el enemigo (los de la reforma), reduciendo nuestras perspectivas revolucionarias a una lucha por una ley o por un salario más justo, aferrándonos a lo inmediato y dejando para nunca lo que es urgente desde hace tanto tiempo: la destrucción de lo que nos destruye y la creación de un mundo nuevo.
Son estas condiciones de existencia siempre contradictorias las que nos impulsan a luchar y es en la lucha donde vamos encontrándonos e inventando algunas respuestas. Hoy nos movilizamos, no para exigir que se nos considere y se nos visibilice en tanto que víctimas, ciudadanas y productoras y reproductoras serviles de esta sociedad. Estamos en la calle porque creemos y luchamos por un cambio sin vuelta atrás.
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En medio de esta refriega civil en Venezuela, que parece aumentar cada día más, y que ya pasa de los ciento veinte días, aparece la receta de una Constituyente que le da el poder “plenipotenciario” al pueblo. Esta proposición lanzada por el gobierno chavista, no estalla cual rayo en cielo sereno, ella surge de los problemas económicos que ahora han sido trasladados inevitablemente al terreno político. Gracias al voto democrático, el pueblo, expresando su voluntad soberana, podría así modificar la Constitución actual. ¿Pero es que realmente esta constitución (¡que también es chavista!) es la causante de las dificultades socio-económicas del país y de las crecientes dificultades del proletariado y de las masas? ¿Acaso es esta constitución la que estaría impidiendo aportar soluciones a esos problemas? ¡Todo el mundo ve muy bien que no! Estos problemas son causados por el capitalismo y no pueden ser resueltos mediante una reforma del Estado burgués, o el paso a un Estado “popular” como se pretende la ANC, dentro de un cuadro parlamentario en que las necesidades vitales del proletariado serán metidas junto con muchas “necesidades” del nuevo empresariado venezolano, en una falsa unidad “popular” y “nacional”; estas no pueden ser afrontadas y resueltas sino mediante la lucha abierta e independiente de explotados contra explotadores, de clase contra clase!
La Constituyente, convocada por los dirigentes chavistas es una Constituyente “rosada”, como llamaban los marineros, soldados y obreros rusos a la Constituyente de Kerensky en 1917. En Rusia, la Asamblea Constituyente prometida desde marzo por su gobierno, termina por realizarse luego de la victoria de la insurrección de Octubre. Esta solo reflejaba el espíritu de las masas campesinas, a penas tocadas por el fragor revolucionario, y daba una mayoría al Partido Socialista Revolucionario (los llamados “eseristas”) de derecha y al partido socialdemócrata menchevique, hostiles todos a Octubre, es decir, a Lenin y sus bolcheviques. Antes de la inauguración de esta Asamblea Constituyente, ya el poder revolucionario se había afirmado con los Soviets de obreros y soldados ganados para la revolución. Como rechazaba la victoria de la revolución, esta Asamblea fue barrida por la revolución: el enfrentamiento social se torna tan agudo en los periodos revolucionarios que la sociedad se polariza alrededor de las dos clases fundamentales en lucha, haciendo saltar por los aires los cuadros formales de la democracia que pretende conciliar los intereses de los diversos grupos sociales. ¡Creer que la lucha de clases depende del mecanismo y sistema democráticos y constitucionales es caer en el cretinismo parlamentario, tal cual decía Marx, en un periodo en que todavía los comunistas podían participar en los parlamentos y elecciones burgueses!
Contra todas las tentativas de “reparaciones” o reformas del Estado existente, los bolcheviques habían lanzado la consigna de “todo el poder a los Soviets”. Los Soviets eran la forma de organización política que se habían dado espontáneamente los proletarios ya en la revolución de 1905; estos reaparecieron en 1917, fuera de las estructuras estáticas y tendían a organizar la vida y las luchas de los proletarios y masas pobres contra los patronos, los terratenientes, la jerarquía militar, etc. Evidentemente, debían formar la base de la dictadura del proletariado, luego de la destrucción del Estado. ¡Los “ecologistas” bolcheviques debían arrancar la mala hierba para que pudiera crecer la que era óptima a la cosecha revolucionaria!
Nada que ver, pues, con la Constituyente actual que se quiere establecer en Venezuela. En la Alemania de 1850 o en la Rusia zarista, es decir, en países en que la revolución burguesa no había tenido lugar todavía, las reivindicaciones y principios democráticos – entre ellos, la Constituyente – podían en teoría tener un carácter revolucionario o “progresista”. En el caso de Venezuela, un país burgués que ha conquistado su independencia política nacional, la Constituyente no puede tener de ninguna manera un rol o carácter revolucionario; tampoco modificará la situación económica gangrenada y recesiva actual. Esta maniobra, de un proceso electoral “express”, significa, primero, el impasse en que se encuentra el gobierno chavista con respecto a los inmensos problemas que tienen las clases trabajadoras y explotadas, incluyendo a los pequeños burgueses, y segundo, demuestra el hecho notorio de que ambas facciones, de derecha y de izquierda, están de acuerdo con salvar al capitalismo, ¡y la forma que ha adoptado el chavismo es la más adecuada actualmente! En efecto, proponer a los proletarios y a las masas una alternativa parlamentaria, al mismo tiempo que se denuncian las supuestas amenazas a la soberanía nacional, no hace sino reforzar las ilusiones electoralistas y la intoxicación nacionalista, y tiene por finalidad impedir una reacción de los proletarios en el terreno de clase, el único eficaz.
De su parte, la oposición de derecha propuso también, una alternativa democrática con su consulta electoral – alternativa que no puede tampoco tener ninguna eficacia. Ya lo hemos dicho anteriormente, la Mud no tiene mucho interés en tomar el poder, tal como se encuentra hoy el país poseedor de las más grandes reservas de petróleo del mundo. ¡Revolución y contrarrevolución de los ilusos!
Las fuerzas proletarias de vanguardia que existen actualmente en Venezuela, aunque sean escasas no deben rendirse a la falsa alternativa chavismo-anti-chavismo, porque esta ha sido diseñada precisamente para obstaculizar la presencia del antagonismo de clase verdadero, burguesía contra proletariado.
Para los comunistas revolucionarios aguantar a contracorriente, defendiendo contra viento y marea las verdaderas posiciones marxistas, es importante y necesario, ya que el piso en que se mueven las alternativas políticas actuales tiende a hundirse muy rápidamente, a la misma velocidad con que la crisis económica se agudiza, y en la misma medida en que las legislaciones sociales, que prometen asegurar la Constituyente chavista, se vuelvan ineficaces frente a la realidad capitalista.
Algunos opositores de izquierda al chavismo madurista (1), o cripto-chavistas, lo son en nombre de la defensa de la Constitución vigente hasta hoy. Es el caso de Marea Socialista que denuncia justamente el carácter de maniobra política con eso de una nueva Asamblea Nacional Constituyente (ANC), que de todas maneras no responde para nada a las necesidades elementales de las masas. Marea Socialista critica a Maduro y sus partidarios desde un punto de vista democrático, es decir, interclasista, y no desde el punto de vista de clase. Marea Socialista defiende la plena puesta en vigor de la Constitución actual como la única forma de defender la “democracia que agoniza” (2) y propone la organización de referendos consultivos: ¡exactamente lo que la oposición burguesa (Mud) hizo, organizando su propio referendo, que llamaron consulta! Marea Socialista propone a los decepcionados del chavismo “reconstruir un proyecto nacional”, “un movimiento de izquierda, democrático, plural”, etc., en pocas palabras, un nuevo movimiento reformista e interclasista, por lo tanto, anti-proletario.
¡En lugar de hacer llamados a la solidaridad de todos los “pueblos” del mundo por el “pueblo” venezolano, llamar a la lucha general proletaria en cada país contra el capitalismo nacional, que es la verdadera solidaridad antiimperialista hacia los otros proletarios del mundo de todas las razas y religiones, en lucha contra el enemigo que se encuentra en su propio barrio: la burguesía!
¡Abajo el Estado burgués y todas sus constituciones!
Partido Comunista Internacional, 15 de Agosto de 2017.
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(1) Otra vertiente salida de Marea Socialista-Aporrea bajo casi los mismos argumentos, es la encabezada por el politólogo Nicmer Evans quien, junto a la fiscal general, Ortega Díaz, ha conformado un grupo que también reivindica la Constitución de 1999.... Pero resulta que la Fiscalía General de la República es el brazo ejecutor de la justicia burguesa, y hoy se encuentra en el centro de toda la situación actual. Ahora que estalla el impasse entre la Fiscal General y el gobierno Maduro, sus entrañas se revelan en todo su esplendor, allí se descubre lo que siempre se presintió: la existencia de una verdadera Caja de Pandora del crimen y la impunidad, y que hace ver lo que debía suponerse: la justicia burguesa en Venezuela y muchos países, es el corazón de diversas industrias que deja enormes ganancias y pingües beneficios, además de influencia política: tráfico de drogas, secuestros, siembra o desaparición de pruebas, "pranes" como “directores” de las cárceles; es, prácticamente, dada la impunidad que ella ha generado, la responsable directa de tantas víctimas de la violencia social en las calles, de los miles de casos jamás resueltos de corrupción, dolo, desviación de recursos y divisas, etc. de crímenes nunca resueltos como el del Fiscal Anderson, etc., etc. Los dirigentes chavistas rechazan y denuncian a la Fiscal General con razón, pero parecen no darse cuenta que estuvieron con la Fiscal durante mucho tiempo, ¡y eran cómplices de cuanto ocurría en su interior!
(2) "Es hora de la fragua de un nuevo movimiento emancipador", Aporrea, 2 de agosto de 2017
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