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Los jóvenes protestan, con rabia e incluso con violencia, pero la intolerancia que genera una situación de marginación y crisis debe ser combatida por los proletarios, en el terreno de la lucha de clases anticapitalista


 

En Italia, Francia y España, el orden democrático y constitucional se ve perturbado por las manifestaciones de los últimos tiempos. Por motivos que van desde la crisis de la vivienda en España, pasando por la terrible situación educativa en Francia, hasta el aumento del coste de la vida en Italia, las plazas se han llenado rápidamente de cientos de miles de personas, de los orígenes más diversos, a menudo siguiendo el ímpetu inicial de los estudiantes. ¿Ha llegado tal vez la hora de correr hacia las barricadas de 1871 y librar una batalla frontal contra la burguesía? Algunos se han hecho ilusiones de que así es, sobre todo al observar las escenas de guerrilla urbana en Milán, Turín y Bolonia, donde a las cargas policiales se ha respondido con una lluvia de adoquines y con saqueos generalizados de tiendas.

Es necesario aportar algo de claridad sobre este movimiento «juvenil», reiterando algunos puntos fundamentales de carácter político general que el marxismo revolucionario, restablecido sobre sus bases correctas, plantea en la evaluación de la situación en la que nos encontramos.

Las protestas de los estudiantes (y de los jóvenes en general) de estos días no pueden modificar, a pesar de las esperanzas «revolucionarias» de las calles, la realidad fundamental: la falta de fondos para la educación, al igual que para la sanidad, la crisis económica, las condiciones generales de vida del proletariado y todos los demás problemas que se suman y que se derivan del modo de producción capitalista sobre el que se fundamenta toda la sociedad industrial moderna. Sin duda, las políticas socialdemócratas, reformistas o «humanitarias» —como las propuestas por los gobiernos de Escandinavia— pueden aliviar momentáneamente la crisis en un ámbito u otro, pero el conjunto de los problemas en los que se basan la preocupación y la movilización, a menudo espontánea, de los jóvenes es un producto inevitable de la economía capitalista, verdadera estructura de fondo sobre la que se asientan toda la cultura, la política e incluso la ciencia oficial. La destrucción del capitalismo y su sustitución por un nuevo sistema económico (el socialismo marxista) no es posible, en realidad, sin la insurrección armada y la constitución del Estado proletario —que equivale a la dictadura de clase del proletariado—, con todos los instrumentos necesarios de que dispone por su propia naturaleza, contra la burguesía, es decir, la clase actualmente dominante. Las manifestaciones estudiantiles y juveniles de estas últimas semanas, y no solo en Italia, están a mil millas de distancia y, en cierto sentido, son opuestas a la antesala de la lucha de clases del proletariado que marcará el gran objetivo histórico de la destrucción de la podrida sociedad burguesa y el inicio de la transformación social y económica de la sociedad humana hacia el socialismo y el comunismo pleno, la sociedad de especie, por su propia naturaleza antimercantilista y antiindividualista y, por tanto, anticapitalista. Dicho esto, los «jóvenes» podrían responder que, en varios episodios de estos últimos días, han demostrado su voluntad de responder con violencia a la represión policial, a menudo brutal y sistemática, de las manifestaciones de protesta.

En primer lugar, hay que señalar que la violencia en las calles ha sido, en realidad, contenida, a menudo fruto de sectores concretos de las manifestaciones, y que en ningún caso esta violencia ha adquirido un carácter clasista propiamente dicho (el asalto a las zapaterías no es un motín del pan, y mucho menos la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917). En segundo lugar, y de manera más general, es necesario reiterar, tal y como ya afirmamos en un período mucho más tenso para la lucha «estudiantil»: «los estudiantes universitarios y otros no constituyen una verdadera clase, ni tampoco todos los estratos que se agolpan tras ellos […]; mientras que sí es una verdadera clase la obrera, a la que hoy una banda de proxenetas despoja para prostituirla y ofrecerla en el mercado» (1). El derrocamiento del Estado burgués, la destrucción de sus instrumentos o su uso necesario para asegurar el triunfo de la revolución son tareas históricas encomendadas únicamente al proletariado, como ilustró elocuentemente Karl Marx en una frase: «La Historia es el juez, su ejecutor es el proletariado» (2). Por mucho valor que puedan mostrar los estudiantes en su lucha contra una represión odiosa y por muy fundadas en la realidad que puedan estar las reivindicaciones en torno a la terrible situación en la que se encuentra nuestro sistema educativo, esto no puede borrar las realidades históricas elementales de la sociedad en la que vivimos.

La composición heterogénea de quienes se reúnen hoy en las plazas (¡incluso participan y son detenidos puntualmente niños de 12 años!), junto con la ambigüedad de las huelgas convocadas por sindicatos de todo tipo, como en el caso de los camioneros del sur, no confieren ningún carácter propiamente de clase a la lucha que se está llevando a cabo estos días en las ciudades italianas. Las propias reivindicaciones mantienen un carácter general que no permite ningún avance efectivo para la clase proletaria en las condiciones actuales. El propio objetivo de las manifestaciones no está claro, en una reivindicación de enfrentamiento contra el Estado y las «élites» que no se identifican propiamente como una clase, sino en las imágenes del lujo de las tiendas del centro histórico de las principales ciudades italianas. Por mucha satisfacción que pueda dar (quizá de forma comprensible) romper el escaparate de una tienda en la que ningún proletario común podrá entrar jamás, esto no constituye en sí mismo un hecho socialmente clasista, y mucho menos «revolucionario», ni ofrece ninguna posibilidad de victoria del movimiento de la calle frente a un Estado que mantiene el orden de forma organizada y con instrumentos cada vez más represivos, ¡preparándose, más bien, para la inminente guerra general y para la represión del movimiento proletario cuyo despertar clasista teme!

Mutatis mutandis, la fórmula que se repite en Europa no dista mucho de las esperanzas que los jóvenes de muchos países del mundo depositan en las «revueltas» de la generación Z. Si, por un lado, es cierto que las condiciones de crisis que percibe la juventud —a la que por ello se querría considerar vanguardia radical de la lucha contra el sistema vigente— son fruto del capitalismo como modo de producción, en la aplicación más consecuente de todas sus políticas, incluida la guerra; por otro lado, es necesario recordar que los jóvenes proceden de todas las clases y que, a menudo, muestran en las calles una mayor combatividad más por una propensión natural y episódica que por una disposición efectiva a la lucha. En otro lugar hemos aclarado, desde el punto de vista marxista, la necesidad de volver a una lucha de clase basada en los supuestos históricos y políticos correctos, que ciertamente no son los de una ira genérica contra el «sistema» sin especificar (3).

La ocasión de estos «disturbios» en Italia ha servido al Gobierno, sobre todo, como pretexto para emplear los diversos instrumentos represivos de la burguesía, aunque sin llegar a disparar balas reales como en julio de 1960 en Reggio Emilia ni a la matanza de la escuela Díaz de Génova en julio de 2001. En primer lugar, demonizar las manifestaciones como si estuvieran organizadas por grupos «antagónicos» y alborotadores dispuestos a todo, proporcionando a los periodistas del régimen fotografías y vídeos de enfrentamientos contra las fuerzas del orden agredidas (como, por otra parte, ya se había puesto en práctica con el caso de Turín hace unos meses). A continuación, como ha ocurrido en Francia y en España, denunciar con celeridad unas inexistentes «injerencias rusas», tal y como se apresuró a hacer el ministro de Defensa Crosetto al hablar de «guerra híbrida». Los sindicatos colaboracionistas, por su parte, no tardaron en proclamar la huelga «general»… para noviembre, de modo que la calle tuviera tiempo de calmarse, la patronal pudiera anticipar posibles medidas para no verse perjudicada por la huelga y el Estado pudiera preparar preventivamente a sus fuerzas del orden ante la eventualidad de protestas violentas por parte de los manifestantes… Además, instrucciones del Gobierno para actuar con el máximo rigor, porras y gases lacrimógenos contra todos los manifestantes, pacíficos o no, porque, al fin y al cabo, nunca se sabe quién podría empezar de repente a atentar contra el «orden público». De hecho, el Código Rocco siempre puede resultar útil, independientemente del color del Gobierno, porque para nuestra república tan democrática, cuando hace falta, el fascismo también hizo cosas buenas. Y si en ocasiones hay que actualizarlo como corresponde, entonces conviene intervenir, como acaba de suceder, con un decreto de urgencia. Evidentemente, los siete decretos sobre seguridad promulgados hasta ahora por este Gobierno en cuatro años no bastaban y, tal vez, ni siquiera bastará este último…

Con este nuevo decreto se ha reafirmado la presunción de culpabilidad para los menores de 18 años (que, en cualquier caso, a partir de los 14 años, pueden ser imputados por los delitos previstos para los adultos) y se ha extendido a estos la medida ya aprobada anteriormente para los adultos de la «detención preventiva». Nordio ha hablado al mismo tiempo de «ampliar la capacidad de los centros penitenciarios juveniles» (4), anticipando ya los efectos de estas medidas. Se añade al Código Penal el nuevo delito de «participación violenta en manifestaciones públicas», que prevé una pena de hasta 5 años de prisión. Por último, la operación «calles seguras» y 500 paracaidistas de la Folgore desplegados en Milán para sofocar a los jóvenes y a los más jóvenes que siguen movilizados. En definitiva, con las medidas adoptadas, el Gobierno garantiza que, independientemente del resultado de estas protestas, ahora los instrumentos de represión del Estado italiano serán mucho más eficaces, incluso frente a grupos que hasta ahora seguían relativamente protegidos, como los menores de 18 años.

Por lo demás, no debe sorprendernos que se haya aprovechado así la ocasión: la burguesía se prepara por todos los medios para desatar de nuevo, tarde o temprano, la guerra entre los Estados y, mientras tanto, debe preparar también los instrumentos de represión contra el movimiento proletario que podría retomar su orientación de clase en el momento más crítico. Para el Gobierno se trata, además, de prepararse también para responder a formas de organización espontánea como la de los «autoconvocados», que se salen peligrosamente de los límites de la organización sindical o política institucional y, por lo tanto, son mucho más difíciles de prever y reprimir.

En conclusión, pues, debemos interpretar la respuesta intransigente del Gobierno y de la burguesía en su conjunto a las protestas de estos días, con la represión y el uso de medidas extraordinarias, no como una reacción extraña, imprevista y poco razonada de un Gobierno que se acerca al final de su mandato, sino como un campo de pruebas para la futura respuesta al movimiento proletario.

Los jóvenes, los estudiantes, pero sobre todo los proletarios, deben extraer la lección de los últimos acontecimientos, haciendo caso omiso de las llamadas al orden de los sindicatos colaboracionistas y de los partidos burgueses, y preparándose más bien para luchar mañana en otro terreno, no en el interclasista, equívoco, confuso y desorientador, sino en el de la lucha de clases, ante todo mediante la organización clasista independiente y con igual determinación sobre la base de reivindicaciones de clase. De una lucha así: «Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen, sin embargo, un mundo que ganar» (5).


25 de octubre de 2026

Partido Comunista Internacional (El Proletario)


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NOTAS:

(1) Nota elementare sugli studenti ed il marxismo autentico di sinistra, en Il Programma Comunista, n.º 8, 1-15 de mayo de 1968, p. 2.

(2) C. Marx, Con motivo del aniversario del People’s Paper (discurso), en The People’s Paper, 19 de abril de 1856.

(3) También resulta emblemático el título para orientar al lector: Las protestas de la Generación Z: no será la «juventud» la que derrote al capitalismo, sino el proletariado unido tras su partido de clase, disponible en www.pcint.org

(4) Il Fatto Quotidiano, 23 de octubre de 2026, p. 4.

(5) C. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, cap. III.



Tras la última artimaña de los Mulas de Washington, muchos compañeros (anarquistas, comunistas, internacionalistas…) se ven obligados a reconstruir sus redes y blogs. La criminalización del colectivo Autistici/Inventati no es una acción concreta de un supuesto “tecnofascismo”, como afirman algunos, sino, mucho más prosaicamente, ¡la obra del capitalismo y de su democracia! 

 

Los archivos del blog de Třídní válka / Guerra de Clases siguen disponibles en la siguiente dirección: https://web.archive.org/web/20260821195238/https://www.autistici.org/tridnivalka/ 

 

Desde el 28 de agosto, hemos creado diversas estructuras para seguir difundiendo los materiales y publicaciones resultantes de nuestras actividades militantes. Mientras esperamos a que haya algo mejor, os invitamos a visitarnos en nuestro nuevo blog público: https://tridnivalka2026.wordpress.com/ 

 

Hacemos un llamamiento a los compañeros para que difundan esta nueva dirección entre su entorno y se pongan en contacto con nosotros a través de nuestro nuevo correo electrónico. 

 

¡Solidaridad internacionalista!
¡Los días malos terminarán!
¡Viva la revolución social mundial!
¡Viva la anarquía! ¡Viva el comunismo!


TRIDNI VALKA # CLASS WAR # GUERRE DE CLASSE 

https://tridnivalka2026.wordpress.com/

 

– G7 en Evian –

¡Contra el imperialismo y sus guerras: por un retorno a los métodos y orientaciones de la lucha de clase!



El G7, un selecto grupo de las naciones liberal-democráticas más industrializadas del mundo, creado en 1975 para recuperar la hegemonía sobre las potencias petroleras, celebra su cumbre este año en Évian. Al igual que en sus inicios, se desarrolla hoy en el mismo contexto de guerra por el control de las materias primas, con la notable diferencia de que los conflictos y las luchas de poder ya no se expresan únicamente a través de guerras comerciales, sino también mediante guerras militares sistemáticas; además, ya no se trata solo de petróleo, sino de muchas otras materias primas, incluidas las tierras raras, igualmente estratégicos para la propia dominación de las potencias imperialistas.

A través de sus diversas reuniones internacionales, el capitalismo busca crear la ilusión de poder controlar las enormes fuerzas económicas que genera y resolver los conflictos armados que esto provoca mediante la paz negociada. Las crisis y guerras que marcan su historia revelan lo contrario. Así, la crisis de 2008, un acontecimiento clave del G20, provocó un fuerte colapso de la economía global. Para salvarse a sí mismos, los Estados – cuando supuestamente no tenían ni un céntimo para el proletariado – no tuvieron más remedio que inyectar cientos de miles de millones de dólares en sus economías, creando así condiciones de competencia aún más intensas y, potencialmente, convulsiones políticas, económicas y, sobre todo, militares aún más devastadoras. En estos momentos de pánico, la retórica sobre el liberalismo se dispara tan rápido como se desploman los índices bursátiles. No nos engañemos: no existe el neoliberalismo ni el hiperliberalismo, ni el postindustrialismo ni el postcapitalismo, ni ningún otro artilugio intelectual producido por academias eruditas o premios Nobel de Economía. Cualquiera que sea la etiqueta que le pongan los académicos, y en todos los continentes, el capitalismo reina tiránicamente en su fase final: el imperialismo (Lenin).

La sociedad burguesa, fundada en la producción de mercancías, solo puede sobrevivir creando una cantidad cada vez mayor de productos, que se transforman en una masa de capital cada vez mayor, pero que luego lucha por encontrar compradores. Bajo esta competencia exacerbada, las condiciones de intercambio alcanzan un punto crítico que empuja inexorablemente a cada empresa, a cada nación, a desangrar aún más al proletariado para extraer aún más plusvalía.

El capitalismo, envuelto en múltiples velos intercambiables – democrático, teocrático o autocrático –, representa una amenaza para la humanidad, de hecho, para toda ella. Ciertamente, nació como una fuerza progresista para derrocar los antiguos regímenes feudales y los privilegios que frenaban su desarrollo, pero desde hace mucho tiempo no es más que una fuerza contrarrevolucionaria con una misión absoluta: su preservación por cualquier medio necesario y en contra del proletariado.

Para supuestamente reducir los “desequilibrios mundiales” y crear “un espacio para el diálogo entre las grandes potencias”, ha establecido todo tipo de órganos de “coordinación”, de los cuales el G7 es uno de los más representativos. Tras la exclusión de Rusia (que sigue siendo miembro del G20), ahora reúne al pequeño grupo de Estados democráticos burgueses en un conflicto por el reparto del mundo entre Estados Unidos, China y Rusia. Ya sea en el G7, en los recién llegados países del bloque, en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), en la Comunidad Económica de la ASEAN (CEA) o en otros foros, el discurso es siempre el mismo: aunar intereses para regular mejor las ambiciones de los distintos países o grupos de países. Pero, ¿pueden coexistir lobos, zorros, hienas o chacales cuando la pierna de cordero se vuelve demasiado pequeña?

Para el presidente francés Macron, el G7 es una institución capaz de actuar para restablecer la calma en un mundo donde: “Profundos desequilibrios amenazan la estabilidad de la economía mundial: competencia depredadora, disminución de la solidaridad internacional, escasa inversión privada en los países en desarrollo, etc. Esto genera fuertes tensiones comerciales y geopolíticas. La economía internacional ya no es un campo de cooperación, ni siquiera de competencia feroz: se ha convertido en un escenario de confrontación donde las ambiciones de poder y dominación se expresan mediante la fuerza y la coerción. Estos desequilibrios tienen un impacto directo en la capacidad de todos los países para crecer y desarrollarse” (1).

La burguesía ya no puede ocultar al proletariado la realidad de la crisis capitalista que está devorando su nivel de vida y sumiéndolo en una inseguridad económica y social permanente. Pero ante este hecho evidente para todo proletario, no le queda sino tejer una densa cortina de humo de ilusiones sobre la construcción de un diálogo entre las naciones poderosas para mitigar conflictos y guerras y regresar a una situación “equilibrada” donde todo el mundo discuta amistosamente con todo el mundo, para bienestar de todos. Promueve el retorno al “derecho internacional”, que ha sido aletargado por los propios imperialismos dominantes, principalmente Estados Unidos, como solución a todos los males. Sin embargo, olvida mencionar que el “derecho internacional” solo cobra existencia cuando la historia consolida el equilibrio de poder y establece – siempre mediante la guerra – una división del mundo que se mantiene estable durante un tiempo. Hoy, el viejo reparto, el de Yalta, hace tiempo que se ha desmoronado, y los rivales imperialistas del capitalismo se encuentran en el campo de batalla, librando guerras para reconquistar, mantener o expandir su cuota de mercado. La guerra por la división del mundo ha regresado, y el “derecho internacional” tendrá que esperar su turno hasta que se designen los futuros vencedores.

Desde esta perspectiva, las tensiones se concentran en regiones donde los intereses de las distintas partes chocan intensamente. Estas tensiones se manifiestan en enfrentamientos donde la población civil es bombardeada, aterrorizada y exterminada, y donde el proletariado sirve de carne de cañón para defender los objetivos de sus burguesías nacionales: la guerra ruso-ucraniana, las guerras en Oriente Medio que involucran a Israel, Estados Unidos, Palestina, Líbano e Irán, las guerras en Sudán y la República Democrática del Congo, sin mencionar los conflictos mortales donde fuerzas imperialistas antagónicas se enfrentan indirectamente a través de ejércitos o milicias interpuestas.

Hoy, en medio de la cacofonía de discursos sobre la paz, los valores democráticos y los derechos humanos, entrelazados con los de teóricos de la convergencia de luchas entre minorías multiclasistas, es crucial reafirmar el marco de principios que debe guiar al proletariado hacia su emancipación histórica y la sociedad comunista. El proletariado debe retomar su lucha de clase y su organización, independientemente de las fuerzas esterilizantes del oportunismo y el reformismo. ¡El proletariado debe recuperar la confianza en su propia fuerza de clase!

Contra el encauce bárbaro que conduce a una nueva guerra mundial para definir un nuevo orden imperialista, no existen soluciones diplomáticas posibles, ni una vía pacífica alternativa.

La única forma de transformar radicalmente la sociedad actual es mediante la destrucción violenta del capitalismo. Esto implicará necesariamente el derrocamiento de los Estados burgueses a manos de la revolución proletaria y el establecimiento de la dictadura del proletariado, una fase transitoria destinada a eliminar las categorías de este modo de producción mercantilista – el trabajo asalariado, la producción de plusvalía como su razón de ser, el mercado, el dinero, la usura, etc. – y a permitir posteriormente el establecimiento del comunismo, una sociedad humana sin trabajo asalariado, sin clases, sin explotación ni opresión, y por lo tanto, sin guerra. Solo bajo la dirección del partido de clase del proletariado se puede librar esta lucha histórica; la historia lo ha demostrado de forma concluyente en numerosas ocasiones. El proletariado es la fuente de la acumulación de riqueza y, por ende, del poder de la burguesía, pero también es su sepulturero.


¡Por la reanudación de la lucha de clase y el retorno a los métodos y orientaciones clasistas!

¡Al pacifismo, opongamos nuestro antimilitarismo de clase!

¡Al militarismo burgués, opongamos la fuerza del internacionalismo proletario!

¡Viva el internacionalismo y la solidaridad proletaria contra todos los imperialistas!

¡Por la revolución comunista mundial!



Partido Comunista Internacional, 

12 de junio de 2026 www.pcint.org


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(1) https://www.elysee.fr/G7evian/2026/01/23/les-priorites-du-g7-1




¡Abajo el ataque imperialista contra Irán!
¡Guerra de clase contra el imperialismo y el capitalismo!


 

El ataque conjunto lanzado el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel contra Irán, que ya ha matado a cientos de personas en Irán y a decenas en el Líbano, es estrictamente una guerra de agresión imperialista; su objetivo no es ayudar al pueblo iraní a liberarse de la dictadura de los mulás, ni contrarrestar las amenazas inminentes que plantea el régimen islámico, como declaró Trump, haciéndose eco de las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, utilizadas en su día para justificar la guerra contra Irak. Todos los expertos militares coinciden en que Irán carece de los medios para amenazar a Estados Unidos y, según los negociadores, Teherán incluso había aceptado la exigencia estadounidense de abandonar el enriquecimiento de uranio. En cuanto al destino de la población iraní, para evaluar la poca preocupación de los imperialistas, basta con recordar el caso venezolano, donde Estados Unidos marginó a la "oposición democrática", prefiriendo llegar a un acuerdo con el régimen chavista, ya que este había demostrado su capacidad para mantener el orden social a pesar de las terribles condiciones de vida y de trabajo del proletariado. De igual manera, en Irán, esperaron, antes de lanzar la guerra, a que el régimen aplastara brutalmente las protestas de enero: frente a las masas rebeldes, los mulás oscurantistas y los capitalistas yanquis se aliaron porque pertenecían a la misma clase social de vampiros.

Para el proletariado, por lo tanto, es completamente inútil imaginar, como la oposición burguesa y pequeñoburguesa iraní, que los imperialistas estadounidenses e israelíes fueron a la guerra para establecer un régimen democrático. Además, desde su conferencia de prensa del 2 de marzo, Trump ya no menciona el cambio de régimen en Teherán como uno de los objetivos de la guerra.

El ataque israelo-americano busca, en realidad, reducir la influencia de Irán, que, debido a su riqueza petrolera, su población y su ubicación geográfica, está naturalmente destinado a desempeñar un papel destacado en el Golfo Pérsico y Oriente Medio. Sin embargo, desde el derrocamiento de la monarquía durante la revolución de 1979 y el establecimiento del régimen islámico, Irán, otrora un importante bastión del imperialismo estadounidense (que había instalado al Sha en el poder), ha estado desafiando su dominio regional. Así es como Irán, junto con sus aliados (Hamás palestino, Hezbolá libanés, milicias iraquíes, el gobierno sirio y los hutíes de Yemen), formó un "eje de resistencia" destinado a oponerse al poder militar de Israel, el gendarme estadounidense de Oriente Medio. Pero desde hace algunos años, Israel, con el firme apoyo estadounidense, ha trabajado con éxito para romper sistemáticamente este eje, mientras que Estados Unidos se ha esforzado por estrangular económicamente la economía iraní mediante la imposición de sanciones cada vez más severas.

Los ataques actuales, que buscan doblegar a Irán, forman parte de este esfuerzo
para establecer una preeminencia estadounidense indiscutible en Oriente Medio, una región cuya importancia estratégica es más grande que nunca en un período de crecientes tensiones interimperialistas: el 20 % del gas licuado y el 25 % del petróleo del mundo provienen del Golfo Pérsico, destinados principalmente a países asiáticos, y en especial a China, el rival de Estados Unidos…


Por su parte, los gobiernos occidentales se están alineando con Estados Unidos; el comunicado conjunto firmado por Alemania, Gran Bretaña y Francia el día del estallido de la guerra ¡condenó únicamente los ataques iraníes! Luego, el 1 de marzo, los mismos países afirmaron estar dispuestos a “llevar a cabo acciones defensivas” (¡sic!) “para destruir desde la raíz” las capacidades militares de Irán. El gobierno británico declaró que pondría sus bases militares en la región a disposición de las fuerzas armadas estadounidenses, mientras que el gobierno francés afirmó su determinación de apoyar a sus aliados en el Golfo. Los imperialismos europeos, indignados por las ambiciones estadounidenses de apoderarse de Groenlandia invocando el respeto al “derecho internacional”, olvidan convenientemente que no son el objetivo de Washington: no quieren quedar fuera del botín ni ser excluidos a la hora de reestructurar el orden imperialista en Oriente Medio tras una derrota iraní.

La guerra actual es otra sangrienta manifestación de la creciente tendencia de diversos imperialismos, grandes y pequeños, a recurrir a la violencia abierta y a la confrontación militar para defender sus intereses. Ya sea en Ucrania, Oriente Medio, Latinoamérica o cualquier otro lugar, esta tendencia está impulsando una carrera de rearme y el desarrollo del militarismo en todas partes; y es la causa del colapso del sistema internacional de la ONU establecido tras la Segunda Guerra Mundial, encargado de mitigar, aunque de forma imperfecta, los conflictos entre Estados. Acosado por dificultades económicas cada vez más acuciantes, el mundo capitalista se encamina inexorablemente hacia un nuevo conflicto mundial. Ningún llamamiento a la paz entre las naciones, ninguna denuncia de los “belicistas”, ningún apoyo al Estado atacado contra los Estados agresores puede impedirlo: ¡el capitalismo en su conjunto es el belicista, todos los Estados burgueses son criminales!

La única fuerza que puede oponerse es el proletariado, víctima designada de las guerras, pero que, al mismo tiempo, es la fuerza cuya explotación sostiene al capitalismo y que, por lo tanto, tiene la posibilidad de paralizarlo combatiendo dicha explotación. Al reanudar la lucha independiente por sus propios intereses de clase, al rechazar sacrificios en nombre de la patria o de la economía nacional, al superar todas las divisiones de raza, nacionalidad, género, etc., al volver a descubrir sus armas de clase y su organización de clase, el proletariado de todos los países tiene la posibilidad de resistir a los capitalistas y a sus Estados aparentemente todopoderosos.

A partir de entonces, atrayendo tras de sí a la vasta masa de oprimidos, podrá emprender la lucha revolucionaria para derrocar al capitalismo y establecer su propio poder internacional y totalitario, la única manera de poner fin, junto con este modo de producción, a la explotación, las injusticias y las guerras que lo caracterizan.


Es por esta perspectiva que debemos luchar sin temor a ir a contracorriente hoy, porque ello es la clave del futuro.


¡Proletarios de todos los países, uníos en la guerra de clase contra el capitalismo!

 

 

3:3/26

Partido comunista internacional 

 

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www.pcint.org 

Lea la prensa del PCI: Proletarian / Communist Program  / Le Proletaire / Programme Communiste / El Programa Comunista / El Proletario / Il Comunista / 

 

[Irán2026] Contra el Capital / Tribuna de trabajadores anticapitalistas /

 
 
¿Quiénes somos?

Somos trabajadores. Desde nuestra más tierna infancia, hemos sido testigos de la brutal explotación de nuestros padres y madres, de nuestros vecinos, de los habitantes de nuestros barrios obreros y de los trabajadores de todo el mundo por parte de los capitalistas y del propio capital. Sentimos en nuestra carne, en nuestra piel, en nuestras venas y en nuestra sangre la realidad de que todo lo que existe en el capital y toda la riqueza social es producto de nuestra clase, mientras que la pobreza, la miseria y la degradación se acumulan cada vez más sobre nosotros.

Cuanto más producimos, más nos separamos de los medios de producción, del proceso de trabajo y de los productos de nuestro propio trabajo. Cuanto más multiplicamos el poder del capital, más nos agotamos, más nos disminuimos y deshumanizamos.

Con los ojos bien abiertos y con todo nuestro ser, constatamos que el Estado, el ejército, la ley, el derecho, la moralidad, la cultura, la policía, la religión, la mezquita y todo lo que existe en la sociedad actual pertenecen a la clase capitalista. Defienden el capitalismo, se oponen a nosotros y permiten que continúe nuestra despiadada explotación por parte del capital. Nuestra conciencia, nuestra comprensión, nuestro pensamiento, nuestra razón, nuestras emociones y nuestra percepción son inseparables de estas realidades.

Como trabajadores, somos espontáneamente anticapitalistas y nos oponemos a la esclavitud salarial. No se necesita ninguna filosofía, ciencia, experiencia o autoridad intelectual particular para enseñarnos la hostilidad hacia el capital. Las raíces de nuestro anticapitalismo espontáneo se hunden aquí, en el corazón mismo de estas realidades vividas.

No somos un grupo, un partido, una organización, un comité o una facción. Consideramos que estas formaciones, construidas en detrimento de los trabajadores, son instrumentos que desvían nuestro movimiento de clase hacia la negociación con los capitalistas y hacia la conquista del poder estatal. Este tipo de organización, incluso cuando va acompañada de una retórica anticapitalista y una postura de izquierda, es un método ajeno a la clase obrera.

La forma natural de organización de nuestra clase es el consejo. En el marco de la lucha llevada a cabo por los consejos, debemos reunirnos para debatir, compartir nuestras experiencias y nuestra conciencia, y esforzarnos por consolidar y promover la orientación anticapitalista espontánea de nuestra clase.

No publicamos este canal de Telegram con el objetivo de dirigir las luchas obreras. No solo no pretendemos hacerlo, sino que consideramos que cualquier forma de autoridad dirigente, cualquier relación entre seguidores y dirigentes, y cualquier grado de subordinación del movimiento obrero o de las masas trabajadoras a la voluntad de los dirigentes es un desastre para este movimiento y una desviación del verdadero camino de la lucha anticapitalista.

Queremos que este canal sea una tribuna para la influencia anticapitalista en nuestra lucha diaria como trabajadores. El objetivo de la publicación “Against Capital” es ampliar el papel activo del mayor número posible de trabajadores en la determinación de la dirección/orientación, los métodos y el curso de la lucha de clases, tanto para resistir los incesantes ataques de los capitalistas como para lograr la liberación definitiva del dominio del capitalismo sobre nuestra propia existencia.

 


Traducción al español: Los Amigos de la Guerra de Clases
https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2026/02/20/iran2026-contra-el-capital-tribuna-de-trabajadores-anti-capitalistas/

 

Irán entre la brutal represión y las amenazas imperialistas

 

 

La sangrienta represión de las protestas ha permitido al régimen iraní superar una vez más los graves disturbios sociales que han sacudido al país en las últimas semanas.

Todo comenzó el 28 de diciembre con las manifestaciones y el cierre de los comercios del Gran Bazar de Teherán tras la caída de la moneda, que amenazaba la rentabilidad de sus negocios, manifestaciones que se extendieron a otras ciudades. Los comerciantes denunciaron, en particular, un sistema de tipos de cambio múltiples que permite a las grandes empresas enriquecerse mediante el tráfico de divisas, al tiempo que dificulta el acceso a las divisas extranjeras esenciales para protegerse de la inflación. Estos grupos políticamente conservadores siempre han sido partidarios del régimen, por lo que el Gobierno adoptó inicialmente una postura conciliadora hacia los manifestantes, cuyas reivindicaciones incluso se consideraron «legítimas». Pero las cosas empezaron a cambiar cuando los estudiantes de varias universidades del país se movilizaron con consignas hostiles al régimen y, posteriormente, cuando las manifestaciones, hasta entonces relativamente pequeñas, se convirtieron en masivas y los manifestantes atacaron edificios emblemáticos del régimen.

Las autoridades respondieron, como de costumbre, con una represión brutal: ya no solo con gases lacrimógenos, sino también disparando contra los manifestantes con escopetas de caza y armas de guerra. Al mismo tiempo, el Gobierno bloqueó Internet para impedir su uso por parte de los manifestantes y para bloquear la propaganda de los medios de comunicación de la oposición con sede en el extranjero. Pero esto también provocó un bloqueo de la información sobre los acontecimientos y el alcance de la represión. El número de víctimas y detenciones no se conoce con certeza, pero todo indica que es muy superior al de represiones anteriores; se habla de varios miles de muertos y heridos: el orden de la República Islámica se ha restablecido con sangre.

Aunque la protesta surgió inicialmente como una expresión de rabia egoísta entre la burguesía y la pequeña burguesía, la situación de amplios sectores de la población es tan grave que rápidamente se transformó en una verdadera revuelta contra el régimen, llegando incluso a las regiones periféricas e involucrando a las masas proletarias. Esto no fue causado por los llamamientos del hijo del Sha, la propaganda israelí o las declaraciones de Trump, sino por el deterioro de las condiciones de vida, el aumento de la pobreza y el continuo agravamiento de las desigualdades sociales. Según las estadísticas oficiales, la inflación era del 60 % (dato anual) en enero, pero en realidad es mucho más alta: se estima que ha alcanzado el 200 % para los productos de primera necesidad. El salario mínimo es de 104 millones de riales al mes (unos 65 euros), el más bajo de los países de la región, un nivel claramente insuficiente para compensar la inflación (de hecho, muchos trabajadores ni siquiera perciben el salario mínimo). Los sindicatos oficiales piden que el salario mínimo se aumente a 600 millones (unos 375 euros), mientras que el Gobierno solo ha previsto un aumento del 20 % de los salarios del sector público, hasta alcanzar los 187 millones en 2026, a lo que añadirá un subsidio de 10 millones (unos 5 euros) durante cuatro meses. Sin embargo, un parlamentario iraní ha estimado que una familia debería disponer de 450 millones de dólares al mes para satisfacer sus necesidades básicas (580 millones según los sindicatos). La tasa de participación en el mercado laboral se estima inferior al 50 %. Según los datos oficiales, el 36 % de los iraníes vive por debajo del umbral de la pobreza, pero esta cifra es sin duda inferior a la real, ya que algunos la estiman más cercana al 70 %.

Las consecuencias son directas en términos de salud; según el Ministerio de Sanidad, 120 000 personas mueren cada año debido a la «creciente inseguridad alimentaria», es decir, a la imposibilidad de obtener alimentos esenciales, y entre el 50 % y el 70 % de la población sufre diversas carencias que debilitan el sistema inmunológico y contribuyen a las enfermedades óseas (1).

 

UNA LARGA CADENA DE REVUELTAS Y REPRESIONES

 

Dejando de lado el movimiento de 2009 desencadenado por la victoria electoral del conservador Ahmadinejad, a veces denominado la «revolución de Twitter», cuya represión causó más de cien muertos, en 2017-2018 una ola de huelgas y manifestaciones obreras sacudió las regiones más pobres del país y los barrios obreros de Teherán (las mayores concentraciones de trabajadores, como los de la industria automovilística, se mantuvieron en gran parte al margen). Las consignas se politizaron rápidamente y revelaron la erosión de las ilusiones electorales: «¡Pan, trabajo, libertad!», «¡Abajo el dictador!», «¡Conservadores y reformistas, ha llegado vuestra hora!», etc. El régimen respondió con una violenta represión que causó decenas de muertos. En noviembre de 2019, un repentino aumento del precio de la gasolina (que se duplicó de un día para otro) desencadenó nuevas protestas y violentos disturbios en gran parte del país. Las autoridades reprimieron lo que había sido el movimiento de protesta más grande y violento desde la fundación de la República Islámica con una represión feroz (disparando a los manifestantes desde helicópteros, utilizando ametralladoras, etc.), bloqueando al mismo tiempo Internet durante una semana. El número de víctimas se estimó en unas 2000. Sin embargo, el estallido de la pandemia de COVID-19 fue el principal factor utilizado por el Gobierno iraní (como muchos otros) para restablecer la calma.

Las protestas y huelgas se reanudaron en 2022, culminando ese mismo año en el movimiento «Mujer, vida, libertad», tras el asesinato de una joven por parte de la policía moral por llevar el velo de forma inadecuada (2). Inicialmente, el movimiento involucró principalmente a estudiantes y círculos intelectuales, pero poco a poco se extendió y adquirió un carácter claramente anti régimen. Como de costumbre, las autoridades respondieron con un baño de sangre: alrededor de 500 muertos en los tres primeros meses, miles de detenciones y numerosas condenas a muerte.

Aunque el Gobierno «reformista» ha relajado en cierta medida la presión recientemente, limitando los abusos de la policía moral, tiene la intención de continuar con sus políticas antisociales. Los sindicatos oficiales, en particular, han señalado que su presupuesto destina más fondos a la radio y la televisión estatales que a otros diez ministerios, sin dejar nada para el gasto social. La brutalidad represiva, incluso antes de la represión de las manifestaciones actuales, no había disminuido, como lo demuestra el aumento de las ejecuciones capitales desde el movimiento «Mujer, vida, libertad»: alcanzaron un récord en 2025 (más de mil en los tres primeros meses del año).

 

PRESIONES IMPERIALISTAS

 

No describiremos aquí la complicada historia de las relaciones de Irán con las diversas potencias imperialistas. Baste decir que su riqueza en hidrocarburos, así como su ubicación en una región estratégica como el Golfo Pérsico, ha convertido y sigue convirtiendo a este país de más de 90 millones de habitantes en un objetivo de las ambiciones imperialistas y en una amenaza potencial para los países vecinos y el orden regional. La presión ejercida por las potencias imperialistas occidentales para impedir que Irán adquiera armas nucleares (aunque el programa nuclear iraní se inició bajo los auspicios de Estados Unidos) se deriva de su deseo de limitar al máximo el poder de un Estado que ya no era aliado de Occidente. En 2018, durante el primer mandato de Trump, Estados Unidos se retiró del acuerdo nuclear internacional firmado por Obama e impuso nuevas sanciones económicas a Irán y a las empresas que comercian con él, alegando la creciente influencia iraní en la región. Desde entonces, las sanciones han seguido lloviendo, hasta el punto de que Irán es el país más sancionado del mundo.

En el marco de su política de «máxima presión» sobre Irán, Estados Unidos no solo intervino militarmente en la «Guerra de los 12 días» lanzada por Israel en junio de 2025, sino que también está intentando desestabilizar el régimen. Durante las revueltas de enero, Trump animó a los manifestantes sugiriendo que una intervención militar estadounidense acudiría en su ayuda. Pero las monarquías del Golfo, empezando por Arabia Saudí, presionaron a Trump para que abandonara esta perspectiva. Estos Estados, junto con Egipto y Turquía, temen sobre todo el derrocamiento del régimen iraní a raíz de una revuelta masiva: ¡el ejemplo sería demasiado contagioso! Todos los Estados burgueses están unidos en el mantenimiento del orden establecido: la estabilidad contrarrevolucionaria en la región exigía que las autoridades iraníes reprimieran la revuelta. Por lo tanto, los estadounidenses esperaron tranquilamente a que se completara esta tarea antes de reanudar sus amenazas militares contra Irán...

El orden reina de nuevo en Teherán. Pero este orden es precario; las contradicciones sociales dentro del país son tales que, tarde o temprano, las masas se verán empujadas a rebelarse de nuevo a pesar de la represión. Pero para que la próxima ola de lucha no termine, como las anteriores, en un baño de sangre sin consecuencias, o no se convierta en un mero remiendo del dominio capitalista, el proletariado deberá encontrar la fuerza para organizarse sobre bases de clase. Deberá fundar su propio partido de clase internacionalista e internacional, capaz de guiarlo en la lucha contra el frente unido de todos sus enemigos, tanto internos como externos, consciente de que una revolución proletaria en Irán haría caer a todos los Estados burgueses de la región.

 

 


 

(1) Véase https://lessentieldeleco.fr/5007-smic-a-combien-seleve-le-salaire-minimum-en-iran-en-2026/

(2) Véase  Iran. Arresti, torture, assassinii, sparizioni e sepolture nascoste: il regime confessionale fondamentalista usa il tallone di ferro per rimanere in piedi (“ («il comunista» n.º 176, enero-febrero de 2022).

 

2 de febrero de 2026

 

 

 Partido Comunista Internacional

Il comunista - le prolétaire - el proletario - proletarian - programme communiste - el programa comunista - Communist Program

    www.pcint.org

 

Informe desde Irán / 11 de enero de 2026

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Lo que está ocurriendo en las calles, los barrios, las ciudades, las provincias y en todo este infierno de mierda, sangre y terror del capitalismo en Irán es un genocidio masivo a escala nacional perpetrado por el régimen depredador y genocida de la República Islámica capitalista de Irán.

Solo el hospital de la ciudad de Rasht, en el norte de Irán, ha anunciado que se ha negado a admitir setenta cadáveres porque su morgue estaba llena de cadáveres de manifestantes. Seis hospitales han declarado haber recibido 217 cadáveres. La joven generación de la clase obrera iraní está siendo masacrada a una velocidad vertiginosa por el brutal gobierno islámico del capital.

Hacemos un llamamiento a todas las masas trabajadoras del mundo para que alcen su voz en protesta contra toda esta brutalidad y estas masacres, dondequiera que se encuentren, en todos los rincones del mundo, y se levanten para apoyar al movimiento obrero y a las masas manifestantes de los trabajadores iraníes.

Los trabajadores exigen la caída del régimen islámico genocida del capital, el acceso total e incondicional a la alimentación, la ropa, la vivienda, el agua, la electricidad, Internet, el transporte, la prohibición de la injerencia del gobierno en diversos ámbitos de su vida social, la eliminación del apartheid sexual y otros derechos humanos fundamentales.

Cualquier victoria de estos trabajadores depende del apoyo unido de sus compañeros de todo el mundo.

Levántate y muestra esta solidaridad en todas partes.

Militantes del movimiento por la abolición del trabajo asalariado
https://againstwagelabor.com/

Traducción al español: https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2026/01/15/mas-volantes-internacionalistas-desde-iran/




 

Venezuela:

¡Contra la agresión imperialista norteamericana! ¡Por la lucha de clase del proletariado venezolano, americano y mundial!


El ataque llevado a cabo por las fuerzas especiales norteamericanas contra Venezuela el pasado 3 de enero, dirigido a secuestrar al presidente del gobierno del país y encarcelarlo, ha sido, a la espera de lo que sucederá en el futuro, el punto culminante de una serie de ataques estadounidenses encaminados a controlar, de una manera u otra, el país caribeño.

Por lo que se sabe hasta el momento, en las últimas semanas el presidente norteamericano Donald Trump habría advertido al venezolano, Nicolás Maduro, de que se disponía a atacar el país para deshacerse de su gobierno. Por su parte, el venezolano, se habría negado a exiliarse en Turquía, tal y como le fue ofrecido, dejando su puesto a alguno de los altos cargos que le seguían en la jerarquía gubernamental. La excusa esgrimida por Estados Unidos para deponer a Maduro es la lucha contra el narcotráfico (versión actualizada de la guerra contra el terrorismo que llevó a las tropas norteamericanas a invadir Afganistán, Irak y una larga lista de países) porque, siempre desde el punto de vista del gobierno norteamericano, el presidente venezolano lideraría un cártel internacional dedicado a introducir cocaína en Estados Unidos desde Sudamérica y a lavar el dinero procedente de este negocio.


El petróleo… no lo es todo

Sin que se pueda negar o afirmar la verdad que se esconde detrás de estas afirmaciones (porque, contra la idealización del régimen venezolano que promueven algunas corrientes políticas americanas y europeas, la naturaleza burguesa, o sea criminal, de éste le predispone y habilita para cualquier tipo de negocio por oscuro que sea) resulta cuanto menos irónico que Estados Unidos, uno de los polos más representativos del tráfico de drogas a nivel mundial, ataque a otro país con esta excusa. Y es que el propio Donald Trump, en su intervención del mismo 3 de enero, ha dado una explicación que, pese a ser incompleta y deliberadamente parcial, da una noción más realista de los motivos que han estado detrás del ataque norteamericano y ha señalado el control de la industria petrolífera venezolana como el objetivo último de éste.

Es sabido que Estados Unidos y Venezuela mantienen desde hace décadas una dura lucha en torno a la propiedad de buena parte de las infraestructuras petrolíferas que existen en el país. En 2006 el gobierno de Hugo Chávez revocó el marco legal en el que operaban las grandes empresas petrolíferas en Venezuela favoreciendo que la empresa estatal Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) se hiciera cargo del total de la extracción y de los beneficios resultantes del comercio del crudo, en detrimento de las empresas, principalmente norteamericanas, que se beneficiaron del llamado proceso de Apertura Petrolera que les permitió acceso a los recursos venezolanos a partir de la última década del siglo XX. Desde entonces, Estados Unidos ha reclamado a Venezuela fuertes indemnizaciones por esta expropiación de hecho, sin dejar nunca de tener la vista puesta en la posibilidad de recuperar por la fuerza la posición privilegiada que perdieron sus empresas.

En la actualidad, Venezuela cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en unos 300 000-303 000 millones de barriles, lo que representa aproximadamente entre el 17 % y el 20 % de las reservas mundiales. Esto la sitúa en primer lugar, por delante de Arabia Saudí e Irán. Algunas estimaciones estadounidenses e internacionales incluso sugieren que el volumen real de reservas sin descubrir o difíciles de extraer podría ser aún mayor (entre 380.000 y 652.000 millones de barriles), pero el rendimiento y la viabilidad económica son objeto de debate. Pero gran parte del petróleo venezolano es muy pesado y viscoso (crudo extra pesado), lo que hace que su extracción sea más difícil desde el punto de vista técnico y financiero que la de los crudos ligeros de otros países.

El petróleo representa aproximadamente el 90% de los ingresos por exportaciones de Venezuela e, históricamente, ha sido la columna vertebral de la economía estatal. Sin embargo, la producción es significativamente inferior al potencial de las reservas (actualmente alrededor de 900.000-1.000.000 de barriles diarios de exportación), lo que representa menos del 1 % de la demanda mundial, debido principalmente a la inestabilidad política, la mala gestión y las sanciones.

Chevron Corporation es la principal empresa petrolera estadounidense activa en Venezuela, a pesar de las sanciones de larga duración impuestas a PDVSA. En virtud de las excepciones concedidas por el Gobierno estadounidense, Chevron tiene licencias limitadas para operar y exportar, aunque estas licencias se revisaron repetidamente en 2025 y, en algunos casos, se retiraron. En particular, a Chevron se le permitía la exportación de petróleo venezolano a pesar de las sanciones, pero al mismo tiempo se limitaba su flujo de dinero directamente al régimen venezolano por ser "políticamente delicado".

La progresiva limitación de la importancia norteamericana en la industria petrolera venezolana ha tenido como contra partida, en los últimos años, una creciente importancia del comercio con China. Según la prensa especializada, China recibe de Venezuela aproximadamente 921.000 barriles por día (el 80% de las exportaciones de crudo del país) mientras que Estados Unidos recibe únicamente 150.000 barriles por día. Es decir, los últimos años han visto un cambio de la posición estratégica venezolana, que después de una década de bloqueo y caída de las exportaciones, debido a la menor demanda internacional, ha pasado de ser una fuente de reservas para Estados Unidos a serlo para China. De hecho, los dos barcos petroleros interceptados por la marina estadounidense días antes del ataque iban dirigidos presumiblemente al país asiático, que corresponde a Venezuela con transferencia de tecnología de última generación, insumos para la industria nacional, etc.

A esto se le suma la relación comercial, también considerada preferente por parte de Venezuela, que esta mantiene con Irán. Sin alcanzar la magnitud de la que tiene con China, tiene un peso considerable en la economía venezolana y supone un alivio a la hora de enfrentar los efectos del embargo relativo al que le somete Estados Unidos.

Este es el centro del problema. El objetivo norteamericano no es, a todas luces, el control del narcotráfico. Pero tampoco es, únicamente, hacerse con el control de la industria petrolífera venezolana, algo que puede ser muy lucrativo, pero sin lo cual Estados Unidos ha podido vivir durante dos décadas… El objetivo de la presión que Estados Unidos ejerce contra Venezuela es doble. Por un lado, busca limitar la relación comercial del país caribeño con China e Irán, evitando tanto el suministro a estos dos países de un crudo sin duda muy barato (algo de vital importancia para la expansión industrial que protagonizan ambos) como el pago por este en forma de tecnología militar e industrial, es decir, la consolidación de un área de influencia principalmente china en el mar del Caribe. Por otro lado, trata de dar ejemplo con Venezuela para que tomen nota el resto de países y burguesías latinoamericanas: tanto en términos económicos como en términos políticos, afirma su predominio sobre el subcontinente, en una especie de reclamación de derechos que considera indiscutibles. No es necesario irse muy atrás para ver este doble objetivo explicitado por parte del mismo gobierno norteamericano, porque en su recientemente publicada Estrategia de Seguridad Nacional, el documento que recoge su orientación política y militar para los próximos años, la reivindicación de una América del sur, americana, es decir, norteamericana, es explícita. No se trata simplemente de una exigencia económica, no es una reclamación de petróleo sin más… es la imposición de todo un posicionamiento político y militar lo que está en juego. América, esto debe quedar claro para todos los países que la conforman, es el coto de caza privado de Estados Unidos. Esto no significa que ningún otro país pueda comerciar o defender intereses parciales en alguna zona, pero el predominio indiscutible se debe al imperialismo norteamericano.


El orden, burgués e imperialista, sí…

Durante los primeros años del gobierno de Hugo Chávez, en medio de un boom económico mundial en el que el consumo de combustible en todos los países capitalistas desarrollados y en buena parte de los considerados en vías de desarrollo aumentaba sin parar, las exportaciones de crudo venezolano reportaron al Estado jugosos beneficios. Buena parte de estos beneficios se utilizaron para modernizar, relativamente, el aparato productivo nacional, consolidando a Venezuela como una potencia económica regional.

A la vez que sucedía esto, se ponía en marcha un programa a gran escala de beneficios sociales para el proletariado y las masas depauperadas: Control de los precios de la cesta de la compra básica, construcción de viviendas asequibles, programas de empleo, alfabetización… los millones de petrodólares que engrosaban las arcas del Estado permitieron una expansión económica y social que marchaba al compás del crecimiento económico mundial del momento, sólo que mediante el fino hilo que suponía la exportación de una única materia prima, el crudo.

¿Se diferenciaba en esto el régimen de Chávez del resto de países capitalistas? En absoluto. En prácticamente toda Europa y América del Norte, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía destina una parte del excedente de beneficios, obtenido de la reconstrucción postbélica primero y del dominio imperialista que ejerce sobre el resto del mundo después, para el mantenimiento de una serie de amortiguadores sociales que garantizan una relativa paz social sustentada en una férrea política de colaboración entre clases. Los primeros años del régimen chavista no tuvieron nada de particular si se toman en abstracto. Solo si se observan en el contexto latinoamericano, y en particular con las singularidades venezolanas, donde las oligarquías burguesas dominantes han exprimido sin misericordia a los proletarios y al campesinado de la región y no han tenido miramientos en reducirles al hambre y la miseria más desesperantes, se puede ver alguna diferencia. 

La política de conciliación que los sucesivos gobiernos chavistas tuvieron hacia los proletarios y las capas populares más empobrecidas se inspira en el método de gobierno tradicional de la burguesía en cualquiera de los países capitalistas centrales, no hay nada de revolucionario en ello. Fue el hecho de que las fuentes de financiación de esta política las buscara en la nacionalización de industrias clave, como la petrolera, lo que le enfrentó tanto a la burguesía tradicional venezolana como a su valedor norteamericano. Pero este enfrentamiento, que sin duda existió, tampoco debe dar a entender que las limitadísimas reformas chavistas tuvieran algún tipo de naturaleza subversiva. Es cierto que el gobierno de Chávez se enfrentó a la oligarquía venezolana y a Estados Unidos hasta el punto de que, en 2002, tuvo lugar un golpe de Estado encaminado a deponerle. Pero también es cierto que el fracaso de este, debido a la presión de las masas populares en la calle, recondujo la tensión existente a un acuerdo de relativa tolerancia: tanto Estados Unidos como la burguesía venezolana aceptaron que solo el régimen chavista era capaz de controlar la tensión social que décadas de miseria habían creado y este se aprestó a convertirse en el valedor del orden imperialista en el país, a la vez que permitía florecer a su alrededor a una nueva, numerosa y especialmente agresiva y codiciosa burguesía, enriqueciéndola con los nuevos negocios y permitiéndole infiltrarse en todos los recovecos de la estructura estatal.

El enfrentamiento de los gobiernos, de Chávez primero y de Maduro después, tanto con la parte de la burguesía que había sido excluida del poder como con Estados Unidos, no pueden entenderse como la lucha de un régimen revolucionario (¡ni siquiera reformista en un sentido estricto!) contra fuerzas reaccionarias, sino como una lucha inter-burguesa en la cual cada una de las facciones luchó por lograr el apoyo de los proletarios y el “pueblo” en general, defendiendo unos las conquistas sociales otorgadas a cargo de la venta de petróleo y, otros, la democracia y la lucha contra la creciente corrupción de la nueva burguesía y el ejército, convertido en principal garante del orden a medida que la situación social empeoraba.

En medio de esta lucha, la crisis capitalista de 2008-2012, el fin de la demanda ilimitada de crudo, la caída de los ingresos por su venta… llevó a la crisis económica, política y social del régimen chavista, cada vez más parapetado detrás de las Fuerzas Armadas y al que sólo su inclusión en el bloque comercial conformado por China, Rusia, Irán y otros países de importancia menor, logró salvar… temporalmente.

La realidad, en el momento en que Estados Unidos, de acuerdo con el giro político y militar de los últimos años, ha redoblado sus ataques contra Venezuela para sacarla de dicha órbita económica, es que el Estado venezolano no podría existir sin la nueva burguesía chavista (los célebres boliburgueses), porque ya representa la principal fuerza de orden en el país y la única sobre la que el orden imperialista norteamericano puede apoyarse. La oposición (la de Machado hoy, pero la de Guaidó ayer… y tantas otras) ha demostrado ser absolutamente incapaz de garantizar el orden burgués. No ya porque el gobierno de Maduro mantenga el apoyo popular que caracterizó los primeros gobiernos de Chávez, sino porque el entramado estatal, levantado en parte sobre este, solo es controlable por la burguesía que en veinte años se ha hecho con el ejército y el resto de resortes del poder.

Lo ha reconocido el mismo Trump cuando ha afirmado que la oposición a Maduro, liderada por Corina Machado, no tiene el reconocimiento del pueblo venezolano, es decir, que no tiene la fuerza necesaria para hacerse cargo del Estado, porque no cuenta con la capacidad de encauzar en ese sentido las diferentes fuerzas burguesas (una de las cuales, el imperialismo norteamericano) que convergen. Por el contrario, la segunda de Maduro, Delcy Rodríguez, representante de ese "narco estado corrupto" - que es como Estados Unidos califica a Venezuela- sería, para la Administración Trump, “alguien de fiar”.

Sin duda Estados Unidos va a tutelar una transición en Venezuela encaminada a abrir las puertas del Estado a algunas facciones burguesas que hoy están excluidas. Este cambio tendrá como principales fines sacar a Venezuela de la órbita de China, Rusia e Irán, a la vez que permite la entrada a las empresas norteamericanas para que se hagan con la industria petrolífera. Pero la forma en que esto se hará todavía no es posible preverla porque forma parte de un juego imperialista de mucho más alcance, que afecta tanto al conjunto de la región latinoamericana como al resto del mundo. Solo se puede saber que irá “de la ley, a la ley”, del poder de la burguesía al poder de la burguesía y, seguramente, del chavismo al chavismo… aliado con Estados Unidos.


Una advertencia para el proletariado

Desde finales de los años ´80 hasta 2002, la burguesía venezolana y los imperialistas norteamericanos fueron plenamente conscientes de que Venezuela se erigía sobre el volcán del descontento y la ira populares. Dos décadas de crisis casi permanente, de drástica reducción de las condiciones de vida, de caída de los salarios, etc., acabaron por desencadenar estallidos populares como el Caracazo de 1989. 

El golpe de Estado de 1992, protagonizado por un grupo de militares a cuya cabeza estaba Hugo Chávez, manifestaba ese malestar que determinados sectores del ejército, de la burocracia sindical, etc., creían que solo se podía conjurar mediante un programa de reformas de tipo nacionalista. Como hemos dicho más arriba, tras la llegada de Chávez al poder y el inicio de la Vª República, pero sobre todo después de que el golpe de Estado de 2002 mostrase que la burguesía tradicional apenas tenía capacidad para ejercer el poder, tanto esta como la burguesía norteamericana accedieron a un gobierno de tipo nacionalista en el país.

Desde entonces este gobierno ha tratado por todos los medios de levantar estructuras estatales y para estatales que lograsen cooptar a determinados sectores de origen proletario y popular (desde las antiguas corrientes guerrilleras hasta los sindicatos, de los cuales Maduro fue un líder) para ahogar cualquier conato de lucha independiente de clase. Al resto de proletarios, cuando han avanzado sus exigencias, siquiera sobre el terreno económico, los gobiernos de Chávez-Maduro han respondido siempre con la represión más encarnizada.

El proletariado venezolano, después de décadas de padecer una situación terrible, una vez abandonada cualquier esperanza de reformas de tipo permanente, por pequeñas que fuesen, y de cargar sobre sus espaldas con el peso de la crisis económica que azota el país, va a sufrir a partir de ahora el precio de la “transición” que Estados Unidos promete y la burguesía venezolana de ambos bandos acepta. Pero hoy, la fuerza con la que contó en 1989 o en 2002, aunque en esos momentos estuviera condicionada por un carácter puramente espontáneo o por una cooptación por parte del régimen, ha desaparecido. Esa ha sido la principal victoria del chavismo y del “socialismo del siglo XXI”: han cortado cualquier tipo de impulso independiente por parte de la clase obrera, cegando a esta con las ilusiones democráticas, basadas sobre todo en unas condiciones materiales y sociales mejoradas para una parte del proletariado transformado en “aristocracia obrera”, y en un “anti imperialismo” de tipo pequeño burgués, que la mantiene paralizada e incapaz, por el momento, de cualquier tipo de respuesta.

Si la agresión imperialista norteamericana constituye un aviso a las burguesías latinoamericanas acerca de qué pueden y qué no pueden hacer en términos de alianzas políticas y económicas, para los proletarios de todos los países de la región supone algo más que una amenaza: es una realidad palpable del futuro que les espera. Las tensiones inter-imperialistas fuerzan a una reorganización de las áreas de influencia de las principales potencias y una sobre explotación de los recursos que existen en estas. También de la fuerza de trabajo, principal recurso que necesita el capitalismo para funcionar. Bajo la férula norteamericana, que vuelve a imponer militarmente sus exigencias, los proletarios de América Latina tienen un futuro claro: más explotación, por parte de su burguesía y del imperialismo yankee, peores condiciones de vida, represión sistemática, muerte… El disciplinamiento social es el requisito indispensable para la imposición de las exigencias económicas que plantea la burguesía. Y la burguesía venezolana, la bolivariana o la opositora, van a hacerse sus principales valedores.

 

Hace pocas semanas, cuando la tensión bélica entre Estados Unidos y Venezuela iba en aumento, aún sin ver claro el desenlace de la situación, escribíamos unas palabras a las que ahora no tenemos nada que corregir ni añadir:

“Los proletarios de los países imperialistas deben oponerse a las campañas contra Venezuela, así como a las que golpean a otros países; las sanciones económicas, los bloqueos, la presión diplomática, las intervenciones “humanitarias” o las operaciones militares forman parte del arsenal utilizado para establecer o fortalecer la dominación imperialista sobre los países más débiles con el fin de obtener ventajas de todo tipo. La dominación imperialista debe combatirse sin vacilación, no en nombre de la engañosa ideología democrático-burguesa de la igualdad de las naciones y el respeto al “derecho internacional”, sino porque esta dominación fortalece al enemigo de clase y dificulta la lucha proletaria en los países imperialistas, al facilitar la corrupción de ciertos estratos de la llamada “aristocracia obrera”. Cualquier debilitamiento del poder de la burguesía imperialista es un factor positivo en el antagonismo de clase con ella; al mismo tiempo, cualquier debilitamiento del imperialismo alivia la presión sobre los proletarios de los países dominados, quienes siempre son las primeras víctimas de las acciones imperialistas. La solidaridad de clase con los proletarios de los países dominados es, por lo tanto, un imperativo de la lucha proletaria en los países imperialistas y no un vago deber moral de caridad humanitaria.

Los proletarios de los países imperialistas, y en particular los proletarios estadounidenses, deben demostrar esta solidaridad, no solo negándose a participar en la campaña contra Venezuela, denunciando la retórica sobre la lucha contra las drogas, la democracia y los derechos humanos, que solo sirve para camuflar los sórdidos intereses imperialistas, sino también oponiéndose a las medidas gubernamentales contra los inmigrantes legales e ilegales, venezolanos y otros. Recientemente, cientos de miles de inmigrantes, incluidos 600.000 venezolanos, han perdido su derecho a permanecer en Estados Unidos, lo que los condena a la clandestinidad. La solidaridad con los proletarios inmigrantes es esencial para fortalecer a todo el proletariado contra una burguesía que no duda en usar la fuerza para defender sus intereses tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Frente a las crecientes tensiones entre Estados, a la crisis económica, a las sanciones, a la miseria y a la amenaza de guerra, el proletariado no tiene más que un camino: el de la lucha internacional de clase. Esto implica ningún “apoyo táctico” al gobierno Maduro, ruptura total con todos los frentes comunes con la burguesía, ya sean patrióticos, democráticos o “anti imperialistas”; el rechazo de todos los campos burgueses: Maduro, la oposición liberal, los gobiernos imperialistas, los bloques regionales; emprender la reanudación de la lucha de clase independiente de los partidos y sindicatos defensores del orden burgués; el trabajo por la reconstitución de un movimiento comunista internacional que unifique las luchas de los proletarios de Venezuela, de las Américas, de Europa, de África y de Asia.  

Ni las amenazas de Washington, ni los discursos patrióticos de Caracas, ni las promesas de la oposición burguesa pueden ofrecer una salida a los explotados. Todos estos campos defienden la propiedad privada, el trabajo asalariado, la competencia generalizada entre empresas y Estados, es decir, las bases mismas de la explotación capitalista.

Los proletarios de Venezuela deben negarse a morir por la patria; los proletarios de Estados Unidos y de Europa deben negarse a apoyar sus sanciones, sus flotas, sus bases militares. En todas partes, se trata de retomar el hilo roto de Liebknecht, de Lenin y de los primeros dos años de la III Internacional: el enemigo principal, para cada proletario, se encuentra en su propio país: su propia burguesía y su propio Estado. Solo uniendo sus luchas por encima de las fronteras, sobre la base de un programa comunista de destrucción del capitalismo y de la sociedad de clases, podrán los trabajadores de Venezuela y del resto del mundo salir de la trampa mortal en la que las burguesías en competencia intentan encerrarlos.”


¡Fuera las tropas norteamericanas de Venezuela!

¡Contra la guerra imperialista, guerra de clase proletaria!

¡El enemigo está en casa, es la propia burguesía!


04/01/2025

Partido Comunista Internacional - www.pcint.org



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