Los jóvenes protestan, con rabia e incluso con violencia, pero la intolerancia que genera una situación de marginación y crisis debe ser combatida por los proletarios, en el terreno de la lucha de clases anticapitalista


 

En Italia, Francia y España, el orden democrático y constitucional se ve perturbado por las manifestaciones de los últimos tiempos. Por motivos que van desde la crisis de la vivienda en España, pasando por la terrible situación educativa en Francia, hasta el aumento del coste de la vida en Italia, las plazas se han llenado rápidamente de cientos de miles de personas, de los orígenes más diversos, a menudo siguiendo el ímpetu inicial de los estudiantes. ¿Ha llegado tal vez la hora de correr hacia las barricadas de 1871 y librar una batalla frontal contra la burguesía? Algunos se han hecho ilusiones de que así es, sobre todo al observar las escenas de guerrilla urbana en Milán, Turín y Bolonia, donde a las cargas policiales se ha respondido con una lluvia de adoquines y con saqueos generalizados de tiendas.

Es necesario aportar algo de claridad sobre este movimiento «juvenil», reiterando algunos puntos fundamentales de carácter político general que el marxismo revolucionario, restablecido sobre sus bases correctas, plantea en la evaluación de la situación en la que nos encontramos.

Las protestas de los estudiantes (y de los jóvenes en general) de estos días no pueden modificar, a pesar de las esperanzas «revolucionarias» de las calles, la realidad fundamental: la falta de fondos para la educación, al igual que para la sanidad, la crisis económica, las condiciones generales de vida del proletariado y todos los demás problemas que se suman y que se derivan del modo de producción capitalista sobre el que se fundamenta toda la sociedad industrial moderna. Sin duda, las políticas socialdemócratas, reformistas o «humanitarias» —como las propuestas por los gobiernos de Escandinavia— pueden aliviar momentáneamente la crisis en un ámbito u otro, pero el conjunto de los problemas en los que se basan la preocupación y la movilización, a menudo espontánea, de los jóvenes es un producto inevitable de la economía capitalista, verdadera estructura de fondo sobre la que se asientan toda la cultura, la política e incluso la ciencia oficial. La destrucción del capitalismo y su sustitución por un nuevo sistema económico (el socialismo marxista) no es posible, en realidad, sin la insurrección armada y la constitución del Estado proletario —que equivale a la dictadura de clase del proletariado—, con todos los instrumentos necesarios de que dispone por su propia naturaleza, contra la burguesía, es decir, la clase actualmente dominante. Las manifestaciones estudiantiles y juveniles de estas últimas semanas, y no solo en Italia, están a mil millas de distancia y, en cierto sentido, son opuestas a la antesala de la lucha de clases del proletariado que marcará el gran objetivo histórico de la destrucción de la podrida sociedad burguesa y el inicio de la transformación social y económica de la sociedad humana hacia el socialismo y el comunismo pleno, la sociedad de especie, por su propia naturaleza antimercantilista y antiindividualista y, por tanto, anticapitalista. Dicho esto, los «jóvenes» podrían responder que, en varios episodios de estos últimos días, han demostrado su voluntad de responder con violencia a la represión policial, a menudo brutal y sistemática, de las manifestaciones de protesta.

En primer lugar, hay que señalar que la violencia en las calles ha sido, en realidad, contenida, a menudo fruto de sectores concretos de las manifestaciones, y que en ningún caso esta violencia ha adquirido un carácter clasista propiamente dicho (el asalto a las zapaterías no es un motín del pan, y mucho menos la toma del Palacio de Invierno en octubre de 1917). En segundo lugar, y de manera más general, es necesario reiterar, tal y como ya afirmamos en un período mucho más tenso para la lucha «estudiantil»: «los estudiantes universitarios y otros no constituyen una verdadera clase, ni tampoco todos los estratos que se agolpan tras ellos […]; mientras que sí es una verdadera clase la obrera, a la que hoy una banda de proxenetas despoja para prostituirla y ofrecerla en el mercado» (1). El derrocamiento del Estado burgués, la destrucción de sus instrumentos o su uso necesario para asegurar el triunfo de la revolución son tareas históricas encomendadas únicamente al proletariado, como ilustró elocuentemente Karl Marx en una frase: «La Historia es el juez, su ejecutor es el proletariado» (2). Por mucho valor que puedan mostrar los estudiantes en su lucha contra una represión odiosa y por muy fundadas en la realidad que puedan estar las reivindicaciones en torno a la terrible situación en la que se encuentra nuestro sistema educativo, esto no puede borrar las realidades históricas elementales de la sociedad en la que vivimos.

La composición heterogénea de quienes se reúnen hoy en las plazas (¡incluso participan y son detenidos puntualmente niños de 12 años!), junto con la ambigüedad de las huelgas convocadas por sindicatos de todo tipo, como en el caso de los camioneros del sur, no confieren ningún carácter propiamente de clase a la lucha que se está llevando a cabo estos días en las ciudades italianas. Las propias reivindicaciones mantienen un carácter general que no permite ningún avance efectivo para la clase proletaria en las condiciones actuales. El propio objetivo de las manifestaciones no está claro, en una reivindicación de enfrentamiento contra el Estado y las «élites» que no se identifican propiamente como una clase, sino en las imágenes del lujo de las tiendas del centro histórico de las principales ciudades italianas. Por mucha satisfacción que pueda dar (quizá de forma comprensible) romper el escaparate de una tienda en la que ningún proletario común podrá entrar jamás, esto no constituye en sí mismo un hecho socialmente clasista, y mucho menos «revolucionario», ni ofrece ninguna posibilidad de victoria del movimiento de la calle frente a un Estado que mantiene el orden de forma organizada y con instrumentos cada vez más represivos, ¡preparándose, más bien, para la inminente guerra general y para la represión del movimiento proletario cuyo despertar clasista teme!

Mutatis mutandis, la fórmula que se repite en Europa no dista mucho de las esperanzas que los jóvenes de muchos países del mundo depositan en las «revueltas» de la generación Z. Si, por un lado, es cierto que las condiciones de crisis que percibe la juventud —a la que por ello se querría considerar vanguardia radical de la lucha contra el sistema vigente— son fruto del capitalismo como modo de producción, en la aplicación más consecuente de todas sus políticas, incluida la guerra; por otro lado, es necesario recordar que los jóvenes proceden de todas las clases y que, a menudo, muestran en las calles una mayor combatividad más por una propensión natural y episódica que por una disposición efectiva a la lucha. En otro lugar hemos aclarado, desde el punto de vista marxista, la necesidad de volver a una lucha de clase basada en los supuestos históricos y políticos correctos, que ciertamente no son los de una ira genérica contra el «sistema» sin especificar (3).

La ocasión de estos «disturbios» en Italia ha servido al Gobierno, sobre todo, como pretexto para emplear los diversos instrumentos represivos de la burguesía, aunque sin llegar a disparar balas reales como en julio de 1960 en Reggio Emilia ni a la matanza de la escuela Díaz de Génova en julio de 2001. En primer lugar, demonizar las manifestaciones como si estuvieran organizadas por grupos «antagónicos» y alborotadores dispuestos a todo, proporcionando a los periodistas del régimen fotografías y vídeos de enfrentamientos contra las fuerzas del orden agredidas (como, por otra parte, ya se había puesto en práctica con el caso de Turín hace unos meses). A continuación, como ha ocurrido en Francia y en España, denunciar con celeridad unas inexistentes «injerencias rusas», tal y como se apresuró a hacer el ministro de Defensa Crosetto al hablar de «guerra híbrida». Los sindicatos colaboracionistas, por su parte, no tardaron en proclamar la huelga «general»… para noviembre, de modo que la calle tuviera tiempo de calmarse, la patronal pudiera anticipar posibles medidas para no verse perjudicada por la huelga y el Estado pudiera preparar preventivamente a sus fuerzas del orden ante la eventualidad de protestas violentas por parte de los manifestantes… Además, instrucciones del Gobierno para actuar con el máximo rigor, porras y gases lacrimógenos contra todos los manifestantes, pacíficos o no, porque, al fin y al cabo, nunca se sabe quién podría empezar de repente a atentar contra el «orden público». De hecho, el Código Rocco siempre puede resultar útil, independientemente del color del Gobierno, porque para nuestra república tan democrática, cuando hace falta, el fascismo también hizo cosas buenas. Y si en ocasiones hay que actualizarlo como corresponde, entonces conviene intervenir, como acaba de suceder, con un decreto de urgencia. Evidentemente, los siete decretos sobre seguridad promulgados hasta ahora por este Gobierno en cuatro años no bastaban y, tal vez, ni siquiera bastará este último…

Con este nuevo decreto se ha reafirmado la presunción de culpabilidad para los menores de 18 años (que, en cualquier caso, a partir de los 14 años, pueden ser imputados por los delitos previstos para los adultos) y se ha extendido a estos la medida ya aprobada anteriormente para los adultos de la «detención preventiva». Nordio ha hablado al mismo tiempo de «ampliar la capacidad de los centros penitenciarios juveniles» (4), anticipando ya los efectos de estas medidas. Se añade al Código Penal el nuevo delito de «participación violenta en manifestaciones públicas», que prevé una pena de hasta 5 años de prisión. Por último, la operación «calles seguras» y 500 paracaidistas de la Folgore desplegados en Milán para sofocar a los jóvenes y a los más jóvenes que siguen movilizados. En definitiva, con las medidas adoptadas, el Gobierno garantiza que, independientemente del resultado de estas protestas, ahora los instrumentos de represión del Estado italiano serán mucho más eficaces, incluso frente a grupos que hasta ahora seguían relativamente protegidos, como los menores de 18 años.

Por lo demás, no debe sorprendernos que se haya aprovechado así la ocasión: la burguesía se prepara por todos los medios para desatar de nuevo, tarde o temprano, la guerra entre los Estados y, mientras tanto, debe preparar también los instrumentos de represión contra el movimiento proletario que podría retomar su orientación de clase en el momento más crítico. Para el Gobierno se trata, además, de prepararse también para responder a formas de organización espontánea como la de los «autoconvocados», que se salen peligrosamente de los límites de la organización sindical o política institucional y, por lo tanto, son mucho más difíciles de prever y reprimir.

En conclusión, pues, debemos interpretar la respuesta intransigente del Gobierno y de la burguesía en su conjunto a las protestas de estos días, con la represión y el uso de medidas extraordinarias, no como una reacción extraña, imprevista y poco razonada de un Gobierno que se acerca al final de su mandato, sino como un campo de pruebas para la futura respuesta al movimiento proletario.

Los jóvenes, los estudiantes, pero sobre todo los proletarios, deben extraer la lección de los últimos acontecimientos, haciendo caso omiso de las llamadas al orden de los sindicatos colaboracionistas y de los partidos burgueses, y preparándose más bien para luchar mañana en otro terreno, no en el interclasista, equívoco, confuso y desorientador, sino en el de la lucha de clases, ante todo mediante la organización clasista independiente y con igual determinación sobre la base de reivindicaciones de clase. De una lucha así: «Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen, sin embargo, un mundo que ganar» (5).


25 de octubre de 2026

Partido Comunista Internacional (El Proletario)


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NOTAS:

(1) Nota elementare sugli studenti ed il marxismo autentico di sinistra, en Il Programma Comunista, n.º 8, 1-15 de mayo de 1968, p. 2.

(2) C. Marx, Con motivo del aniversario del People’s Paper (discurso), en The People’s Paper, 19 de abril de 1856.

(3) También resulta emblemático el título para orientar al lector: Las protestas de la Generación Z: no será la «juventud» la que derrote al capitalismo, sino el proletariado unido tras su partido de clase, disponible en www.pcint.org

(4) Il Fatto Quotidiano, 23 de octubre de 2026, p. 4.

(5) C. Marx y F. Engels, Manifiesto del Partido Comunista, cap. III.



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