Contra
la guerra imperialista ruso-ucraniana, la
respuesta solo puede darla el proletariado en Rusia, en Ucrania y
en Europa con su lucha de clases, contra
el veneno belicista de sus respectivas burguesías,de
sus intereses nacionales, y contra el opio pacifista
La operación
militar especial que el imperialismo ruso desencadenó contra Ucrania
para impedir su ingreso en la OTAN, su incorporación al frente
occidental euroamericano, como ya habían hecho las antiguas
repúblicas populares de Europa del Este, se ha convertido en una
guerra que dura ya más de dos años con trágicas consecuencias para
la población ucraniana y para la rusoparlante del Donbass y Crimea,
así como para los soldados rusos enviados al matadero para defender
los intereses imperialistas de las oligarquías que gobiernan en
Moscú. Hasta la fecha, según las estimaciones oficiales de los
distintos gobiernos, los muertos y heridos entre rusos y ucranianos
ascenderían a más de 500.000: una enorme carnicería, mientras que
una gran parte del sudeste de Ucrania ha quedado destruida.
Todos los
medios de comunicación y gobiernos occidentales afirman que las
causas del conflicto que estalló en Ucrania hay que buscarlas en la
voluntad de las oligarquías o de los potentados que quieren dominar
otros países e incluso el mundo, destruyendo el curso pacífico del
desarrollo empresarial defendido por la democracia de la que los
Estados Unidos de América y los países de Europa Occidental,
empezando por Gran Bretaña, Francia, Alemania y detrás de ellos
todos los demás, se proclaman campeones absolutos. Así pues, si
estalla una guerra, es porque esa "dictadura", esa
"autocracia", ese "totalitarismo", en definitiva
los nuevos Hitler y Mussolini lo han querido... Por parte rusa, la
causa del conflicto habría que buscarla, en cambio, en la política
nazi y militarista de Ucrania, apoyada por Estados Unidos y los
países europeos de la OTAN, que quieren cercar, debilitar y aislar a
Rusia poniendo en peligro su seguridad nacional. A falta de tales
argumentos, siempre están dispuestos a sacar otro: el "terrorismo
internacional", islámico por supuesto...
Pero las causas
de esta guerra, como de todas las guerras, hay que buscarlas en el
desarrollo del capitalismo imperialista, que mantiene a todos los
países del mundo en un abrazo mortal. El capitalismo, para
desarrollarse, necesita atacar con todo tipo de violencia, tanto
virtual (política, diplomática, cultural, religiosa) como cinética
(económica, financiera, militar), a cada país porque representa un
mercado potencial para sus mercancías y capitales, un punto de
fuerza, o de debilidad, en el choque de intereses que cada Estado
burgués defiende con todos los medios, y el militar no es
ciertamente secundario.
Tras el colapso
de la URSS, todos sus países satélites se separaron para dejar de
depender del poderío militar y económico de Moscú; pero, en la
fase imperialista del capitalismo, si un país se separa de un bloque
de potencias es porque, inevitablemente, acaba en el bloque
contrario, bien porque busca protección y apoyo a sus propios
intereses nacionales, bien porque los intereses económicos y
financieros de cada capitalismo nacional están cada vez más
entrelazados con los intereses económicos y financieros de las
grandes potencias que dominan el mercado internacional, bien porque
las potencias imperialistas, aunque divididas en varios bloques de
intereses, no pueden dejar ningún rincón del planeta fuera de su
control.
Fase de
desorden mundial
El derrumbe de
la URSS significó, al mismo tiempo, una crisis general del orden
mundial constituido al final de la segunda guerra imperialista
mundial, crisis que, sobre todo en Europa -donde el condominio
ruso-estadounidense había garantizado, hasta cierto punto, la
reconstrucción de posguerra y el desarrollo "pacífico" y
acelerado de los capitalismos nacionales, bajo el control, en todo
caso, de las bases militares estadounidenses especialmente en
Alemania e Italia- puso en cuestión todos los puntos de equilibrio
construidos hasta entonces. Y también significó, por supuesto, la
desaparición de la alianza militar del Pacto de Varsovia,
constituida en su momento en oposición a la alianza atlántica, es
decir, a la OTAN. Desaparecida la fuerza militar que representaba el
Pacto de Varsovia, queda la de la OTAN -que hace años se dio incluso
por muerta- como único amo con
armas nucleares en Europa y, de
facto, dueño de
Europa. Así, los Estados Unidos, habiendo emergido como los
verdaderos vencedores de la segunda guerra imperialista mundial y
habiendo forjado y dirigido la "reconstrucción de posguerra"
en Europa, reforzando el peso de su imperialismo desde Europa hasta
el Extremo Oriente, se presentaron al mundo como los garantes del
capitalismo mundial y de su orden económico y político, en el que
incluso la Rusia post-estalinista acabó insertándose abiertamente,
confesando con los hechos que había acabado definitivamente con el
falso socialismo de marca estalinista.
La fase de
guerras que hasta entonces había afectado a los demás continentes,
en las que rusos y estadounidenses se enfrentaban mediante luchas de
"liberación nacional", acabó por abarcar también el
continente europeo: las guerras de los años 90 en la antigua
Yugoslavia, con la intervención directa de la OTAN, por tanto de
Estados Unidos, marcaron el inicio de una nueva fase de agresión de
los imperialismos estadounidense y europeo en zonas en las que el
imperialismo ruso había tenido una influencia decisiva. Y la
extensión de la OTAN a los países de Europa del Este es una prueba
más de que los imperialismos norteamericano y europeo occidental no
tenían, ni tienen, ningún interés en dar al imperialismo ruso el
tiempo y el espacio para reconstituir su antiguo poder en Europa.
Todo imperialismo está hambriento de un cada kilómetro cuadrado de
territorio económico sobre el que pueda ejercer su dominio y, dada
la situación mundial existente desde hace más de un siglo, toda
crisis que sume a la economía capitalista en la recesión y la
barbarie empuja a los imperialismos más fuertes a devorar kilómetros
cuadrados de territorio económico arrebatado a sus adversarios más
débiles, sin usar necesariamente sus propias tropas terrestres,
sino, sobre todo, su propio capital. El ataque a la "soberanía"
de Ucrania en realidad fue llevado a cabo simultáneamente tanto por
Moscú como por Washington, Londres, Berlín, París, política,
económica, financiera y, finalmente, militarmente. La OTAN,
traicionando sus promesas a Moscú tras el colapso de la URSS de que
no englobaría a los países vecinos de Rusia, se ha lanzado en su
lugar bajo sus muros. Hasta la fecha, después de haber incorporado a
casi todos los antiguos satélites de Moscú en Europa del Este entre
1999 y 2020, sólo Bielorrusia y Ucrania permanecen fuera de la OTAN.
Ni que decir tiene que Ucrania es el bocado estratégico más
importante y es lógico que Estados Unidos haya apostado por ella
desde el colapso de la URSS, contando también con los contrastes
nacionalistas que caracterizan sus respectivas historias. ¿Podría
Rusia -tanto si el gobierno está presidido por Putin como si lo está
por cualquier otra figura- permanecer tranquila con un frente
continuo de bases militares de la OTAN con misiles atómicos en su
frontera occidental? Ni que decir tiene que la respuesta es no, y es
aún más negativa ahora que Finlandia, que limita con Rusia en el
extremo norte, se ha unido a la OTAN, arrastrando también a Suecia
tras de sí. La maniobra europea de cerco de Rusia es, pues, casi
completa. Ucrania, de momento, debido sobre todo al curso de la
guerra con Rusia, sigue en la cuerda floja.
¿Podría haber
sido el curso de la guerra ruso-ucraniana diferente del que está
demostrando ser últimamente, a saber, una guerra que allana el
camino para otras guerras en Europa y en todo el mundo?
Poco más de un
mes después de la invasión militar de las tropas rusas en
territorio ucraniano, el 24 de febrero de 2022, Kiev y Moscú, según
los medios de comunicación internacionales, estaban a punto de
negociar un tratado por el que Kiev se comprometía a no entrar en la
OTAN, a no entrar en la Unión Europea y a cesar la represión de las
poblaciones rusófonas del Donbass concediéndoles una autonomía
real, como se había prometido en los tratados de Minsk. Según estos
tratados, parecía posible que el conflicto -que de hecho había
comenzado ocho años antes con las represiones de Kiev contra los
movimientos rusófonos del Donbass y la anexión de Crimea por Moscú-
no se extendiera como lo hizo en realidad y, sobre todo, que no
implicara directamente a las potencias de la OTAN, aunque no en
términos de envío de tropas, sino de un conspicuo apoyo militar y
financiero. Fueron Londres y Washington los que detuvieron a
Zelensky, con promesas de enorme y continuo apoyo incluso de los
países de la OTAN, de financiación de miles de millones y
suministros de armamento moderno, hasta el punto de que lanzaron una
vasta campaña de propaganda sobre el peligro de que Rusia, tras
haber invadido Ucrania, procediera a invadir toda Europa; una campaña
de propaganda en la que se afirmaba la posibilidad de poner de
rodillas a la economía rusa mediante una serie de sanciones
económicas y financieras y, por último, de derrotar militarmente a
Rusia recuperando todos los territorios que había ocupado, incluida
Crimea.
Todos los
portavoces de los belicistas euroamericanos siguieron propagando un
apoyo eterno al belicista ucraniano, para derrotar militar y
económicamente al belicista ruso; todos los portavoces occidentales
siguieron hablando de una guerra que duraría mucho tiempo porque
harían todo lo posible por aislar y derrotar a Rusia, empujándola
de nuevo dentro de las fronteras de la Federación Rusa de 1992 y
destruyendo su economía. Las cosas han resultado de otro modo: las
sanciones han llevado a la crisis a la economía rusa, pero no la han
doblegado, mientras que sus exportaciones de petróleo, gas, cereales
y otras materias primas -aunque en menor cantidad que antes y a
precios más bajos- a otros mercados (especialmente China e India)
han continuado, y el aumento de la producción de armamento se ha
iniciado no sólo para reponer las existencias de los ya utilizados y
aún por utilizar en la guerra de Ucrania, sino también con vistas a
nuevos frentes de guerra, como por otra parte están haciendo todos
los grandes países imperialistas, empezando por Estados Unidos que,
sólo para 2024, ha elevado el presupuesto del Pentágono a 886.000
millones de dólares, seguido por los países de la Unión Europea,
China, India y Japón. Así pues, en el horizonte mundial se
vislumbra un futuro de guerra declarada.
Al igual que
durante la pandemia del Sars-Cov2 fueron las multinacionales
farmacéuticas las que se embolsaron miles de millones de beneficios
al precio de más de 16 millones de muertos entre 2020 y 2021,
durante la guerra ruso-ucraniana y la posterior guerra de Israel
contra Hamás y los palestinos, como en todas las demás guerras, son
las grandes multinacionales del armamento las que amasan beneficio
sobre beneficio, mientras que las políticas sociales que durante
muchas décadas constituyeron, con sus castillos de amortiguadores
sociales, la columna vertebral de la política colaboracionista de
los países capitalistas más avanzados y de las organizaciones
sindicales y políticas del proletariado, han comenzado a encogerse
cada vez más a favor de la política militarista. La guerra es parte
integrante del desarrollo capitalista y parte indispensable de la
política exterior de todo imperialismo. Nunca habrá paz mientras
subsista el capitalismo; todo alto el fuego y todo período de paz
que sigue a períodos de guerra no son más que treguas para
reorganizar la reanudación de la guerra o la guerra siguiente.
La guerra
burgués-imperialista no sólo causa muertos, heridos e inválidos
entre los soldados y las poblaciones civiles afectadas,
específicamente para desmoralizar a los soldados en el frente, sino
que también provoca consecuencias a largo plazo de miseria y
devastación; y mientras que en los países imperialistas, cuando sus
territorios nacionales no se ven directamente afectados por la
guerra, la paz adquiere la apariencia de una vida social y laboral
"normal", en los países donde, por el contrario, se
producen constantemente conflictos entre imperialismos, se produce
una situación de inseguridad general, miseria y hambre, y el
inevitable fenómeno de las migraciones forzadas -desde África,
Oriente Medio, Asia Central y Extremo Oriente, la propia América
Latina- adquiere dimensiones bíblicas.
El opio
pacifista
Frente a la
carnicería de muertes de civiles en Ucrania y Palestina, se ha
alzado una vez más la voz del pacifismo, de esa ideología que,
dirigiéndose a los propios artífices de la guerra, les pide que
paren la guerra, que dejen de masacrar a civiles indefensos, que
depongan las armas y se sienten a una mesa para acordar una tregua e
iniciar negociaciones de paz. Ni que decir tiene que el máximo
portavoz de esta ideología es el jefe de la Iglesia de Roma, una
potencia financiera respetada internacionalmente.
El horror de la
guerra debería impulsar a los gobiernos implicados a detenerla y
ponerle fin. En realidad, el pacifismo nunca ha impedido ni detenido
la guerra, y por razones materiales muy concretas: la guerra es la
continuación de la política exterior de cada Estado hecha por
medios militares. ¿A qué responde la política exterior de los
Estados sino a los intereses del capitalismo nacional de cada país
defendidos por todos los medios, incluidos los militares, por el
Estado burgués nacional? ¿Qué es el imperialismo en la era del
capitalismo desarrollado sino la política del poder económico y
financiero de las mayores concentraciones económico-financieras y de
los Estados que defienden sus intereses en todo el mundo? ¿Y cuál
es el objetivo de esta política sino repartirse el dominio del
mercado mundial en un orden siempre cambiante según la fuerza
cambiante de cada Estado?
La guerra es
parte integrante de esta política, no es una opción entre muchas,
no puede evitarse porque las clases burguesas dominantes no responden
a la "conciencia" de cada uno de sus miembros individuales,
sino a los intereses materiales del sistema económico del que son
representantes y únicos beneficiarios.
Mientras
imperen los intereses económicos y financieros del capitalismo,
ninguna burguesía tiene alternativa: debe defender denodadamente
esos intereses por todos los medios, legales e ilegales, pacíficos y
violentos, porque de ello depende su propia existencia.
Por lo tanto,
el pacifismo, precisamente porque no
cuestiona el sistema económico y financiero capitalista,
es completamente impotente contra la guerra burguesa e imperialista.
Sin embargo, tiene un
papel político y social igual al del reformismo y el
colaboracionismo, a saber, el de desviar
los movimientos de oposición a la guerra del terreno de clase en el
que la lucha de la única clase que no tiene intereses inmediatos e
históricos que defender en esta sociedad y en la guerra imperialista
-la clase de los trabajadores asalariados, del proletariado- tiene la
posibilidad de romper los horrendos ciclos de las guerras
imperialistas, convirtiendo la lucha antimilitarista y antiburguesa
en el terreno de la revolución anticapitalista y, por tanto,
antiburguesa.
El pacifismo,
en realidad, tiene la misma función que el opio: atonta y embota las
mentes de las masas proletarias, haciéndoles creer que pueden
escapar de los horrores de la zona de guerra viajando a un mundo
fantástico e irreal, en el que cada individuo se desprende
virtualmente de las relaciones económicas y sociales que lo
encadenan a la sociedad, planeando, libre de los dolores del mundo,
por encima de ellas; pero destinado luego a caer de nuevo en la
espantosa realidad a la que el capitalismo condena a toda la
humanidad.
El futuro
del proletariado está en manos del propio proletariado
El mundo,
atrapado en la espasmódica búsqueda del beneficio por parte de
concentraciones capitalistas cada vez más gigantescas, derrama
también sobre la vida cotidiana de los proletarios de los países
burgueses occidentales una lluvia cada vez más intensa de
restricciones, despidos, empeoramiento de las condiciones de trabajo
e miseria generalizada que afecta a capas cada vez más amplias de
una clase proletaria que, desde hace décadas, ha perdido por
completo su orientación de clase. Los proletarios del opulento
Occidente ya no pueden reconocerse como la clase antagonista por
excelencia a las clases burguesas dominantes en sus propios países,
ya no pueden extraer de la trágica y creciente miseria que los
deprime y asfixia la primera lección social útil para resistir y
reaccionar ante la aplastante explotación a la que están cada vez
más sometidos: ¡unirse en la lucha común contra el enemigo común,
es decir, la clase burguesa de su propio país! La burguesía, al
privilegiar a las capas superiores del proletariado, al
transformarlas en una verdadera aristocracia obrera, al
acostumbrarlas a vivir según el estilo de la pequeña y mediana
burguesía (que se apoyan en la pequeña y mediana propiedad privada,
y en los privilegios que provienen de la explotación general del
trabajo asalariado) se sirve de ello para difundir entre las amplias
masas proletarias la ilusión de que pueden elevar sus condiciones de
vida colaborando con la patronal, con el Estado patronal, en una
palabra con la burguesía dominante, con la clase que las explota,
las mata de hambre, las masacra con el trabajo y en las guerras. Y
esta colaboración -de la que los sindicatos y los partidos vendidos
al capital son los vectores más insidiosos y eficaces- sólo es
posible renunciando a la lucha en defensa exclusiva
de los intereses de
clase proletarios (que son objetivamente opuestos y están en franco
contraste con los de la burguesía), renunciando a la lucha con
medios y métodos clasistas,
es decir, con
métodos y medios que no son compatibles ni con la colaboración de
clases, ni con la cohesión social, ni con la comunidad de objetivos
inmediatos y futuros de la burguesía. La clase burguesa, gracias
también a todas las fuerzas sociales colaboracionistas que la
apoyan, aumenta así su fuerza, pareciendo así invencible, pero sólo
porque la masa proletaria, en lugar de reconocerse como clase
antagónica -como fuerza unificada que lucha de forma coordinada por
objetivos claramente opuestos a la burguesía-, se ve a sí misma
como parte del "pueblo", parte de una "comunidad
nacional" en la que ha perdido por completo su identidad
histórica de clase.
Los
proletarios, bajo la ilusión de que están mejor protegidos y son
más fuertes si se ponen en manos de la burguesía y sus sirvientes,
si "participan" en el "bienestar común"
renunciando a exigir para sí condiciones de existencia más
tolerables a pesar de la explotación, acaban convirtiéndose en
bestias de carga, en máquinas al servicio del beneficio capitalista,
sólo para ser desechados, arrojados a algún rincón o dejados morir
cuando dejan de ser inútiles para la producción de beneficios. Y
cuando la crisis económica y financiera coge al sistema capitalista
por el cuello, como ocurre cíclicamente, la burguesía intenta
salvarse como clase dominante y como propietarios individuales del
capital convirtiendo a una parte considerable de sus proletarios en
carne de cañón. Así, la guerra de competencia que las burguesías
del mundo libran constantemente entre sí, se convierte en una guerra
sucia y total contra países que son considerados en ese momento los
enemigos a los que hay que derrotar "cueste lo que cueste".
Que los costes de la guerra son pagados principalmente por el
proletariado y la población civil, tanto de los países amigos como
de los enemigos, es cosa sabida.
¿Qué impide
entonces a los proletarios romper este "contrato social" no
firmado, pero validado por la fuerza política, económica y militar
del Estado capitalista burgués, para recuperar su independencia y su
autonomía de clase?
El miedo a
perder el empleo y, por tanto, el salario; el miedo a quedarse solo y
sin ayuda, a tener que proveer sin medios para la supervivencia de
uno mismo y de su familia; el miedo a perder los ahorros de toda una
vida, la vivienda, los afectos familiares una vez que se ha perdido
el empleo y, por tanto, el sustento; el miedo a ser abandonado por
las organizaciones sociales y el Estado que antes se habían
presentado como los garantes del apoyo en los momentos de dificultad
de la economía nacional y empresarial, dificultades que siempre se
anunciaron como transitorias, superables, y que, a medida que
crecían, exigían nuevos sacrificios. Las décadas de políticas
colaboracionistas que han caracterizado la vida política y social de
todos los países han acostumbrado a las amplias masas proletarias a
delegar la defensa de sus intereses inmediatos en organismos
sindicales y políticos que procedían, en realidad, a borrar por
completo -después de haberlos transfigurado- los intereses generales
e históricos de la clase a la que pertenecen los proletarios,
sustituyéndolos por los intereses del "crecimiento económico",
de la "competitividad", de la "productividad", de
la defensa de la "economía nacional" y de la "patria".
Y los proletarios de los países occidentales, como los de Rusia o
China, los árabes o latinoamericanos, los orientales o africanos,
escuchan con sus propios oídos los mismos
llamamientos, las
mismas palabras,
las mismas
'exigencias' con
que la clase capitalista y el poder burgués se dirigen a ellos con
el fin de obtener no sólo su colaboración espontánea y convencida
(pero dispuestos a obtenerla por la fuerza si se muestran
reticentes), sino también el ofrecimiento de sus vidas sabiendo que
hoy pueden morir en el trabajo y mañana en los frentes de guerra.
La burguesía
sabe, porque también ella ha sacado lecciones de la historia de las
luchas de clases, que el proletariado, más allá de cierto límite,
ya no puede soportar materialmente, físicamente, condiciones
intolerables de existencia y de trabajo. Sabe que ese poderoso magma
volcánico atrapado en las fuerzas productivas representadas por la
fuerza de trabajo asalariada no de aquel país o de aquel otro, sino
de todo el continente si no del mundo entero, a un cierto nivel de
presión social estallará y se abrirán formas de lucha hasta
entonces desconocidas, como ocurrió con los communards
parisinos en 1871 o con los proletarios rusos en los soviets en 1905
y luego en 1917. La historia de la lucha de los proletarios en París
o en San Petersburgo en aquellos años parece tan lejana que ha
acabado en el olvido, tanto que la propaganda burguesa ha hecho
ensalzando su moderna civilización capitalista y una democracia
hecha de bellas palabras -libertad, igualdad, incluso fraternidad-
pero concretada en la explotación más bestial que el hombre haya
tenido que soportar jamás: incluso a los esclavos se les salvaba la
vida, mientras que a los proletarios
modernos se les ha hecho tan "libres" que ni siquiera son
dueños de su propia vida.
El horror de
las guerras mundiales, el horror de todas las guerras que han tenido
lugar en las últimas décadas, amplificado de manera espectacular
por los medios de comunicación ultramodernos de la civilización
burguesa, es una de las armas de la propaganda burguesa útil para
sembrar el miedo, para difundir el miedo, para doblegar a las masas
proletarias a las voluntades de sus numerosos torturadores vestidos
cada vez más a menudo con trajes y corbatas y dispensadores
incesantes de bellas palabras sobre la "libertad" -mientras
oprimen a masas cada vez más grandes de seres humanos-. sobre la
"lucha" contra la desigualdad y el hambre en el mundo -
mientras luchan unos contra otros para aumentar la desigualdad y el
hambre de miles de millones de seres humanos en todas partes -, sobre
la "paz" - mientras aumentan las guerras convirtiéndolas
en una constante en la vida cotidiana de pueblos y continentes
enteros -, sobre el "pueblo soberano" y la "patria"
- mientras los pueblos son saqueados, hambreados y masacrados, y sus
patrias oprimidas, despedazadas como botines de guerra sobre los que
se abalanzan bandidos de todo el mundo.
El capitalismo,
tal como se ha desarrollado, ha llevado a la humanidad a la mayor
inhumanidad posible; ha revolucionado los modos de producción
anteriores, aportando, sí, progresos excepcionales en el trabajo
asociado y en la producción social, pero al precio de llevar la
explotación del hombre sobre el hombre a niveles nunca alcanzados en
las sociedades anteriores, al precio de llevar a su máxima eficacia
los medios de destrucción de las propias fuerzas productivas que ha
desarrollado; ha "liberado" por la fuerza y violentamente a
enormes masas de campesinos del aislamiento y de la exigua parcela de
tierra en la que luchaban por sobrevivir, transformándolos en
proletarios, en personas sin hogar, sin propiedad. Transformándolos,
de facto, histórica y globalmente, en hombres dispuestos a
revolucionar toda la sociedad encadenada en las leyes capitalistas de
la ganancia y del trabajo asalariado, del dinero y del mercado,
transformándola en una sociedad en la que las fuerzas productivas ya
no serán cíclicamente destruidas por las crisis y las guerras
burguesas porque responderán a una planificación económica
racional concerniente a toda la especie humana, en armonía consigo
misma y con la naturaleza. Pero, el camino hacia esta meta histórica
es tremendamente accidentado, y parece imposible dado el poder que
aún expresan la burguesía y su sociedad. El poder burgués se debe,
en gran parte, a la impotencia política de la clase del
proletariado, es decir, a su repliegue generalizado ante las
necesidades de la vida del capitalismo y de la burguesía dominante;
incluso para los esclavos de hace dos mil años, el futuro parecía
marcado para la eternidad, e incluso para los siervos de hace mil
años, el futuro parecía marcado para siempre. Pero el desarrollo de
las fuerzas productivas, en ambos casos, desgarró la aparente
inmovilidad de la historia en un determinado momento; entonces llegó
la revolución burguesa que abrió la puerta a una sociedad
organizada universalmente sobre las mismas leyes económicas que el
capitalismo; una sociedad que no podía hacer otra cosa que producir,
además de las técnicas industriales y el trabajo asociado, los
proletarios, es
decir, aquellos que producen toda la riqueza social, pero que no
poseen nada más que su propia fuerza de trabajo que se ven obligados
a vender a cambio de un salario si quieren sobrevivir. En esencia,
como afirma el Manifiesto
de Marx
y Engels, "la
condición del
capital es el trabajo asalariado, el trabajo asalariado descansa
únicamente en la competencia de los trabajadores entre sí. El
progreso de la industria, del que la burguesía es un vehículo
involuntario y pasivo, sustituye el aislamiento de los obreros
resultante de la competencia por su unión revolucionaria, resultante
de la asociación. Con el desarrollo de la gran industria, por tanto,
se le quita a la burguesía el suelo mismo sobre el que produce y se
apropia de los productos. Produce ante todo a sus "enterradores",
precisamente el proletariado. Esta visión histórica de la lucha
entre las clases indica cómo, materialmente, el desarrollo de las
fuerzas productivas y su revolución son el motor del desarrollo de
las sociedades humanas; lo fue hasta la sociedad del capital, lo será
tanto más para la sociedad futura, para la sociedad comunista en la
que ya no existirán las clases, sino que sólo existirá una
sociedad capaz de disfrutar libre y racionalmente del desarrollo de
las fuerzas productivas que la sociedad burguesa, para mantenerse
viva, se ve también obligada a destruir en cada ciclo de crisis.
El proletariado
tiene, pues, una tarea histórica como clase revolucionaria, pero
para convertirse en clase revolucionaria debe romper los lazos
políticos y sociales que lo atan al destino del capitalismo, a sus
crisis y guerras. Significa que de ser una clase para
el capital -como la
burguesía quiere que siga siendo, utilizando cualquier medio para
mantenerlo así- el proletariado debe convertirse en una clase para
sí mismo,
precisamente una clase revolucionaria. El camino es largo y arduo
para que los proletarios recuperen el terreno de la lucha de clase,
pero es el único indicado por el desarrollo de las fuerzas
productivas y la propia historia de su desarrollo. Es un camino que
sólo se abre a condición de romper con la colaboración de clases,
es decir, de luchar contra la competencia entre proletarios: sin este
salto cualitativo, los proletarios nunca encontrarán su propio
camino de clase, el camino de su propia emancipación del yugo del
capital. La lucha será ciertamente larga y dura porque la burguesía
se opondrá con todas sus fuerzas a la reanudación de la lucha de
clases proletaria: tratará por todos los medios de impedirla, de
desviarla, de aplastarla porque es perfectamente consciente de que
del desarrollo de esa lucha renacerá la confianza del proletariado
en su propia fuerza de clase y de que, en el desarrollo de esa lucha,
el proletariado encontrará su guía política y teórica sin la cual
-como ya ha ocurrido en la historia anterior- el proletariado se
desorientará, perderá el sentido y los objetivos reales de su lucha
de clase, se confundirá y las derrotas que inevitablemente
encontrará en su camino lo desmoralizarán hasta el punto de aplazar
de nuevo, muy lejos en el futuro, la cita histórica con su
emancipación.
Contra la
guerra actual en Ucrania o Palestina o en cualquier otra parte del
mundo, la consigna que los comunistas lanzarían espontáneamente al
proletariado es: derrotismo
revolucionario, es
decir, luchar contra el atrincheramiento de las masas proletarias en
la guerra burguesa, desencadenar la guerra de clases,
la guerra contra la clase dominante burguesa. El problema de hoy es
que el proletariado, en general, en cualquier país y no sólo en
Ucrania, Rusia, Palestina o Israel, donde es sistemáticamente
masacrado, no tiene aún fuerzas ni siquiera para luchar de forma
clasista por sus intereses inmediatos en el terreno de la defensa
económica. Al carecer de esta experiencia de lucha, al carecer de la
experiencia de organización clasista e independiente necesaria no
sólo para librar la lucha de clases, sino también para perdurar en
el tiempo en este frente y desarrollar la solidaridad de clase con
los proletarios de otros sectores y otros países, es ilusorio que el
proletariado ucraniano o ruso, palestino o israelí, británico o
alemán, italiano o francés o español, chino o estadounidense,
egipcio o iraní o de cualquier otro país pase directamente a la
lucha por su guerra de clases, es decir, por la revolución
proletaria. Para los comunistas, la revolución proletaria es el
objetivo histórico de la lucha de clases del proletariado en
cualquier país, pero los proletarios -y esto vale también para los
propios comunistas- deben prepararse, deben tener experiencia
directa, física, con todos los errores que inevitablemente se
cometen en toda preparación para la lucha, deben probarse con sus
propias fuerzas y conocer las fuerzas y movimientos de sus
adversarios. Como dijo Lenin, los proletarios deben participar en la
lucha de clases de defensa inmediata porque es una "escuela de
guerra". Esto no significa ni ocultar los grandes objetivos de
la lucha revolucionaria del proletariado, ni, menos aún, las
dificultades reales para alcanzarlos, ni, por supuesto, las
dificultades objetivas de la propia lucha de defensa inmediata.
Ciertamente, no hay que sobrevalorar al enemigo de clase, pero
tampoco subestimarlo. Por otra parte, es el proletariado, a partir de
sus sectores más combativos y sensibles en la lucha de clases, el
que debe encontrar la fuerza para reaccionar independientemente ante
la presión y la represión burguesas, y en esto no puede ser
sustituido por ningún partido.
26 de marzo de 2024
Partido
Comunista Internacional
il
comunista – le prolétaire – el proletario – proletarian –
programme communiste – el programa comunista – communist program