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¡Minneapolis es el mundo entero!

 

La represión contra los proletarios inmigrantes como un laboratorio de pruebas del creciente autoritarismo y un desarrollo de la posibilidad de utilizar la fuerza contra cualquier tipo de disidencia

 

 

 

Las protestas masivas contra las prácticas de la policía de inmigración, la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE), la «Gestapo de Trump», que están teniendo lugar en estos días, tras la ejecución de Renee Nicole Good, en más de 100 ciudades de EE. UU. y en las que solo en Minneapolis han protestado más de 100.000 personas, expresan el descontento real y profundo de la opinión pública estadounidense con la evolución del país: con el terror generalizado asociado a las redadas y secuestros contra personas indocumentadas, es decir, contra cualquiera que pueda parecerlo por el color de su piel o su aspecto, y con el proceso de reestructuración autoritaria del Estado estadounidense, es decir, con el progresivo giro autoritario y la consiguiente militarización de la sociedad.

En lo que respecta al ICE, 2025 está siendo el año más trágico en más de dos décadas. Han muerto 32 personas bajo custodia de esta agencia federal, lo que supone el número más alto registrado hasta la fecha (desde 2004). En cuanto a los incidentes fuera de la custodia, los datos son más difíciles de obtener, ya que el ICE no está obligado por ley a informar de ellos; pero los medios de comunicación hablan de 16 tiroteos por parte de agentes del ICE, en los cuales al menos 4 personas fueron tiroteadas directamente por agentes sobre el terreno, y al menos 7 u 8 resultaron heridas (entre ellas, en algunos casos, transeúntes o familiares, incluidos ciudadanos estadounidenses), además de dos muertes durante detenciones relacionadas con fugas o accidentes.

Estas muertes se producen en un momento de expansión masiva de las operaciones de detención y deportación. Diciembre de 2025 ha sido el mes con el mayor número de detenciones. En los centros de detención superpoblados hay más de 68.000 personas, de las cuales casi el 75 % no tiene ninguna condena penal; al mismo tiempo, durante ese mes se registró el mayor número de muertes: siete detenidos murieron asesinados.

Las causas de muerte durante la detención —insuficiencias cardíacas, accidentes cerebrovasculares, colapsos respiratorios, infecciones no tratadas, suicidios— apuntan a un patrón constante: negligencia médica, presión psicológica, hacinamiento e indiferencia de la institución. Muchos detenidos solicitaron repetidamente asistencia médica, pero sus peticiones fueron ignoradas. Otros fallecieron poco después de ser trasladados al hospital, aún bajo custodia legal del ICE. Las investigaciones de estas muertes se prolongan, se impide el acceso a la información a las familias que permanecen en una angustia sofocante sin respuestas. Algunos ejemplos: Genry Ruiz Guillén, un joven trabajador hondureño que trabajaba en la construcción, se quejó repetidamente durante su detención de desmayos y dificultades respiratorias; murió en enero de 2025 en un hospital de Florida. Marie Ange Blaise, una migrante haitiana, pidió un médico varias horas antes de morir, debido a dolores en el pecho; según el testimonio de su hijo, se le negó la asistencia. Ismael Ayala-Uribe, un trabajador de California que vivía en Estados Unidos desde su infancia y llevaba 15 años trabajando en un túnel de lavado, enfermó durante su detención con fiebre y tos; falleció tras ser trasladado al hospital. Abelardo Avellaneda Delgado, que pasó casi 40 años trabajando en granjas estadounidenses, murió durante el traslado entre centros de detención, después de que su estado de salud empeorara en la cárcel local. Gabriel García Aviles, padre y abuelo, que llevaba tres décadas viviendo en Estados Unidos, fue detenido por una patrulla móvil y, tras una semana en detención, murió en el hospital; su familia no recibió ninguna información durante todo ese tiempo. Abelardo Avellaneda Delgado murió en una furgoneta de transporte del ICE; José Castro Rivera murió al ser atropellado por un coche en la autopista tras intentar escapar de los agentes. Norlan Guzmán-Fuentes fue asesinado en las instalaciones de la oficina de inmigración de Dallas; Miguel Ángel García Medina fue tiroteado mientras estaba esposado en una furgoneta frente a las mismas instalaciones.

Sin embargo, no se trata de fallos de instalaciones o agentes concretos. Entre otras cosas, los agentes reciben una bonificación por cada detención, independientemente de si está justificada o no: se degrada la dignidad humana de los detenidos, cuyas vidas se consideran insignificantes. Se trata de violencia estructural, de quebrantar el cuerpo y el espíritu, una forma organizada de castigo sin juicio.

La propaganda oficial presenta al ICE como una fuerza que defiende a la sociedad de la delincuencia y protege las fronteras. En realidad, el objetivo de este terror no es deportar a alrededor de 12 millones de personas indocumentadas, ya que, sin esta mano de obra, la burguesía estadounidense no podría funcionar económicamente en muchos sectores, pues depende estructuralmente de los millones de trabajadores indocumentados.

La agricultura, la construcción, la logística, la hostelería, el cuidado de personas… dependen de su trabajo. Entre el 50 % y el 75 % de estos proletarios no autorizados (entre 8 y 8,5 millones) pagan impuestos federales, ¡a pesar de no tener derecho a la mayoría de las prestaciones que estos impuestos financian! Los trabajadores inmigrantes en general, independientemente de su situación legal, representan casi el 19,5 % de la mano de obra total.

El objetivo es intimidar a esta parte del proletariado, someterla al máximo y hacerla vulnerable al chantaje, al tiempo que se procura enfrentarla a los trabajadores «nacionales». Esta estrategia tiene un claro sentido de clase: crear una masa de mano de obra que tema enfermar, hacer huelga, que sea incapaz de defenderse y, de este modo, presionar a la baja los salarios y las condiciones laborales de todo el proletariado. Esta estrategia refuerza la posición de los empleadores y sirve por completo al capital. La represión de los proletarios inmigrantes no autorizados es, por lo tanto, un ataque a toda la clase trabajadora.

Los métodos introducidos por el ICE —redadas enmascaradas, detenciones sin orden judicial, operaciones militarizadas, suspensión de la protección jurídica— se están extendiendo cada vez más a amplios sectores de la población. Según un dictamen interno filtrado, el ICE tiene permiso para entrar en los hogares incluso sin orden judicial.

La represión contra los inmigrantes funciona al mismo tiempo como un laboratorio de pruebas, del creciente autoritarismo y de un desarrollo de opciones de fuerza más amplio para la clase dominante estadounidense. Las protestas contra el ICE son reprimidas con violencia policial, el despliegue de la Guardia Nacional y bajo amenazas de intervención militar. Los actos de solidaridad son criminalizados y perseguidos. Grabar los arrestos se considera una «intromisión» en las actividades de los organismos estatales. Las garantías legales se debilitan en nombre de la seguridad y el orden.

El trato que se da hoy a los proletarios indocumentados se aplicará progresivamente a otros sectores de la población, en primer lugar, al proletariado, cada vez que se rebele por sus condiciones de trabajo y de vida. Estamos viendo en directo cómo se prepara gradualmente el aparato estatal para reprimir el descontento a una escala mucho mayor. Y ese futuro no está lejos...

La mencionada Renee Nicole Good, madre y conductora de 37 años, que no cometió ningún acto violento en la zona de la redada del ICE, sino que simplemente desobedeció la orden de los agentes de permanecer en el lugar y comenzó a alejarse lentamente, fue asesinada de tres disparos por un agente experimentado del ICE, a través del parabrisas y la ventanilla abierta de la puerta. Después del tiroteo, ninguno de los agentes le prestó asistencia médica y, además, impidieron que los residentes y los socorristas de la comunidad local lo hicieran. El 24 de enero se produjo otra muerte en el marco de la operación del ICE: uno de los agentes disparó a Alex Pretti, un enfermero de 37 años que estaba grabando la intervención. Tras un altercado entre un policía y una manifestante, intentó ayudar a la mujer agredida, recibió una dosis de spray pimienta en la cara y, cuando ya estaba tirado en el suelo y varios policías le golpeaban, fue asesinado a quemarropa.

La evolución en Estados Unidos no es un «desliz» temporal, sino una forma autoritaria normalizada de gobierno, que se ha ido desarrollando gradualmente a lo largo de años, mediante la erosión de las restricciones legales, la normalización de medidas excepcionales y la concentración de poder en el aparato ejecutivo. Todo esto responde a las crecientes contradicciones de la sociedad capitalista y a la erosión de la posición de EE. UU. como potencia imperialista global.

El aumento de las detenciones, el incremento de las muertes, el rearme y la militarización de las fuerzas represivas, la impunidad de la violencia estatal y la desintegración de las garantías legales: todo esto está ocurriendo ahora mismo y no es casualidad. Y sin embargo, no se trata de la sustitución inmediata de la democracia burguesa parlamentaria por una dictadura —la ilusión del parlamentarismo de que la clase trabajadora tiene algún poder real a través del voto es todavía un factor importante para la burguesía gobernante y la estabilidad del régimen capitalista—, sino de la normalización de las llamadas reacciones de emergencia del Estado (Covid-19, inmigración...), de tal manera que la represión se convierta en una realidad omnipresente y en la forma normal de gobernar. Sería ingenuo creer que el Partido Demócrata, si ganara las próximas elecciones, en una situación de agudizadas tensiones económicas y militares internacionales entre los imperialismos, vaya renunciar a todos estos «logros» alcanzados por el Estado, limitando así las posibilidades de maniobra del Estado capitalista en caso de crisis económica y bélica.

La represión encarnada por el ICE es una advertencia de lo que le espera a toda la clase obrera si no se opone a esta trayectoria.

Las marchas por los derechos humanos y la dignidad, por muy amplias que sean, los llamamientos a la democracia, la constitución o el estado de derecho, la participación de organizaciones de la llamada sociedad civil, grupos religiosos y organizaciones no gubernamentales que ofrecen ayuda humanitaria, la expresión de condenas morales, son un telón de fondo incapaz de ofrecer una alternativa al desarrollo de la represión total. Del mismo modo, buscar apoyo en el ámbito político, es decir, en el Partido Demócrata, que se presenta como oposición al autoritarismo de Trump, es completamente ilusorio y desmoralizador. En realidad, es este partido el que ha permitido todo este proceso de creciente autoritarismo. Su papel es únicamente criticar los «excesos» y las «normas insuficientes» en las redadas contra los inmigrantes. Por otra parte, fue Obama quien dio un paso decisivo para hacer más eficaz al ICE. Con su apoyo, los presupuestos para el DHS y el ICE pasaron por el Congreso y los centros de detención siguieron funcionando como hasta ahora. En los estados demócratas, los gobernadores envían a la policía y a las unidades de la Guardia Nacional contra los manifestantes. Las desavenencias entre los demócratas y la administración Trump se refieren a las formas, a la táctica, no al fondo.

Las direcciones de los sindicatos oficiales, dedicados a la política de colaboración entre clases también desempeñan un papel igualmente negativo. Mientras que los trabajadores individuales participan en las protestas, los líderes sindicales bloquean activamente las huelgas y canalizan la oposición en gestos simbólicos inofensivos. Los «compromisos contractuales de los sindicatos de no convocar huelgas fuera del marco de la negociación colectiva (las llamadas «cláusulas anti huelga») se utilizan para que los trabajadores se queden y sigan trabajando, mientras se intensifican las medidas represivas.

Sin apartarse de estos patrones políticos impuestos por los círculos burgueses, cualquier acción se reduce a un teatro: momentos de liberación de la presión social, una presión que al final no cambia nada y que frena el desarrollo de un movimiento de clase independiente al desviar la atención del terreno de lucha necesario: la confrontación de clase contra el capital y su Estado. La huelga llevada a cabo por medios y métodos de clase es un arma de lucha para los trabajadores, es la palanca con la que estos pueden llegar a imponer sus exigencias a la burguesía, dañando el funcionamiento de la maquinaria de la búsqueda de ganancias capitalistas.

La represión encarnada por la «Gestapo de Trump» es una advertencia de lo que le espera a toda la clase obrera si no se opone a esta trayectoria. La única respuesta eficaz es la organización independiente de protestas, la agitación y la movilización masiva del proletariado, más allá de todas las diferencias en las que el régimen capitalista lo clasifica (nacionalidad, origen, estatus legal, raza, género, etc.) y la reactivación de su lucha abierta como clase con intereses propios y contrarios a los de la oligarquía y la burguesía en general: esto significa romper con las fuerzas políticas, sindicales e ideológicas que atan al proletariado al orden existente, el florecimiento de las luchas proletarias en el terreno económico, y la organización de carácter clasista —utilizando los medios y métodos de la clasistas; la entrada en el terreno de la lucha política, con una clara oposición a las operaciones exteriores del propio Estado imperialista, a su rearme para la preparación de la futura guerra imperialista mundial, y con la defensa y la lucha por la igualdad de todos los componentes de la clase contra la política de «divide y vencerás». Por lo tanto, la alternativa no es volver a una democracia idealizada y falsa, sino luchar conscientemente contra el propio sistema capitalista. Solo sobre esta base puede la clase trabajadora enfrentarse a la burguesía más poderosa del mundo y emprender el camino que conduce a la liberación de las cadenas de la opresión, la explotación, las guerras capitalistas y las catástrofes, y derrotarla.

 

 

26 de enero de 2026

 

Partido Comunista Internacional

Il comunista - le prolétaire - el proletario - proletarian - programme communiste - el programa comunista - Communist Program -   www.pcint.org




 

[Los Angeles CA.] Emerge la furia del proletariado contra el orden del Capital

 

 

El espíritu de las revueltas de Los Ángeles en 1965 y 1992, así como Ferguson en 2014 y Baltimore en 2015, se hizo nuevamente presente en la ciudad de los Angeles California. Fuego en las calles, enfrentamientos con la guardia nacional, saqueos, vehículos [tesla] incendiados, patrullas policiales destrozadas, agitación masiva y la extensión de protestas hacia otras ciudades de EEUU; son la evidencia de que la guerra de clases vuelve a aparecer en las entrañas de la bestia; no es un hecho menor, pues el Estado ha aumentado el envío de tropas de contención, recurriendo también al uso de la ley marcial, implementando el toque de queda e intensificando la cacería de brujas contra los manifestantes.

 

 

Una bestia moribunda

Las numerosas redadas anti-inmigración del ICE que desde hace meses vienen acompañadas de vejaciones, torturas y la deportación masiva de inmigrantes latinoamericanos, son algo más que la realización de las promesas de campaña orquestadas por parte del pederasta amigo de los sionistas que actualmente comanda desde Washington. Son los intentos desesperados de paliar la bancarrota económica [crisis de valorización] del estado yanki. La búsqueda por “tener nuevamente una fuerte economía nacional” para ilusoriamente “devolver a los verdaderos americanos la prosperidad que se gozó antaño en el país” es un sin sentido que no tiene cabida en un mundo donde otras facciones  del capitalismo se han fortalecido [China-Rusia BRICS].

Estados unidos como potencia hegemónica que alguna vez dominó los mercados con su divisa y leyes, no volverá más. Su decadencia no tiene retorno. No obstante, la reciente campaña anti-inmigración donde han desplegado su arsenal represivo, solo confirma que siguen siendo uno de los principales brazos militares del capitalismo mundial (no por nada su negocio principal es la guerra), lo cual les permite ser vanguardia en fungir como centinelas, gendarmes y torturadores profesionales a la hora de aplastar cualquier conato de insurgencia.

 

Izquierda y derecha: enemigos del proletariado

Hoy nuevamente, la delirante ideología nacionalista exacerbada por la burguesía, persuade a que la clase trabajadora [como siempre] se haga de falsos enemigos, canalizando su odio contra todo aquel “agente externo invasor” sin importar que este comparta la misma condición social marginada y precaria. Pero el Estado Capitalista en su la lucha contra la inmigración no actúa solo, otros gobiernos en contubernio con la Casa Blanca contribuyen a la realización de esa tarea, por ejemplo el derechista Nayib Bukele en el Salvador, construyendo Cárceles al estilo de Guantánamo para los inmigrantes deportados, e incluso su “contra parte” en México, los gobiernos de la izquierda progresista de AMLO y Sheinbaum han recrudecido la represión y deportación contra inmigrantes de Centroamérica, Haití, Colombia y Venezuela. Por si fuera poco, al mismo tiempo se impulsan campañas alentando a la delación policial contra todo sospechoso de ser residente ilegal (equiparándolo como criminal y terrorista que atenta contra los “buenos valores cristianos de occidente”).

La izquierda oficialista del gobierno de México, como buena izquierda domesticada que es, llama a  no hacer disturbios contra la paz social, a llevar la protesta e indignación dentro de los márgenes del ciudadanismo y la sumisión al poder del Estado yanki. Por eso no es extraño que sus partidarios más ortodoxos vean inverosímil que un proletariado salvaje haga uso de la autodefensa y el combate callejero contra las fuerzas de seguridad (perros bastardos del capital). La tibieza y el llamado al repliegue es un elemento que solo nos condena a deambular en los carriles de las instituciones democráticas burguesas, anulando así nuestra lucha para que retornemos a la misma normalidad miserable.

La necesidad de “agentes infiltrados y provocadores” por parte del Estado, como supuesto pretexto para reprimir y desprestigiar las luchas sociales, es solo un mito inventado por la izquierda reformista e institucional, que beneficia al orden y funcionamiento de las estructuras del Capital. La policía y el ejército nunca vacilan en encarcelar, masacrar y reprimir con total impunidad a todo sospechoso de sedición, así mismo, variopintos ideólogos e influencers a través de los medios de comunicación, como buitres carroñeros, buscarán desprestigiar y condenar las luchas exigiendo al gobierno más mano dura, o en su defecto, apoyarán las protestas y manifestaciones bajo la condición de que estas transcurran de manera pasiva y pusilánime.

Históricamente las explosiones de rabia de la clase ocurren bajo contexto de desorden, caos y espontaneidad. Por consiguiente, resulta absurdo determinar una manera correcta en la que la clase deba luchar. La clase se lanza a la lucha por su misma necesidad y condición de clase explotada y asalariada [sin esperar el llamado de un caudillo o líder mequetrefe], es su reacción natural de plantar cara a los ataques que la burguesía orquesta en su contra mediante represión, recortes, despidos y encarecimiento de sus medios de vida.

 

La única alternativa, la lucha autónoma por la destrucción del Capital.

Si aludimos a la necesidad de que los explotados y oprimidos luchen en la calle y no bajo los estándares pasivos del hashtag, el apoyo a los partidos políticos oficialistas, sumado al respeto por las leyes y el orden; no es por un simplón y burdo fetichismo hacia la violencia y la revuelta social, sino porque reconocernos que la lucha callejera sirve para que la clase se percate de su propia fuerza y potencial subversivo, pues es ante estas situaciones donde brota su reconocimiento en comunidad de lucha, en el ejercicio del apoyo mutuo y la solidaridad de clase por encima de todos las falsas categorías de nacionalidad y raza con las que el capital busca mantenernos divididos.

Los recientes disturbios y protestas han hecho tambalear los paradigmas ideológicos y materiales de esta sociedad mercantil generalizada. Que las revueltas tengan su vórtice en la ciudad de Los Angeles no es una casualidad, pues esa urbe se caracteriza por albergar una abismal brecha entre las clases sociales, la cual se percibe en el marcado contraste entre los barrios residenciales de los millonarios que derrochan opulencia, y por otro lado, los suburbios y ghetos proletarios infestados de miseria. La ideología burguesa y parcializadora vertida en los medios de comunicación burgueses buscará ocultarnos esta realidad, tergiversando la situación y buscando convencernos de que los disturbios son protagonizados no por proletarios, sino por “latinos”, “inmigrantes”, “mexicanos” o “las clases medias”.

Pero lo cierto es que más allá de las banderas mostradas en las manifestaciones y la revuelta, la clase trabajadora, sin necesidad de discursos rimbombantes, está poniendo en práctica la crítica material a los fundamentos políticos y morales del mundo del capital. El proletariado que se ha lanzado a luchar en las calles, se reconoce a sí mismo como el motor que impulsa la producción y el funcionamiento de la sociedad mediante su trabajo explotado… pero, es durante este proceso de lucha, que ha dejado en evidencia que esa misma sociedad dependiente de su mano de obra, es al mismo tiempo la base material de su perpetua esclavitud y miseria oprobiosa, por consiguiente no hay nada positivo a salvar de ella.

El declive que tarde o temprano pudiera tener la actual revuelta, ya sea por desgaste o por recuperación burguesa en determinado momento, es un hecho ineludible que forma parte de las derrotas que tendrá que experimentar el proletariado en su camino. La misma clase, en los múltiples momentos de revuelta se dará de bruces con la realidad, porque las revueltas proletarias se componen de golpes y contra golpes, pues la clase en lucha solo puede abrirse brecha y adquirir experiencia a través de numerosas derrotas y fracasos.

Tras décadas de contrarrevolucion con un proletariado disperso y desarmado teórica y prácticamente, es evidente que cuando vuelva a entrar en escena bajo la lucha de clases, lo hará de manera difusa y cuestionable, ya sea bajo banderas nacionales o consignas reformistas, pero es necesario también ver más allá de eso. Pues la lucha concreta del proletariado inmigrante en EEUU en estos momentos tiene una base material que es la lucha contra la deportación y la defensa de sus medios de vida, y eso es lo que realmente le impulsa a confrontar a la clase dominante y su sistema. Por eso mismo las luchas son productoras de realidades y no realizadoras de ideales.

 

Acerca del Fascismo y el Antifascismo

Trump no es un fascista, es tan demócrata como sus “adversarios” Hillary Clinton, Barack Obama o Joe Biden. Llamar a Trump fascista es reforzar a la democracia y tragarse las heces positivistas de los valores pluralistas y tolerantes de la civilización capitalista. Si Trump es abiertamente racista, misógino, xenófobo y su partido posee el respaldo de grupos neonazis. ¿Qué diferencia habría si no lo fuera? ¡Ninguna en lo absoluto! Los demócratas y su partido de arcoíris pregonan un discurso aparentemente  opuesto a quienes todavía enarbolan  la bandera de los Confederados (aquellos  Estados del Sur que defendían la esclavitud  de los negros); sin embargo, no vacilan en financiar al Estado Islámico en Siria y a los grupos neonazis de Ucrania, a su vez que financian masacres auspiciando a Israel, armándolo hasta los dientes y apoyando su política de limpieza étnica y apartheid en Palestina; también respaldan al cerdo de Erdogan en Turquía para ocupar con tropas y tanques para masacrar a los proletarios del Kurdistán turco. Y no está de más recordar, que bajo sus gobiernos, las campañas de deportación contra inmigrantes nunca cesaron.

Y aunque queda claro que la lucha del proletariado atraviesa ineludiblemente por plantar cara y confrontar [principalmente de manera violenta] a los individuos, grupos y partidos de derechas apologistas del fascis­mo. Es un error pensar que bajo la cobertura de la ideología antifascista estemos combatiendo la raíz del problema. De hecho luchar bajo la cobertura del antifascismo resulta más contraproducente porque el antifascismo solamente refuerza al capital, fomentando en la clase trabajadora la ilusión de que “ante la amenaza derechista, es mejor una democracia que una dictadura”,  conduciéndola así al estercolero de las instituciones burguesas, donde se le persuade a votar en los comicios a presidentes y diputados progresistas, de izquierda o socialdemócratas para posicionarlos en el gobierno o el parlamento. Una vez realizado el circo de la conquista del poder político, estos socialdemócratas antifascistas se darán la mano con los mismos fascistas que antes consideraban enemigos, para así terminar decretando leyes a favor de la burguesía en contra del proletariado.

En síntesis, el antifascismo es una fórmula de confusión que sirve para anular la perspectiva revolucionaria en el proletariado. El antifascismo deja intacta la propiedad privada y el Estado nacional, componentes fundamentales del sistema capitalista. Reducir el problema a los fascistas, es claudicar a nuestro programa e intereses históricos. Insistimos y rematamos entonces, que la única alternativa viable para frenar la barbarie y catástrofe a la que asistimos hoy es: la lucha proletaria autónoma, radical e internacionalista contra el capitalismo y sus estados, contra sus defensores y contra sus falsos críticos; contra todas sus facciones burguesas de izquierda y derecha, sus patrias, sus guerras, su democracia y sus reformas; por la abolición del trabajo asalariado y la mercancía, por la guerra de clases, la insurrección y la revolución comunista y anárquica mundial. A estas alturas de la historia, será eso o perecer para siempre.

Contra la Contra.


¡ VIVA LA REVUELTA !




Tras otra noche de revuelta en las calles de Estados Unidos por el asesinato de
George Floyd, el presidente Trump desde un bunker en la Casa Blanca anuncia que
designará a “Antifa” como organización terrorista. Este señalamiento busca a en-
cuadrar a un movimiento (sin mayúsculas) espontáneo y multiforme en una Orga-
nización, asignándole no solo una ideología sino también un funcionamiento je-
rárquico y acorde a las lógicas estatales.
Una vez más, el terrorismo es utilizado como coartada para la criminalización de
amplios sectores en lucha, que a su vez exceden completamente al “antifascismo”.
Pero además de denunciar y luchar contra la avanzada represiva que esto significa,
es necesario rechazar la polarización que se busca instalar en el seno de la lucha.
La falsa elección entre la economía y la vida impuesta a partir del Covid-19 hizo
resurgir la clásica polarización burguesa entre liberalismo económico e interven-
cionismo estatal. Esta última, a su vez, se ha codificado de diferentes formas según
la región. Generalmente como progresismo y derecha, e incluso llegando a hablar
de fascismo, como en Brasil y Estados Unidos. No vemos ninguna casualidad en
que se apele al antifascismo como canalización de una revuelta que no pueden
controlar.
Si bien el antifascismo callejero (el Antifa), de tipo pandillero que enfrenta a las
bandas neonazis, común en Estados Unidos y Europa no es el antifascismo estatis-
ta y militar (de “los buenos”) de los 30 del siglo pasado, sí es su heredero. Los vic-
toriosos defensores del antifascismo oficial asesinaron trabajadores y violaron ma-
sivamente mujeres durante la Segunda Guerra Mundial. Y directamente formaron
parte de los gobiernos vencedores que, en nombre de la lucha contra el fascismo,
sometieron a tantos y tantos países a un régimen capitalista democrático donde ya
no se debería protestar porque supuestamente somos libres y estaríamos peor si
hubieran ganado los otros.
Fascismo y democracia han sido siempre sistemas políticos complementarios al
servicio de los intereses de los ricos. Cuando la democracia no puede contener las
luchas de los explotados y oprimidos, o simplemente para mantenernos a raya, el
Capital recurre a formas más brutales. Hoy, esos métodos que se suponen son pri-
vativos de los fascistas forman parte de cualquier gobierno que se declara libre y
antifascista, que por su parte son abiertamente totalitarios: asesinatos como el de
George Floyd o los millones de muertos a manos de la policía de todos los países,
el trabajo esclavo como complemento necesario del mercado laboral, y el discipli-
namiento en escuelas, cárceles y manicomios. Así y todo, ningún presidente se dice
fascista ¡sino todo lo contrario!
Ahora que la democracia ha devenido en control totalitario de la vida social, el fas-
cismo como sistema de dominación ha perdido su sentido. Claro que sigue habien-
do nazis y fascistas pero no son los que mueven los hilos, son un problema de la
calle y deben ser combatidos en ella día a día. Pero el antifascismo como opción
política es una farsa. Hoy como ayer solo sirve para hermanar a oprimidos y opre-
sores, explotadores y explotados, gobernantes y gobernados. En nombre del anti-
fascismo se nos llama a unirnos a los genocidas de hoy: los gobernantes progresis-
tas o de izquierda de cualquier país, que también tienen las manos manchadas con
sangre. O con los herederos del estalinismo y el maoísmo genocida.
El problema no es la derecha o la izquierda. Es el capitalismo, es la democracia. No
hace falta unirse al frente antifascista para combatir a los fascistas. Lo que nos une
es la acción común en todas partes contra lo que nos explota y nos oprime, contra
la raíz del problema: la propiedad privada, el dinero y el Estado.
En las calles de Estados Unidos se mezclan proletarios negros, junto con blancos y
latinos. Han desafiado la opresiva cotidianidad en menos de una semana. Querer
arrogar esto a un solo movimiento como hace Trump y su séquito, o querer como
su oposición sacar una tajada por estas declaraciones, expresa lo común que tienen
de mentalidad política estas dos fracciones que están enfrentadas, pero solo en có-
mo gestionar este mundo mercantil.
¡Que ni Trump ni los verdugos de ninguna parte del mundo nos marquen los obje-
tivos y desarrollos de nuestras luchas!

¡Terrorista es el Estado!
1 de junio de 2020





ANÁLISIS DE PANDEMIAS…: 
¡NO NOS VAMOS A CALLAR!X Tierra y Territorio, lesbianas feministas antirracistas


Sabemos que como activistas feministas no tenemos los recursos ni toda la fuerza (menos la institucionalidad y/o la hegemonía) para cambiar drásticamente el curso de lo que sucede, pero también hemos aprendido a hacer conciencia de la solidaridad de clase, territorial y feminista para enfrentar el dolor colectivo en nuestro caminar.

Creemos en la posibilidad de aportar reflexiones y algo más a esta crisis COVID 19, que antes que una crisis “de Salud” –en Chile- es la de un país inventado “desarrollado” a costa de cuerpos morenos, afrodescendientes, mapuche, empobrecidos, desechables para el capitalismo colonialista.

Pandemias: Violencia Patriarcal y Estructural
Mientras a nivel estructural en “Chile” la Violencia contra las Mujeres siga siendo un “problema privado”, familiar y episódico, mientras el “femicidio” se reconozca sólo luego de que ya nos asesinaron, mientras el Estado chileno no asuma que debe sacar a los agresores y no a las agredidas de los hogares y comunidades, y siga ocultándonos los datos reales del COVID 19 en cada localidad, las ancianas, las mujeres grandes, las mujeres adultas y jóvenes, las niñas, las adolescentes, les empobrecides, seguirán siendo las primeras víctimas de toda pandemia. Es la complicidad del Estado con el Capital y el Patriarcado.











Solidaridad con los migrantes de Calais – contra el racismo y el fascismo, Dover – UK


'Antifascists blocking the fascist march route.'
En torno a 200-250 fascistas han intentato marchar hacia el puerto en manifestación contra los refugiados y por el cierre de fronteras. La AFN y gentes de la localidad nos hemos opuesto a ellos, con un bloque militante formado por algo más de 150 personas.
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