Han enterrado el Primero de Mayo en el pantano de la colaboración de clases.
Solo podrá renacer y volver a ser un día exclusivamente proletario con la reanudación de la lucha de clases.
El Primero de Mayo como día en que el proletariado celebraba su lucha por las ocho horas nació en Estados Unidos, en una época en que las oleadas de emigración procedentes de Europa, sobre todo de Alemania, Bohemia, Italia, Grecia y los países del este, llenaban las ciudades industriales de Estados Unidos, entre las que destacaba Chicago.
Chicago, en los años ochenta y noventa del siglo XIX, era conocida como la «matadero del mundo» (porque allí se producía la mayor cantidad de carne de cerdo del mundo) y también como el «granero de América», gracias a las infinitas praderas del Medio Oeste que se extendían a los límites de su núcleo urbano. Estos récords se debían a la enorme masa de trabajadores asalariados emigrados de Europa que eran explotados con jornadas laborales de 12 a 16 horas al día, sin ninguna seguridad y en condiciones laborales al límite de la supervivencia. Contra esta superexplotación, y basándose en las experiencias de lucha ya vividas en los países europeos (en 1830 en Francia, en 1848, que sacudió la mayor parte de las capitales europeas, y en 1871 con la Comuna de París), comenzaron los primeros movimientos de huelga y se organizaron los primeros sindicatos obreros en América.
La reducción drástica de la jornada laboral a 8 horas y el aumento del salario fueron las dos reivindicaciones principales por las que se unieron los obreros y por las que lucharon con tenacidad y sin temor a la represión de los grandes capitalistas y de la burguesía dominante. En 1884, la Federación de Sindicatos y Uniones Laborales Organizadas dio a la lucha proletaria un objetivo histórico: a partir del 1 de mayo de 1886, los obreros trabajarían solo 8 horas al día, por el mismo salario que recibían por las 12-16 horas diarias, y si los patronos no aceptaban este horario diario se declararían en huelga y organizarían piquetes hasta que se aceptara esta reivindicación.
A medida que se acercaba esa fecha, el clima en Chicago comenzó a tornarse muy tenso: por un lado, los proletarios y los sindicatos propagaban la lucha y se organizaban para llevar a cabo lo proclamado dos años antes, mientras que los patrones de las fábricas, la administración municipal y la policía, por su parte, endurecían el clima de tensión tratando de intimidar a los proletarios por todos los medios. Ya en febrero de 1886, los trabajadores de una de las empresas más poderosas de la ciudad, la fábrica de cosechadoras McCormick, comenzaron a hacer huelga. McCormick respondió con el cierre patronal y la organización de los crumiri (los rompehuelgas) para que entraran a escondidas en la fábrica. Era obvio el intento de romper la unión de los trabajadores en huelga. Así se llegó al 1 de mayo, cuando una masa de entre 30 000 y 40 000 trabajadores de Chicago salió a las calles en huelga para reclamar la jornada laboral de ocho horas, mientras frente a la McCormick continuaban los piquetes; dentro de la fábrica, los esquiroles que habían logrado entrar seguían trabajando protegidos por cientos de policías. Las protestas y manifestaciones duraron tres días. Los enfrentamientos entre los huelguistas y los esquiroles que intentaban entrar en la fábrica fueron inevitables; la policía intervino disparando y matando a varios huelguistas. La reacción de los trabajadores no se hizo esperar; una asociación anarquista organizó una protesta pacífica en la plaza Haymarket, en el centro de una importante zona comercial de Chicago. Pero la policía se desató cargando contra los manifestantes para disolver la concentración; alguien lanzó una bomba contra los policías, matando a siete e hiriendo a unos sesenta. La policía respondió disparando y matando a otros tres manifestantes. Así comenzó una represalia sistemática contra los anarquistas, aunque nunca se encontró al responsable del lanzamiento de la bomba (y no se descarta que fuera alguien a sueldo de McCormick o de la policía...).
A pesar de que no había pruebas que indicaran que los responsables fueran los anarquistas, ocho de ellos, muchos de los cuales ni siquiera estaban presentes en la manifestación, fueron acusados de conspiración y asesinato: se les impusieron condenas a muerte, dos obtuvieron cadena perpetua, uno quince años de prisión y otro murió «misteriosamente» en prisión y los demás fueron ahorcados.
En 1889, en el congreso socialista de la Segunda Internacional celebrado en París, el 1 de mayo, en honor a los proletarios de Chicago y a su lucha, se declaró el día internacional del proletariado en lucha, día que se extendió rápidamente por Europa y otros países como México, Cuba y China. Pero la masacre de Haymarket, las condenas a muerte de los anarquistas que no eran culpables de esa bomba y el recuerdo de la extrema combatividad que manifestaron los proletarios de Chicago para conseguir las ocho horas diarias de trabajo era un peso demasiado grande de soportar para la burguesía estadounidense, pero también era un peligro porque la celebración del 1 de mayo podía hacer renacer en los proletarios estadounidenses el recuerdo de aquellas luchas, renovando una tradición contra la que toda la burguesía siempre ha luchado. De hecho, en Estados Unidos, el día que conmemoraba la dura lucha de los trabajadores se trasladó al primer lunes de septiembre (por lo que nunca es el mismo día), mientras que en Europa y en muchos otros países, el Primero de Mayo se transformó en un día festivo denominado Día del Trabajo, y a esta transformación en un día pacífico aceptado por todos los patronos y por todos los Estados contribuyó de manera sustancial la labor oportunista de los sindicatos y de los partidos, entregados a la paz social, a la colaboración de clases, a la sumisión permanente del proletariado a las exigencias de vida del capital.
El fuerte impulso a la industrialización de los Estados Unidos de América creó en gran parte del país una clase obrera numerosa y concentrada que, objetivamente, podía representar un gran peligro para el dominio burgués, como por otra parte ocurría en Europa, sobre todo en Inglaterra, Francia y Alemania, donde el comunismo revolucionario, desde la aparición del Manifiesto de Marx y Engels, tuvo una gran resonancia entre las masas obreras, y sobre cuyas bases ideológicas y programáticas se habían organizado los partidos obreros y su Asociación Internacional. Que la clase obrera estadounidense era decididamente combativa lo demuestra el hecho de que siguió luchando por aumentos salariales y por la reducción de la jornada laboral a ocho horas durante al menos treinta años, hasta las puertas de la primera guerra imperialista mundial. Famosa fue la huelga de la Pullman Company de Chicago, fábrica de vagones y material ferroviario, desencadenada en la primavera de 1894 contra los despidos y la reducción de salarios tras la crisis económica del año anterior; una huelga que dio inicio a un boicot ferroviario nacional que duró desde el 11 de mayo hasta el 20 de julio de 1894, en el que participaron no menos de 250 000 trabajadores de 27 estados y que interrumpió gran parte del tráfico de mercancías y pasajeros. Naturalmente, estas acciones de lucha tan decididas se enfrentaron no solo a Pullman, sino también al Gobierno federal, que envió al ejército para romper las huelgas y el boicot, con el apoyo de la Federación Americana del Trabajo (AFL, el principal sindicato de EE. UU., de tendencia colaboracionista) y detuvo y juzgó a los sindicalistas de la ARU que la habían proclamado y dirigido (la American Railway Union, liderada por el socialista Debs). La violencia de las fuerzas del orden provocó treinta muertos solo en Chicago, mientras que, según una investigación del historiador David Ray Papke, se contabilizaron otros cuarenta muertos en los enfrentamientos en otras ciudades.
La historia de las luchas proletarias en Estados Unidos está llena de episodios de este tipo, desde los Molly Maguires hasta los IWW, con los mineros siempre en primer plano, en particular los de origen irlandés y alemán. Pero, junto con los proletarios inmigrantes europeos, con sus experiencias de lucha y organización, también emigraron a América los capitalistas y políticos europeos, con sus experiencias de represión de las luchas obreras y con un considerable bagaje de políticas oportunistas que utilizar, junto con la violencia de la represión, para influir y desviar a las organizaciones obreras y a los movimientos políticos obreros del terreno de la lucha frontal contra la burguesía al terreno de la colaboración de clases a través de la clásica corrupción de las cúpulas sindicales y políticas.
Estas breves referencias al pasado de las luchas obreras en América, que dieron origen al Primero de Mayo proletario, no sirven para celebrar el recuerdo de un pasado glorioso, que no volverá gracias al desarrollo de un capitalismo cada vez más rico y poderoso, no solo en Europa y América del Norte, sino también en el resto del mundo: sirven para no olvidar que las luchas entre las clases no forman parte de una historia ya pasada, sino de una realidad que el propio capitalismo regenera continuamente a través de sus contradicciones económicas y sociales cada vez más agudas y de alcance cada vez más internacional.
Alimentar la competencia entre proletarios: objetivo fundamental de toda burguesía.
Mientras que las burguesías se han enriquecido de manera inconmensurable gracias a su sistema mundial de explotación del trabajo asalariado, y aunque en muchos países con economías capitalistas avanzadas han alcanzado un nivel de vida sin duda más alto que el de hace un siglo o dos, los proletarios no solo se mantienen en condiciones de dependencia absoluta del capital, por lo que deben su vida a la burguesía capitalista, sino que están sujetos a una brecha y a desigualdades sociales entre las clases que han aumentado progresivamente, alcanzando niveles de inseguridad de la vida nunca antes vistos. Y así, a pesar de que en los países capitalistas avanzados, como en los atrasados, los impulsos de lucha por parte de los proletarios nunca se han apagado, transformándose en determinados momentos en verdaderas revueltas sociales, el proletariado ha sido precipitado, gracias a la contribución esencial de las fuerzas oportunistas, cada vez más hacia la impotencia, incluso para defender sus condiciones de vida y de trabajo inmediatas.
Ciertamente, desde el final de la segunda guerra imperialista mundial, los proletarios de los países capitalistas avanzados pueden contar con políticas sociales que las burguesías dominantes han llenado de amortiguadores sociales. Estas políticas sociales han sido conseguidas por los trabajadores gracias a las luchas, revueltas y revoluciones proletarias de los cien años anteriores al fatídico 1939, pero también a la inteligencia política de las burguesías dominantes, que han podido y querido utilizar una pequeña parte de la enorme masa de beneficios obtenidos de la explotación bestial de sus propios proletarios y de los proletarios de las colonias y de los países atrasados para destinarla a los amortiguadores sociales con los que financiar la corrupción sindical, política y social dentro de sus propias masas asalariadas. Es evidente el objetivo de acallar las necesidades más apremiantes del proletariado en el plano económico, pero también el de alimentar la competencia entre proletarios creando dentro de su masa nacional una capa mejor pagada y más «garantizada» (la famosa aristocracia obrera), vinculándola cada vez más a la defensa de la economía y la sociedad burguesa y enfrentándola a los demás proletarios. De este modo, la burguesía domina más fácilmente a todas las demás capas proletarias, entre las que ha desatado una guerra cotidiana por un puesto de trabajo, aunque sea precario o en negro, y por un salario, aunque sea de hambre o esporádico.
En esta vasta operación económica y social destinada a defender, en todos los países, un nivel de paz social gestionable a pesar de las inevitables luchas generadas por las crisis que la propia burguesía es incapaz de evitar, se ha insertado también el fenómeno de la inmigración que, con el paso del tiempo, es cada vez más numerosa e ilegal.
Cuanto más generan crisis y guerras las contradicciones económicas y sociales del capitalismo, más adquiere una dimensión mundial el fenómeno de las migraciones de masas proletarias cada vez más numerosas hacia los países más ricos y, al menos temporalmente, más estables. Así, los migrantes se convierten, más allá de su voluntad, en una carta más que la burguesía utiliza para aumentar la competencia entre los proletarios. La burguesía, mientras por un lado hace la guerra a la inmigración « ilegal», reprimiéndola, encarcelándola, tratando de bloquearla en las fronteras de cada Estado, rechazándola a los países de donde partió y donde su destino está marcado por la tortura, la explotación bestial y la violencia de todo tipo, o dejando morir a los migrantes en las travesías por mar o por el desierto, golpeando, con todo el cinismo del que es capaz, incluso a las organizaciones humanitarias; por otro lado, propaga la condición de marginación y precariedad de vida de los migrantes como una condición en la que pueden caer los proletarios autóctonos si no colaboran con los patrones y con el Estado, si no aceptan los sacrificios que la clase dominante burguesa exige para que su economía no se derrumbe.
Cada vez es más evidente lo que sostenía el Manifiesto de Marx-Engels en 1848, es decir, que no solo la supervivencia del capital se basa en el trabajo asalariado, en la explotación burguesa de la fuerza de trabajo obrera, sino que el trabajo asalariado se basa exclusivamente en la competencia entre los trabajadores.
La competencia entre obreros refuerza el dominio capitalista sobre la economía y el poder burgués sobre la sociedad. Por lo tanto, la lucha proletaria en defensa de sus intereses inmediatos de clase debe prever la lucha contra la competencia entre proletarios. Esta lucha de carácter general, que afecta a todos los proletarios, de cualquier país, edad, sexo y credo religioso o político, es una lucha que contiene toda la larga lista de reivindicaciones inmediatas, desde el salario hasta la jornada laboral, desde las medidas de seguridad en el trabajo hasta la nocividad, etc.
La lucha de clases del proletariado requiere objetivos, medios y métodos de lucha incompatibles con los intereses burgueses.
Las reivindicaciones inmediatas del proletariado y la lucha por conseguirlas, cuando se consiguen, no cambian por sí mismas la relación de fuerzas entre proletarios y burgueses; el capitalismo sigue en pie, los proletarios siguen siendo explotados como antes, con alguna pequeña variante positiva con respecto a la condición anterior, variante que los proletarios saben por experiencia que es temporal y que tarde o temprano será anulada o revocada. Lo que resulta ser realmente un hecho positivo desde el punto de vista de clase, y por lo tanto más general para los proletarios, se refiere a la lucha, los medios y los métodos de lucha, su organización, su orientación.
Las décadas de colaboracionismo sindical y político con la clase dominante burguesa han formado una gruesa costra sobre las tradiciones clasistas de la lucha proletaria, hasta el punto de hacer olvidar a las generaciones obreras actuales la capacidad disruptiva que posee la lucha proletaria en la medida en que se reapropia de los medios y métodos de lucha clasistas, es decir, de los medios y métodos que, respondiendo a una orientación general de clase de la lucha —y, por lo tanto, incompatibles con los intereses tanto inmediatos como históricos de la burguesía dominante— contribuyen a formar en las filas del proletariado una experiencia de lucha que la clase proletaria en general necesita absolutamente para poder sentirse una verdadera fuerza social capaz de cambiar completamente las condiciones de sometimiento a los capitalistas y a su poder político.
Los proletarios pueden volver a tener una fuerza social poderosa en la medida en que logren cortar los lazos con los que la burguesía los encadena a la defensa de sus intereses. Estos lazos están constituidos, en particular, por la red organizativa y política de las fuerzas oportunistas, tanto sindicales como políticas, alimentadas y sostenidas por la clase burguesa dominante porque sabe que el servicio de estas fuerzas en defensa del orden constituido le es vital. Hay situaciones en las que la democracia, el «Estado de derecho», las «libertades civiles» con todos sus aparatos especialmente creados ya no son tan eficaces para la defensa del poder político y social de la burguesía, o porque el proletariado ha llegado, concretamente, a amenazar con derribar el poder burgués con su insurrección y su revolución (y la respuesta de la burguesía fue el fascismo en los años veinte del siglo pasado), o porque la burguesía no tiene la fuerza económica y social para lograr que su propio proletariado se someta dócilmente a sus intereses (como es el caso de las dictaduras militares de Pinochet o Al-Sisi). El hecho es que, en las largas décadas posteriores al segundo matadero imperialista mundial, el proletariado de los países avanzados se vio profundamente influenciado por el oportunismo reformista que alimentó las ilusiones democráticas y por el estalinismo que alimentó las ilusiones de un socialismo à la carte, en realidad un capitalismo nacional menos elitista y más «popular». Esta influencia política y social siempre se ha basado precisamente en esas migajas de beneficio que la burguesía dominante había decidido conceder al proletariado en general para mantenerlo tranquilo y seguir ilusionándolo con las propiedades taumatúrgicas de la democracia parlamentaria, gracias a la cual se abrían las puertas del gobierno a los partidos que se definían «socialistas» y «comunistas».
El desarrollo del capitalismo en su fase imperialista, además de impulsar la concentración económica a niveles monopolísticos nunca antes vistos, empuja al mismo tiempo la competencia en el mercado mundial a niveles antagónicos cada vez más agudos, hasta obligar a las burguesías de todos los países a privilegiar sus aparatos militares y políticos por encima y en contra las instituciones democráticas y parlamentarias de las que se ha servido y se sigue sirviendo hasta hoy. La tendencia del Estado a pasar de «Estado de derecho» — falsamente «al servicio de la sociedad» — a Estado policial es ya evidente en todos los grandes países imperialistas que, a su vez, han marcado y siguen marcando el camino de los demás países. Y, una vez más, lo que los Estados Unidos de América heredaron de la Europa imperialista se lo devuelven con la confirmación de que esta es exactamente la dirección que deben tomar los Estados imperialistas, mostrando también cómo el proletariado estadounidense ha sido corrompido y aprisionado en la red de la colaboración de clases.
El proletariado se encuentra hoy en una situación muy particular: ha aumentado numéricamente a nivel mundial, pasando a constituir la gran mayoría de la población incluso en los países atrasados en términos capitalistas mientras que, en los países avanzados en términos capitalistas, capas de la pequeña burguesía arruinadas por las crisis económicas han acabado, y acaban sistemáticamente, en las condiciones de existencia del proletariado. Estas capas de la pequeña burguesía, sin embargo, traen consigo las aspiraciones, los hábitos y los prejuicios característicos de estas clases medias que oscilan continuamente entre la gran burguesía y el proletariado: aspiraciones, hábitos y prejuicios que inevitablemente refuerzan, en las capas proletarias, junto con las ilusiones democráticas y reformistas, también los sentimientos nacionalistas y racistas que distinguen precisamente a la pequeña burguesía, sobre todo en períodos de crisis económica y social prolongada.
Contra la influencia directa de la clase burguesa dominante, contra la influencia adicional de la pequeña burguesía y contra las tendencias oportunistas con las que la burguesía tiende a envolver a la masa proletaria en una telaraña viscosa y paralizante, la clase proletaria solo puede defenderse y contraatacar rompiendo su colaboración de clase con la clase de los explotadores y con los estratos sociales que la sostienen. El proletariado debe cortar los lazos demócratas, nacionales y patrióticos que lo atan al carro de la burguesía, gracias a los cuales esta última lo prepara no solo para sacrificios aún más pesados que los que ya soporta a causa de las crisis económicas, sino sobre todo para convertirse en carne de cañón en una guerra que ya está presente en Europa y en sus fronteras (ayer en la ex Yugoslavia, hoy en Ucrania y Gaza) y que se prepara para convertirse en una guerra mundial.
El proletariado de los países imperialistas tiene una gran responsabilidad histórica hacia su propio futuro y hacia el futuro del proletariado mundial: su lucha de clases es la única que podrá levantar el destino del proletariado mundial frente al dominio aplastante del imperialismo. La lección extraída de la gloriosa lucha revolucionaria del proletariado ruso, que se levantó en plena Primera Guerra Mundial imperialista y salió victorioso en su revolución antizarista y antiburguesa gracias a la firme y visionaria dirección del partido de Lenin, y capaz de sostener durante un decenio la organización internacional de la lucha proletaria sin la aportación decisiva del proletariado de los países capitalistas avanzados – de Europa y América – es una lección histórica que no debe olvidarse. Si la revolución internacional, iniciada en Rusia en 1917, no pudo afirmarse en Europa, constituyendo así un bastión invencible contra la burguesía mundial, y a pesar de la enorme combatividad del proletariado alemán, en aquel momento punto de referencia del proletariado mundial, es porque la influencia aún dominante del oportunismo reformista y democrático de la socialdemocracia de entonces paralizaba de hecho el movimiento proletario en todo el mundo civilizado. El oportunismo obrero se apoya en bases materiales bien precisas, lo sabe la burguesía dominante y lo saben los comunistas revolucionarios. Las bases materiales están constituidas por las reformas, las concesiones que la burguesía realiza para que la lucha proletaria no adquiera el carácter de clase, es decir, el carácter específicamente antiburgués y anticapitalista. La burguesía sabe por experiencia histórica que no tiene ninguna posibilidad de enterrar para siempre la lucha de clases del proletariado, no puede hacerla desaparecer de su horizonte social porque es su propio modo de producción el que genera las contradicciones de la sociedad dividida en clases antagónicas, contradicciones que son la causa de la lucha de clases. La burguesía no domina, sino que está dominada por el modo de producción capitalista que, una vez activado a través del desarrollo de las fuerzas productivas y canalizado hacia las relaciones de propiedad privada, la producción mercantil para las empresas y las relaciones de apropiación privada de la producción social, escapa al control preventivo de la clase burguesa. Es por esta razón que la burguesía no es capaz de resolver de una vez por todas sus crisis económicas, en particular las crisis de sobreproducción que cíclicamente ponen en peligro la estabilidad de toda la sociedad. Pero la lucha de clases que la propia burguesía ha librado desde su aparición, y que sigue librando contra el proletariado, le ha enseñado que, a la tendencia del proletariado a unir sus fuerzas para defenderse de las exigencias cada vez más intolerantes de la burguesía, debe responder con el aumento de la precariedad de la vida de las masas proletarias y con el aumento de la competencia entre los proletarios. El aumento de la precariedad de la vida y el aumento de la competencia entre los proletarios son las armas sociales que la burguesía de todos los países utiliza sin cesar.
Por esta razón, los proletarios deben luchar en estos dos niveles, niveles que no se anulan mutuamente, sino que exigen que la lucha proletaria avance en ambos si se quiere que tenga éxito en el camino hacia la emancipación del trabajo asalariado: a) en el terreno de la defensa de sus intereses inmediatos, relacionados con el salario, la duración de la jornada laboral, las condiciones de trabajo y de vida, lucha que se desencadena inevitablemente a nivel de una sola fábrica o un solo sector y en la que los proletarios experimentan y reconocen los puntos fuertes y débiles de su lucha, de su organización; b) en el terreno más amplio que afecta a las condiciones generales de vida de los proletarios, el terreno de la lucha contra la competencia entre proletarios, en el que desarrollar la solidaridad de clase que es la verdadera savia de la lucha de clases antiburguesa y anticapitalista.
Entonces, el proletariado de todo el mundo tendrá una razón real, de clase, para hacer renacer el Primero de Mayo como día internacional de la lucha proletaria contra el capital, una lucha insertada en la perspectiva de una emancipación de clase verdadera, sólida y eficaz de toda opresión capitalista, de toda contradicción económica y social, de toda degeneración social e individual causada por la sociedad mercantil por excelencia, la sociedad burguesa.
El futuro que la clase burguesa asegura al proletariado a nivel mundial es un futuro de esclavitud salarial, de miseria creciente, de opresión y represión, de crisis y guerra. El futuro al que está históricamente destinada la clase proletaria es un futuro en el que la mercancía, el capital y la clase que se apropia de él con toda la violencia de que dispone son derrotados y enterrados para siempre. En su lugar, en lugar de una economía que, como un cáncer, debilita, erosiona y destruye la energía vital de las fuerzas productivas, sometiendo el trabajo vivo al dominio del trabajo muerto, de los medios de producción y del capital, el proletariado revolucionario —una vez derrocado el poder político dictatorial de la burguesía e instaurada su dictadura de clase— pondrá en marcha una verdadera economía social, una economía que responda exclusivamente a las necesidades sociales de la humanidad y no al mercado y al beneficio capitalista. Una economía que no necesita una sociedad dividida en clases, que no necesita la división del trabajo, del dinero y que no necesitará, cuando la burguesía sea completamente derrotada a nivel internacional, un Estado de clase, de un Ejército Rojo que defienda al Estado proletario de los ataques de las burguesías aún capaces de luchar por restaurar su dominio y las leyes del capital y de la producción capitalista.
La sociedad comunista es el futuro histórico no solo del proletariado, sino de la especie humana: el proletariado, en cuanto clase social creada por el capitalismo, precisamente por su característica histórica de ser la clase sin reservas, sin propiedad y, por lo tanto, sin patria, en cuanto clase productora de toda riqueza, es la única clase revolucionaria de la sociedad burguesa, la única clase que en esta sociedad no tiene nada que perder, porque no posee nada, pero tiene un mundo que ganar; es la única clase que lucha por alcanzar una sociedad sin clases, por la desaparición de las clases y, por lo tanto, por la desaparición de toda opresión, de toda violencia de clase, de todo Estado que es el emblema de la violencia de la clase que domina sobre las demás clases sociales. ¡El partido comunista revolucionario lucha hoy por ese mañana!
Partido Comunista Internacional
Il comunista - le prolétaire - el proletario - proletarian - programme communiste - el programa comunista - Communist Program
www.pcint.org
23 de abril de 2025
[PCI - ICP] Hoja Primero de Mayo 2024 / Leaflet May First 2024 / Volantino Primo Maggio 2024 / Tract Premier Mai 2024 / Fulla Primer de Maig 2024
Para que el Primero de Mayo vuelva a ser un día internacional del proletariado que lucha por su emancipación de clase
El gran y fundamental objetivo histórico de la lucha de clase del proletariado es su emancipación del trabajo asalariado, de la opresión burguesa que le obliga a sufrir la explotación de su fuerza de trabajo en beneficio exclusivo de la clase burguesa dominante, en beneficio exclusivo de la preservación del modo de producción capitalista y de la sociedad burguesa que descansa sobre él.
La clase del proletariado es la clase que produce toda la riqueza social, pero no tiene ningún control sobre ella, no tiene ninguna posibilidad de decidir qué producir, cómo producir, cuánto producir y cómo distribuir la producción para satisfacer las necesidades vitales de toda la especie humana. Su condición de trabajador asalariado le obliga a someterse a la ley capitalista según la cual es la clase de los capitalistas, la clase dominante, la que se apropia de toda la producción que resulta de la aplicación de su fuerza de trabajo a los medios de producción. Esta apropiación privada -es decir, privar a la mayoría de la población humana de disponer de ella según sus propias necesidades- es, junto con la propiedad privada de los medios de producción, la característica específica del capitalismo.
"La condición más importante para la existencia y dominación de la clase burguesa es la acumulación de riqueza en manos privadas, la formación y multiplicación del capital; la condición del capital es el trabajo asalariado", reza el Manifiesto de Marx-Engels escrito hace ciento setenta y seis años. Así pues, el capitalismo no existiría si no hubiera trabajo asalariado; el trabajo asalariado no existiría si no hubiera capitalismo: estos son los dos pilares sobre los que se asienta la sociedad capitalista. ¿De qué debe emanciparse el proletariado, es decir, la clase de los trabajadores asalariados? Precisamente, de su condición de clase asalariada que, para vivir, está obligada a ser explotada por el capital según sus leyes, que determinan su formación, multiplicación y concentración. El proletario, si no trabaja, no recibe salario y, por tanto, no come. El capital explota a la clase asalariada mediante el trabajo diario de los proletarios, organizándolo y decidiendo el horario diario, los tiempos y ritmos de cada parte del trabajo total que debe realizar cada trabajador, la cantidad de trabajadores necesarios para la producción, etc. El capital tiene interés en explotar al máximo la fuerza de trabajo diaria que emplea en la producción de mercancías, y contra esta explotación máxima los proletarios, desde las primeras fábricas y manufacturas, comenzaron a luchar con el objetivo de disminuir la fuerte opresión a la que estaban sometidos. La lucha obrera surgió inevitablemente de los aspectos inmediatos de la explotación capitalista, tendiendo a unir a los obreros de una misma fábrica para conseguir una opresión menos pesada.
Con el desarrollo del capitalismo y la ampliación constante de las masas proletarizadas y, por tanto, de los asalariados, el capital tiene la ventaja de poder abastecer sus fábricas, sus empresas, con una selección de los trabajadores que considera más adecuados a las necesidades particulares de producción de cada una de ellas, extrayéndolos de una masa de trabajadores mucho mayor que la que puede emplearse en las distintas empresas. El desarrollo de la producción capitalista de mercancías conlleva también la aplicación de nuevas técnicas de procesamiento de las materias primas a transformar, innovaciones que se traducen en una mano de obra cada vez menor en comparación con la producción anterior; así, a la masa de proletarios empleados en la producción y distribución, corresponde una masa de proletarios sin empleo, en paro, obligados a sobrevivir en los márgenes de la sociedad. Y así, además de las innovaciones técnicas aplicadas a los diversos procesos de producción, gracias a las cuales se emplea a menos proletarios que antes, la masa de parados -el famoso ejército industrial de reserva de Marx-Engels- presiona inevitablemente a los asalariados empleados, sencillamente porque todo proletario, para vivir, debe tener un salario. Esto da lugar a la competencia entre proletarios, alimentada, por supuesto, por la burguesía, que obtiene dos resultados principales de esta competencia: mantener los salarios medios a un nivel tendencialmente bajo, mantener las horas de trabajo diarias mucho más altas de lo que las innovaciones técnicas podrían permitir, enfrentando a los proletarios entre sí, dividiéndolos y dificultando así su unión de clase.
El salario es, en definitiva, el valor monetario del tiempo de trabajo del proletario que corresponde al valor de los bienes de primera necesidad que se encuentran en el mercado y que son necesarios para reproducir día tras día la fuerza de trabajo de cada asalariado. La explotación capitalista consiste, esencialmente, en el acaparamiento por parte de los capitalistas de una porción cada vez mayor de la parte del tiempo de trabajo diario que no corresponde al valor de los bienes necesarios para vivir, es decir, del plustrabajo que no se paga al proletario y que, en el capitalismo, se transforma en plusvalía, la cual, a su vez, da lugar al beneficio capitalista. Por lo tanto, mientras subsista el régimen salarial, subsiste el capitalismo con todas sus contradicciones, crisis, desastres y masacres.
La lucha histórica del proletariado apunta, necesariamente, a la eliminación de su opresión específica -el trabajo asalariado- y, por lo tanto, a la eliminación también del capital, sustituyendo este régimen de explotación del hombre sobre el hombre por una sociedad de productores, finalmente libre de toda opresión gracias a una planificación racional de la producción, distribución y utilización del trabajo humano que podrá expresarse voluntaria y colectivamente sin coacciones sino simplemente porque será una necesidad social en la que participarán todos los seres humanos. Este objetivo histórico no se refiere únicamente a la desaparición de la clase dominante, sino también de todas las clases, incluida la clase proletaria. En efecto, el salto cualitativo en términos históricos consiste en pasar de una sociedad dividida en clases a una sociedad en la que las clases ya no existan y en la que ya no existirá una fuerza de opresión organizada en forma de Estado, de fuerza militar, útil únicamente para la defensa del capital, por tanto del dinero.
Por supuesto, para llegar a este objetivo histórico, es decir, a una sociedad sin clases, el camino es largo, arduo y lleno de obstáculos y trampas de todo tipo. La sociedad burguesa no sólo se ha equipado para explotar al máximo el trabajo asalariado en todos los rincones del mundo, sino también para defender su régimen de cualquier posible ataque de la única clase social cuya lucha revolucionaria teme: el proletariado, es decir, la clase que tiene interés en acabar con el régimen de explotación capitalista porque es la que sufre los mayores daños.
La burguesía no puede prescindir del proletariado, porque sólo de su explotación extrae la plusvalía y obtiene así el beneficio capitalista; mientras que el proletariado puede prescindir de la burguesía porque su trabajo produce todo lo que la sociedad humana necesita para vivir y desarrollarse.
La burguesía no puede evitar oprimir a las clases bajas precisamente por la explotación a la que están sometidas y contra la que se rebelan. Y no puede evitar competir en el mercado con las demás burguesías para defender sus cuotas de mercado o para ampliarlas a costa, por supuesto, de sus competidores; y en esta guerra de competencia llega inevitablemente, cuando los mercados se saturan de mercancías, a utilizar la fuerza militar y la guerra para imponer sus propios intereses creados. El Estado burgués, por tanto, sirve tanto para mantener oprimida a la clase obrera como para oponerse a otros Estados burgueses en el mercado internacional. Mientras existan el capitalismo y la burguesía, existirán la opresión, la competencia desenfrenada y las guerras.
Para su revolución, el proletariado no podrá apoyarse, como pudo hacerlo la burguesía durante el feudalismo, en un modo de producción que ya se desarrolla dentro de las formas capitalistas y burguesas de la sociedad. Pero su fuerza social como productor de toda la riqueza social le basta para apoyar su revolución política con la que tendrá que derrocar el poder político burgués, su Estado, sus aparatos políticos, sociales, institucionales, administrativos, en definitiva, la dictadura de clase de la burguesía, para sustituirla por la dictadura de clase del proletariado, a través de la cual éste podrá intervenir con toda la fuerza y violencia necesarias para impedir que la clase burguesa restablezca su poder e intervenir en el sistema económico comenzando a romper la estructura empresarial de la economía y el régimen salarial en todos los ámbitos en los que sea realmente posible la transformación de la economía capitalista en una economía socialista. Los marxistas siempre han tenido claro que esta transformación revolucionaria de la sociedad no se producirá en unos pocos días o semanas, sino que llevará mucho tiempo porque las burguesías de los países donde la revolución proletaria aún no ha triunfado se aliarán contra el proletariado revolucionario, que ha establecido su dictadura de clase, para derrocarlo y restaurar el poder burgués. Por otra parte, siempre ha sido evidente para los marxistas que la revolución proletaria puede comenzar incluso en un país que represente el eslabón más débil de la alianza imperialista internacional, pero ciertamente en un momento en el que el capitalismo mundial ha entrado en crisis y en el que los poderes políticos burgueses, no sólo como resultado de la inestabilidad producida por la crisis y la guerra, sino también debido a la presencia de la lucha de clases del proletariado y a la influencia que el partido de clase ha ganado sobre él, todavía no se han estabilizado.
Ante tal escenario histórico, sólo el partido de clase, fuerte en la teoría marxista y en los equilibrios dinámicos de las revoluciones y contrarrevoluciones, es capaz de mantener el rumbo que conducirá al proletariado a la revolución, a pesar de que la burguesía, ayudada por todas las fuerzas del oportunismo y de la conservación social ha logrado en las décadas transcurridas desde el final de la Segunda Guerra Mundial Imperialista atrapar al proletariado en todos los países doblegándolo, en los países capitalistas avanzados y más ricos, a la colaboración de clases facilitada por los regímenes democráticos y, en los países menos desarrollados y menos ricos, utilizando la represión más dura.
En 1921, el Partido Comunista de Italia, en su manifiesto del Primero de Mayo, escribió:
"El proletariado, cuyo porvenir depende de su capacidad para romper el absurdo e inicuo sistema económico burgués, debe considerar las instituciones políticas de la burguesía, incluso allí donde están más revestidas de formas democráticas y parlamentarias, como una máquina construida para su opresión y para la defensa del privilegio de los explotadores. El proletariado revolucionario no puede encontrar una vía para su emancipación en las instituciones electivas del régimen actual, en la conquista de los parlamentos burgueses: debe aspirar, incluso cuando envía allí a sus representantes, a romperlos junto con toda la red del aparato estatal, en sus órganos burocráticos, policiales y militares, para realizar el poder efectivo de la clase productiva, de la clase productora, en la dictadura del proletariado, en la república de los Consejos proletarios".
En aquella época, la situación general seguía siendo revolucionaria, en Italia y Alemania, y en Rusia la victoria revolucionaria del proletariado apoyaba la lucha revolucionaria a escala internacional. En aquella época, el partido de clase no sólo estaba presente, sino que tenía detrás una tradición de lucha política que se cruzaba con las luchas de clase del proletariado, luchas que expresaban un potencial revolucionario aún intacto. Pero el veneno democrático y socialdemócrata atacó con tal fuerza y éxito no sólo a las organizaciones de defensa económica (sindicatos, ligas, cooperativas, etc.), sino también a los partidos obreros, que frenó y consiguió impedir una maduración marxista revolucionaria en los propios partidos comunistas que se adhirieron a la Internacional Comunista, llegando a minar incluso al sólido partido bolchevique. Las consecuencias de la tremenda derrota de la revolución proletaria en Europa y luego en Rusia todavía las estamos pagando hoy, no sólo en términos de degeneración democrática de todos los partidos obreros -aunque se llamen socialistas o comunistas- sino también en términos de antipartido y de la llamada antipolítica.
Pero el propio desarrollo del capitalismo, en la etapa imperialista de su evolución, ha agudizado aún más las contradicciones del sistema burgués, poniendo en primer plano los contrastes sociales, hasta el punto de empujar a las mismas democracias occidentales, que durante décadas se han preciado de ser un ejemplo de civilización para todos los demás países, a quitarse poco a poco la máscara y revelar su verdadero rostro dictatorial, represivo y criminal, como demuestran las muy recientes guerras de Ucrania, Gaza y Oriente Medio.
Para que el Primero de Mayo vuelva a ser su día de lucha internacional, el proletariado debe romper decididamente con la colaboración de clases, con los medios y métodos contundentes de lucha propuestos e indicados por los sindicatos colaboracionistas y los partidos no menos degenerados, que dependen directamente de la buena marcha de la economía de las empresas y de la economía nacional; debe romper con las huelgas-procesiones, con las huelgas que no causan ningún perjuicio a la patronal y que, en cambio, sólo son una pérdida económica para los huelguistas; debe romper con las ilusiones sobre la democracia burguesa que durante más de cien años han confundido y desviado las fuerzas de la clase proletaria hacia los callejones sin salida de una supuesta soberanía popular; debe recuperar el terreno de la lucha de clases en el que sólo puede renacer la solidaridad de clase con la que cada proletario, más allá de su edad, sexo, nacionalidad, especialización, se sienta parte de un único movimiento internacional.
La huelga debe volver a ser un arma real de la lucha obrera: debe volver a ser proclamada hasta las últimas consecuencias y las negociaciones con la patronal deben llevarse a cabo sin interrumpir la huelga; la organización de clase proletaria debe volver a ser totalmente independiente de la patronal y de las instituciones burguesas y debe estar compuesta exclusivamente por obreros proletarios y asalariados. Los objetivos de la lucha de defensa inmediata deben volver a girar en torno a la reducción drástica de la jornada laboral, el rechazo de las horas extraordinarias y del trabajo a destajo, el contrato indefinido para todos, el rechazo del trabajo autónomo cuando en realidad es trabajo asalariado, el aumento real de los salarios que debe ser mayor para las categorías peor pagadas, la lucha contra la nocividad y contra la falta de medidas de seguridad en el trabajo, la lucha para que los salarios sean iguales para mujeres y hombres, nativos e inmigrantes; y debe incluir la lucha contra la criminalización de los inmigrantes y por su regularización inmediata facilitando su alojamiento, que no sea el de los centros de estancia temporal y de expulsión, verdaderos campos de concentración.
Entonces las grandes palabras sobre la emancipación del proletariado tendrán por fin un sentido verdadero, históricamente fuerte, representando una meta a alcanzar a través de luchas parciales pero tendentes al mismo objetivo. Fuera de esta línea, las luchas proletarias sólo mostrarán su impotencia, no asustarán a nadie; al contrario, contribuirán a la desmoralización y al aislamiento del proletariado, poniéndolo más fácilmente en la situación de ser, hoy, cada vez más esclavos asalariados y, mañana, carne para el matadero.
15 de abril de 2024
Partido Comunista Internacional
Il comunista - le prolétaire - el proletario - proletarian - programme communiste - el programa comunista - Communist Program
www.pcint.org
1 de mayo de 2023
La lucha del proletariado sólo tiene un sentido:
¡defender los intereses inmediatos y futuros exclusivamente de la clase proletaria!
Durante décadas, todos los sindicatos y todos los partidos "obreros" se han dedicado a la colaboración de clases.
Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial Imperialista, a los sindicatos reorganizados los llamaron tricolores, como los sindicatos fascistas, porque su característica fundamental era, y es, ser los portavoces de las demandas del capitalismo en las filas de la clase obrera y su función específica era, y es, mediar entre las demandas capitalistas (a nivel empresarial y nacional) y las demandas proletarias inmediatas. Su política era, y es, adaptar las demandas obreras tanto a las necesidades de las empresas individuales como a las demandas nacionales del poder burgués. Para ser eficaz en la aplicación de esta política en un régimen democrático no hay otro sistema -aparte del utilizado por el fascismo, es decir, la destrucción violenta de los sindicatos obreros y su sustitución por el sindicato único fascista- que la colaboración de clases, que consiste en engañar al proletariado -una vez debilitado por la derrota histórica de su lucha revolucionaria y la sustitución de su clasismo por el democratismo- de que la forma de mejorar sus condiciones de existencia y de trabajo es someterse a las exigencias del capital, a nivel empresarial y nacional, tanto en lo económico como en lo político, dialogando con la patronal y su Estado.
Las principales necesidades del capital son conseguir que los trabajadores trabajen de la forma más productiva posible y pagarles lo menos posible por su trabajo. Cada capitalista actúa necesariamente en el mercado, donde encuentra la competencia de otros capitalistas; por lo tanto, persigue esos objetivos para obtener su beneficio y vencer a la competencia, pero para alcanzarlos necesita disponer de la cantidad necesaria de trabajadores a los que explotar y de su adhesión (convencida o forzada) para satisfacer las necesidades de su empresa. Como sabemos, en la sociedad capitalista el asalariado es proletario porque sólo posee su fuerza de trabajo individual, que está obligado a vender a los capitalistas para recibir un salario con el que mantenerse a sí mismo y a su familia; ser proletario no sólo significa carecer de reservas, también significa hacer que la propia vida dependa completamente del trabajo que el capitalista te da o no te da.
Los capitalistas poseen todos los medios de producción en los que emplear la fuerza de trabajo de los obreros, naturalmente según la organización del trabajo más productiva posible, y en virtud de su poder económico y político se apropian de toda la producción de cada ciclo productivo; en la práctica, tienen en sus manos la vida de todos los proletarios de la ciudad y del campo. El poder real de los capitalistas reside precisamente en esta dominación; poder que se ve reforzado por ese órgano político particular que es el Estado y que tiene como función primordial defender los intereses, generales e individuales, de los capitalistas tanto frente a la competencia exterior como frente a la lucha de la clase proletaria.
Todo capitalista tiene que hacer frente tanto a la competencia de otros capitalistas como a la de sus propios proletarios en la medida en que éstos emprenden la lucha para exigir salarios más altos y condiciones de trabajo menos onerosas. La lucha de los trabajadores contra los capitalistas es paralela a la lucha competitiva que cada capitalista, y cada Estado, libra contra las burguesías extranjeras. Pero para que la lucha obrera sea una lucha de clase, debe llevarse a cabo con métodos y medios de clase y por objetivos exclusivamente en defensa de los intereses de la clase proletaria, por tanto métodos, medios y objetivos incompatibles con la paz social, con el diálogo social, con la colaboración entre clases.
En el curso histórico del desarrollo capitalista, la clase proletaria también se ha desarrollado no sólo como masa trabajadora, sino también como clase organizada para defender sus intereses. Por eso los capitalistas, aparte de contar con la evidente protección del Estado, han intentado por todos los medios contrarrestar la fuerza del proletariado organizado, tanto en el plano inmediato, los sindicatos, como en el plano político con sus partidos.
En la sociedad capitalista, la lucha entre clases nunca desaparece; puede alcanzar su máxima expresión en determinadas coyunturas históricas, como en situaciones revolucionarias en las que el proletariado une sus fuerzas al ser dirigido por su partido de clase, o puede permanecer, incluso durante décadas -como es el caso del siglo pasado-, dentro de un contraste social sustancialmente controlado por la burguesía. La burguesía ejerce este control a través de diversas formas: aumentando la competencia entre proletarios, utilizando la represión directa en la fábrica, recurriendo a la represión estatal tanto a través de la justicia como de la policía, sobornando a sindicalistas y políticos, despidiendo a los trabajadores más combativos, deslocalizando, cerrando empresas que ya no son suficientemente "productivas" en relación con el mercado o simplemente porque han quebrado.
Es un hecho constatado que, a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, la política de colaboración de clases de los sindicatos reconstituidos tras la fase fascista del sindicato único, y de los partidos autodenominados socialistas y comunistas, ya no fue un hecho episódico o relativo a un sector particular de la producción, sino que se institucionalizó, válida por tanto para todo el sistema económico, previendo así la regulación de todas las relaciones sociales entre la burguesía y el proletariado. Y este buen resultado de la democracia postfascista se lo debe precisamente al fascismo, que fue el primero en introducir la colaboración de clases entre capitalistas y proletarios a través de las sociedades anónimas como única base reconocida para la negociación entre proletarios y capitalistas, tanto en el sector económico del capital privado como en el del capital público.
Por otra parte, el desarrollo del capitalismo en su forma imperialista, con la creación de enormes monopolios, trust y corporaciones multinacionales, con intereses que trascienden las esferas nacionales en las que se ha desarrollado cualquier capitalismo nacional, impuso la necesidad de universalizar el método de negociación entre las empresas y la fuerza de trabajo y de institucionalizarlo mediante leyes estatales que facilitaran y regularan de antemano la administración de la fuerza de trabajo. Y, en efecto, la colaboración de clases institucionalizada ya no es un caso "italiano" o "alemán", sino que concierne a todos los países capitalistas.
La derrota de la causa proletaria -una causa histórica que sólo puede ser revolucionaria y mundial- se debe principalmente a la degeneración de los partidos proletarios y de los sindicatos obreros en los años ´20, que de la defensa exclusiva de los intereses de la clase proletaria, tanto en el terreno político inmediato como en el general, pasaron a la defensa de los intereses de la clase burguesa.
Mientras el capitalismo, en su forma imperialista, ha avanzado centralizando el poder en unos pocos monstruos estatales que representan a las centrales imperialistas mundiales, el proletariado -desde el punto de vista de sus intereses de clase tanto a nivel nacional como mundial- ha retrocedido: ha perdido su poder de clase porque ha abrazado la ilusión pequeñoburguesa de que podría conseguir un sistema social en el que cada clase social, cada estrato social pudiera satisfacer sus necesidades sin pasar por la lucha de clases, es decir, sin emprender el camino de la revolución antiburguesa y, por tanto, anticapitalista. Esta ilusión no cae del cielo, sino que surge de las relaciones sociales que caracterizan a esta sociedad y que están impregnadas de la ideología democrático-burguesa por la que todo individuo nace con los mismos derechos y las mismas oportunidades para crecer y mejorar su situación personal, por la que todos somos ciudadanos responsables ante un Estado que reconoce y representa la soberanía del pueblo, soberanía amparada por unas leyes "iguales para todos". Que todo esto es un castillo de falsedades se demuestra cada día; si no fuera así, no existiría en el mundo un grupo de multimillonarios que acaparan sistemáticamente la mayor parte de la riqueza mundial y miles de millones de proletarios hambrientos, y no existirían las guerras entre facciones burguesas y entre estados burgueses para avasallarse mutuamente con el fin de asegurarse más poder y mejores oportunidades de acaparar territorio económico, negocios y masas proletarias para explotar.
La economía capitalista se basa en una ley fundamental según la cual el capital debe explotar el trabajo asalariado: cuanto más lo explota, más plusvalía obtiene de él y más aumenta el valor del capital invertido. El capital sin trabajo asalariado moriría, sin doblegar a los trabajadores asalariados a las exigencias de su propia valorización (es decir, de su propio aumento) no tendría razón de vivir. Así como la burguesía no puede escapar a esta ley, tampoco puede hacerlo el proletariado. El interés de la burguesía es mantener vivo este sistema, el interés del proletariado es emanciparse de este sistema; los dos intereses chocan permanentemente, no por la voluntad de una u otra clase, sino porque son antagónicos, y lo han sido desde que el modo de producción capitalista se impuso históricamente.
Este antagonismo de clase está siempre presente, incluso cuando el proletariado no lucha: en realidad es la burguesía la que está en lucha permanente tanto contra los restos de los modos de producción anteriores, como contra las burguesías extranjeras y contra el proletariado. En el primer caso representa el progreso económico y social, en el segundo caso representa la lucha de la competencia para aumentar el poder frente a los competidores y, así, fortalecer la conservación del sistema económico capitalista, en el tercer caso representa la reacción social porque la riqueza social producida bajo el capitalismo es el resultado de la explotación del trabajo asalariado que históricamente tiende a emanciparse del capitalismo: "La condición más importante para la existencia y dominación de la clase burguesa es la acumulación de riqueza en manos de particulares, la formación y multiplicación del capital; la condición del capital es el trabajo asalariado". Esto lo sabemos desde 1848, desde el Manifiesto Comunista de Marx-Engels; y la burguesía también lo sabe, como sabe -porque es la historia de las luchas de clases y de las revoluciones proletarias la que también se lo enseña- que con el desarrollo de la gran industria, de la que es vehículo involuntario y pasivo, también se desarrollan las masas proletarias más allá de todas las fronteras "nacionales" y, con ellas, la base de la lucha de clases a escala mundial.
Por lo tanto, la burguesía tiene todo el interés en bloquear, fragmentar, desviar la lucha obrera del terreno de la confrontación antagónica de clases al terreno de la colaboración de clases. La lucha de la burguesía contra el proletariado tiene como objetivo no sólo mantenerlo en la condición de proletariado, cuya vida depende exclusivamente del trabajo asalariado y, por tanto, del capital, sino impedir que se organice independientemente, por sus propios intereses de clase y por objetivos históricos totalmente opuestos a los de la burguesía. Y en esta operación, la burguesía se sirve de la contribución de todas las fuerzas que ha logrado corromper y transformar en fuerzas de conservación: los oportunistas, los colaboracionistas que proceden de las filas del propio proletariado.
La lucha del proletariado contra la burguesía tiene como objetivo no sólo mejorar sus condiciones de existencia y de trabajo en el terreno inmediato, sino emanciparse en general del yugo del trabajo asalariado: de ser una clase para el capital, el proletariado lucha históricamente por convertirse en una clase para sí mismo, para su propia emancipación.
¿De qué debe emanciparse? Del capitalismo, de la burguesía que lo aplasta en condiciones de dependencia absoluta del trabajo asalariado, que ha hecho de él el esclavo moderno. Este es el gran objetivo histórico que el proletariado anunció con sus luchas revolucionarias en Europa en 1848, en 1871 con la Comuna de París, a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX con la lucha contra la guerra, durante y después de la guerra, y, en 1917, con la revolución victoriosa en Rusia y con los intentos revolucionarios de 1919-1920 en Hungría, Alemania y en 1927 en China.
Pero esas luchas han sido derrotadas, la burguesía, a pesar de estar continuamente en guerra entre sus naciones, a pesar de acumular crisis económicas cada vez más agudas y devastadoras en la historia de su dominio, ha vencido, sigue en el poder en todas partes, en todos los países del mundo, industrializados y no industrializados. Parece invencible.
Pero la historia no deja que el calendario de las revoluciones y contrarrevoluciones sea dictado por la voluntad de las burguesías más fuertes: la lucha de clases no fue inventada ni por la burguesía ni por el proletariado. Surge del desarrollo de las fuerzas productivas que chocan con las formas de producción que, en un determinado momento de su desarrollo, ya no pueden contenerlas y limitan su empuje objetivo. Por supuesto, la burguesía ha intentado, intenta e intentará limitar ese desarrollo porque no puede hacer nada para resolver las crisis que periódicamente y cada vez con más fuerza afectan a su sistema económico y social, salvo destruir parcialmente las fuerzas productivas que ella misma ha creado y desarrollado. Pero las destruye para poder renovarlas de nuevo porque su objetivo es siempre valorizar el capital, mecanismo que -si no se detiene- reintroducirá las condiciones generales para nuevas crisis y nuevas destrucciones. Las fuerzas productivas modernas son el capital y el proletariado, el uno trata de limitar su desarrollo, el otro, representando el trabajo humano que es la base de la producción social, se ve impulsado a desarrollarlas cada vez más: su enfrentamiento es inevitable. La solución no la puede aportar la clase burguesa, sólo la puede aportar la clase productora, la clase del proletariado, a través del medio que la historia ha expresado desde la antigüedad: la revolución. Por otra parte, la propia burguesía fue empujada a la revolución para poder dar libre desarrollo a las fuerzas productivas modernas que representaba, derrocando con toda la violencia necesaria las formas de producción feudales y asiáticas. Y desde hace más de ciento cincuenta años lucha contra la revolución que, bajo su dominio, ha tomado la forma del proletariado.
La revolución es un proceso histórico, no un acto, por violento que sea, de un día o de unos años. Y en este proceso histórico, para que desemboque en la revolución, es la lucha obrera la que debe desarrollarse en el terreno de la confrontación de clases, un terreno que al principio es el de la lucha en defensa de los intereses económicos inmediatos, pero que la propia confrontación con la burguesía dominante y su Estado eleva a lucha política general.
Con la degeneración de los partidos comunistas y de la Internacional Comunista en los años ´20, se abrió el camino a la derrota general del movimiento proletario revolucionario. Desde entonces, el proletariado mundial ha retrocedido un siglo entero. Por eso la burguesía parece invencible. Pero la lucha obrera no ha dejado de dar sus señales, aunque esté impregnada de ilusiones democráticas y pacifistas.
Sin remontarnos a la extenuante lucha en el gueto de Varsovia de 1944, a los levantamientos de Berlín de 1953 o de Budapest de 1956, basta con echar un vistazo a la larguísima serie de luchas obreras que han surgido en diversas partes del mundo para darnos cuenta de que el capitalismo no es fuente de prosperidad y paz, sino de desigualdades, explotación, miseria, crisis y guerras, contra las que la clase proletaria no tiene más remedio que luchar, en una lucha que, sin embargo, encuentra en su camino a las fuerzas sindicales y políticas del colaboracionismo interclasista. Y es este colaboracionismo la causa de su impotencia.
En aquellos lejanos años ´50, y en los ´60 y ´70, que sacudieron la paz social en Francia, Italia, y de nuevo en Alemania, y en los ´80 en Gran Bretaña, Polonia y Rusia, las burguesías dominantes utilizaron todos los medios del colaboracionismo tradicional y del nuevo reformismo extraparlamentario y de "extrema izquierda", incluso hasta la lucha amada, para contener la presión de las masas trabajadoras y sabotear sus acciones de protesta y de huelga con el fin de reconducirlas al terreno del diálogo social. Así, hoy, ante un posible futuro estallido de guerra a escala mundial, cuyos primeros signos se vieron a principios de los años ´90 con las guerras de Yugoslavia y hoy, mucho más peligrosamente, con la guerra de Ucrania, toda burguesía dominante ha intensificado su propaganda nacionalista llamando a su proletariado a la cohesión nacional, a la unión sagrada, a la defensa de los valores de la civilización occidental. Nada nuevo bajo el sol: se trata exactamente de la misma propaganda que fue utilizada por la burguesía para regimentar, cada uno, a su proletariado con el fin de enviarlo a ser masacrado en la guerra, a uno y otro lado de los frentes. Un nacionalismo aderezado de vez en cuando con las más diversas "reivindicaciones", pero cuyo objetivo ha sido siempre servir de aglutinante entre los intereses burgueses y proletarios, intereses que en realidad son siempre antagónicos, porque mientras la burguesía gana con las guerras, el proletariado pierde la vida en ellas.
No podemos ocultar que, por mucho que se haya agriado con el paso del tiempo, el nacionalismo sigue teniendo una influencia decisiva sobre las masas proletarias incluso hoy en día. Todos los países se arman para los conflictos próximos y futuros, todos los parlamentos dan luz verde a toda una serie de medidas y leyes para restringir al máximo la tan cacareada libertad de organización, de expresión y de huelga. Y toda fuerza de colaboracionismo de clase, sindicato o partido, se encarga de distraer a las masas proletarias llevándolas al terreno del diálogo social impotente, pidiendo a los poderes burgueses que se apiaden de los trabajadores cada vez más reducidos a una vida de precariedad y miseria.
Y cuando las masas proletarias, como en los últimos meses en Francia, Gran Bretaña, EEUU, Alemania, República Checa, Turquía, Venezuela, China, España, Cuba o Sri Lanka, y en Italia o Irán, salen a la calle para luchar contra el alto coste de la vida, contra las intolerables condiciones sociales, contra el empeoramiento de las condiciones de trabajo, contra el empeoramiento de las reformas de las pensiones, contra los despidos y el paro y por aumentos salariales, entonces hablan los llamados 'sindicatos obreros', exigen que no se invierta más capital en la industria armamentística sino en mano de obra, amenazan con huelgas y manifestaciones que ahora ninguna burguesía teme; mientras que los llamados "partidos obreros" se preocupan de sus tejemanejes de políticos experimentados dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para reforzar o ampliar sus privilegios. Este genio es el primer gran obstáculo que la clase proletaria encuentra en su camino; es la fuerza social que toda burguesía lanza contra ella para debilitarla, distraerla, engañarla, desviar cualquier acción que el proletariado emprenda autónomamente. Este hecho por sí solo deja claro que la burguesía, en realidad, teme que las masas proletarias se vean empujadas a la vía de la lucha de clases, y las teme porque sabe, por experiencia histórica, que la fuerza social del proletariado puede convertirse en una formidable fuerza de choque a condición de que se haga completamente independiente de toda institución y aparato burgueses, a condición de que dé a su lucha el contenido de la defensa exclusiva de los intereses proletarios y de los métodos y medios de la lucha anticapitalista, por tanto de clase.
Los proletarios no tienen que defender una patria que no es la suya y por la que la burguesía los manda a masacrar en las guerras; no tienen que defender la empresa en la que trabajan como esclavos ni la economía nacional que alimenta exclusivamente los intereses capitalistas, como tampoco tienen que luchar contra proletarios de otras nacionalidades ni como inmigrantes ni, mucho menos, como "enemigos de la patria". Los principales enemigos son la burguesía nacional y las burguesías de todos los demás países. Y el único aliado es el proletariado de otros países.
El 1º de mayo, que los burgueses y colaboracionistas de todos los colores han convertido en un "día del trabajo", fue un día de lucha, de lucha anticapitalista, de lucha antiburguesa, y así debe volver a ser si los proletarios quieren quitarse el manto intoxicado de nacionalismo y colaboracionismo y ponerse las armas de su verdadera lucha de clases, la única que abrirá el camino a la revolución contra la sociedad de opresiones, de crisis económicas y sociales devastadoras, de guerras.
¡Lucha en defensa exclusiva de los intereses proletarios y por su organización independiente!
¡Los proletarios no tienen patria! ¡Los proletarios tienen un mundo que ganar!
Partido Comunista Internacional (El Proletario)
25 de abril de 2023
