En memoria de Flora Sanhueza Rebolledo
“NI DIOS NI PATRÓN NI MARIDO”… 
X victoria aldunate morales, 
activista lesbiana feminista, escritora y terapeuta






“Ni Dios, ni patrón ni marido”, fue la consigna de “La voz de la mujer”, periódico del otro lado 
de la cordillera (Argentina 1896), anarco-feminista, a fines de siglo XIX.
Tres décadas más tarde, en la Guerra Civil Española (Europa 1936-39), sublevadas y todo
 Mujeres Libres actuaron de manera separatista en cuanto a su periódico -del mismo nombre- 
en el que sólo recibieron y publicaron artículos de mujeres. Ellas, como 25 años antes lo habían 
hecho las obreras anarquistas feministas de Santiago y Valparaíso (Chile 1905), proponían 
derrotar “el privilegio del sexo macho que convirtió a la mitad del género humano en seres 
autónomos y a la otra mitad en seres esclavos (1)”.


Las obreras feministas del Cono Sur de Nuestramerica y las anarquistas guerrilleras contra 
el fascismo en Europa, estaban tan convencidas de la necesidad de conciencia proletaria 
como de la inevitable conciencia de ser mujeres explotadas doblemente: por pobres y 
por ser objeto de la dominación sexual masculina.  
No estaban emulando-copiando a los hombres, si no elaborando en la base de sus vivencias, 
su propuesta política anticapitalista.
No renunciar a la clase para actuar de manera feminista, no quiere decir que este feminismo 
se construya como un trasvasije de ideas masculinas, como observan algunas historiadoras 
y observadoras feministas para interpretar la memoria.


Tener conciencia de clase no solo no niega la conciencia política de género, sino que es parte 
de una integralidad que profundiza la destrucción del patriarcado. Y sí puede pasar (y pasa) 
al revés: Ser feminista sin conciencia de clase (o raza y territorio), puede reforzar, apuntalar 
y lavarle la cara al capital dándole la oportunidad de posar “renovado” (como sucede actualmente).
Clase, género y territorio no es un juego de palabras, es vivencias, memoria y elección de 
estrategias que marcan actuaciones políticas.      



Ni retaguardias
Flora Sanhueza fue una de las primeras activistas que trabajó en propuestas de 
Educación Libertaria en este territorio, anarquista, guerrillera contra el franquismo, 
sobreviviente de la Guerra Civil Española, presa de los campos de concentración nazi 
en Francia; partidaria de la acción directa y “expropiadora”, según relata su hijo Héctor 
Pavelic Sanhueza (2). Asumía la lucha armada como la asumen tantas que no eligen ser 
pacifistas en medio de la violencia de clase, raza y género, pero así mismo desarrollaba 
educación libertaria y aunque no es denominada –ni autodenominada- feminista, fundó 
el Ateneo y Escuela Libertaria “Louise Michel”, con mujeres tejedoras de redes en Iquique, 
en 1947. Lo hizo exponiéndose ella y sus compañeras a la persecución de Gabriel González 
Videla y luego de Ibañez del Campo, y desarrollando su actuación política en clandestinidad.


Nació en 1911 y llegó a los 7 años desde España a Iquique con su madre y padre (libertarios 
y exiliados). A los 23 años (en 1935) volvió a España para unirse a la guerrilla republicana y 
contra Francisco Franco. Fue parte de la columna de Durruti donde al parecer estuvo con las 
mujeres que se resistieron a la retaguardia, a pesar de un anarquismo republicano macho,  
cuya consigna era: “Los hombres al frente, las mujeres a la retaguardia”.


Ni feminidad
Cuando volvió a Chile en el año 48, puede que la rabia y la tristeza de la derrota y la prisión 
política la movilizaran a organizar comités solidarios con las y los perseguidos por el franquismo
y también a forjar un ateneo libertario en tiempos difíciles para las luchas revolucionarias.
En 1946 había ganado el gobierno de Gabriel González Videla apoyado por los liberales y el 
Partido  Comunista, sin embargo este presidente se torna en dictador, traiciona a la militancia 
de izquierda colocando al PC fuera de la ley, y envía a militantes comunistas y socialistas a 
campos de concentración donde son sometidos a torturas. También limita el actuar de los 
sindicatos y persigue a sus líderes.
No obstante todo esto, el ateneo libertario se desarrolla y dura unos diez años, hasta 1957, 
el año en que comienza el fin de otro gobierno de la misma calaña, el segundo gobierno del 
ex dictador Carlos Ibañez del Campo, un militar ex juntista, elegido en gran medida por el 
voto liberal del “Partido Femenino”, cuya presidenta María de la Cruz, había sido su generalísima 
de campaña… Porque partido no es revolución, ni femenino significa  feminista.


Ni partidos
1957, el último año del ateneo en Iquique, se libraba también en la capital la Batalla de Santiago. 
Sindicatos, estudiantes, partidos (el Frente de Acción Popular) se movilizaron en la ciudad por 
aumentos de salarios y otras demandas. Hubo miles de manifestantes en las calles, gente herida 
y personas muertas.
Relatan historiadores e historiadoras chilenas que a partir de este hito, los partidos de izquierda
habrían iniciado una política más bien confrontacional, luego de haber tenido una acción
“conciliadora”. Muy conciliadora: En las décadas anteriores, los años 30 y 40, estos mismos 
partidos y movimientos parecieron institucionalizar el movimiento obrero, aplacando su 
anarquismo de fines del siglo XIX y de los primeros 20 años del siglo XX. De hecho el 
Partido Obrero Socialista (POS) de inspiración anarco-comunista en sus inicios, fundado por 
Recabarren y Teresa Flores -entre otros y otras-, pasa a ser en 1922 el Partido Comunista (PC).
Las Sociedades de Socorros Mutuos les van ganando terreno a las Sociedades de Resistencia, 
a las mancomunales, a las federaciones proletarias, a las asociaciones de obreras, a sus 
sociedades de librepensadoras, y van naciendo los sindicatos.
El Estado construido por una clase criolla al servicio de los intereses ingleses del salitre y 
más tarde al servicio de los intereses norteamericanos del cobre, hace lo suyo de la mano 
del dictador Ibañez del Campo (cuya campaña años más tarde es hecha por el Partido Femenino).
En 1927 el decreto  Nº 7912 aprueba la burocracia que segrega lo social en ministerios: 
del Interior, de Relaciones Exteriores, de Educación Pública, de Justicia, de Guerra, de Marina, 
de Fomento, de Bienestar Social... Carlos Ibáñez pasa de ministro de Guerra (1925) a ministro 
del Interior (1927), y finalmente se proclama “único” candidato presidencial: obviamente gana.
En su segundo mandato, a fines de los años 50, los partidos y movimientos izquierdistas 
parecen radicalizarse –otra vez-, se afianza el Frente Popular y comienza a fraguarse la 
Unidad Popular que gobierna más adelante (1970), pero finalmente es derrotada por una 
Dictadura auspiciada por imperialismo norteamericano. En Dictadura, Flora Sanhueza Rebolledo 
que no había cesado nunca en su lucha, es arrestada a sus más de 60 años junto con su hijo, 
torturados ambos. Ella muere por efectos de la torturas el 18 de Septiembre de 1974.


Ni guerra ni División Sexual del Trabajo
En el ateneo libertado las mujeres “podían desarrollarse en lo cultural” y cuando toma el rumbo 
de Escuela Libertaria, también acoge a niñas y niños de las tejedoras: Fue el lugar “donde los 
hijos de estas mujeres aprendimos las primeras letras y esto fue la experiencia más hermosa 
que se haya gestado en este puerto histórico” (3), relata su hijo Héctor Pavelic Sanhueza.
El nombre del ateneo: “Louise Michel”, no fue elegido al azar. Se trata de una revolucionaria 
de la comuna de París (1871) que no proponía las ideas modernas y liberales de la Revolución 
Francesa, sobre “derecho y ciudadanía”. Sino ideas proletarias e insurreccionales. No era la 
supuestamente neutral consigna (sin clase, raza ni género) de “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!”, 
sino –entre otras- la consigna comunaria: “¡Ni un chico más para la guerra, ni una chica más 
para la prostitución!”.
Louise Michel fue parte de un movimiento que dijo No al estado y Sí a la comuna.
Son luchadoras que proponen la redistribución del trabajo entre mujeres y hombres sin división 
sexual, que confrontan los prejuicios masculinos contra las prostitutas. Las comuneras resisten 
junto con las prostitutas de París en el batallón de mujeres, el último batallón que resiste la 
matanza del ejército de Versalles. Cuando Louise Michel es apresada, es juzgada y exiliada a
la isla Nueva Caledonia y allá se une a la resistencia canaca contra el estado colonial francés (4).
Esa es la memoria elegida por Flora Sanhueza Rebolledo para el ateneo libertario entre 1947 y 1957.


Ni leyes ni Estado que anestesian
El movimiento obrero feminista en chile, sus centros de librepensadoras, habían  decaído cerca de 1918 (por eso la creación del ateneo Louise Michel y su sostenimiento a fines de los años 40, fue una hazaña de mujeres). Desde los años 20 se había fortalecido la burguesía criolla liberal y moderna en base a la apropiación del cobre, luego de la gran crisis del salitre. La aristocracia se termina comiendo su plata porque no produce como los nuevos industriales al servicio del imperialismo. Intelectuales, hijos rebeldes de la aristocracia y de la burguesía naciente, prescriben a los miserables un Estado que les defienda de la ambición de los ricos (5). Desde occidente se impone la idea de un estado interventor (6), especialmente por la necesidad europea de la reconstrucción luego de la Primera Guerra Mundial y la devastación fascista. En esta vorágine social criolla, surge entre otras mujeres destacadas, la intelectual feminista Martina Barros Borgoño que ya en 1872 había traducido el libro de John Stuart Mill (1869), “The Subjection of women” (“La esclavitud de la mujer”), causando revuelo en Santiago, entre quienes sabían leer y escribir en español. Pero tal vez su propuesta política feminista más importante vendría después, en el siglo 20, cuando da conferencias sobre el voto femenino. Desde 1917 -justo el año de la revolución proletaria rusa y de la marcha del pan desatada por las obreras rusas- ella comienza en Chile con sus conferencias sobre el “El Voto Femenino”, y plantea: “se ha dicho, y se repite mucho, que no estamos preparadas para esto... Sin preparación alguna se nos entrega al matrimonio para ser madres, que es el más grande de nuestros deberes, y para eso ni la iglesia, ni la ley, ni los padres, ni el marido, nos exigen otra cosa que la voluntad de aceptarlo…”. Martina expresa una realidad de mujeres con maridos, padres e Iglesia, muy distinta a la realidad de las obreras anarquistas que rechazaban la idea de Dios, el matrimonio y solían -por pobreza, cultura u opción- vivir en concubinato. Sobre todo, Martina Barros habla de un “voto femenino” que –claro está- es para las que accedieron a leer y escribir en español. Dicho y hecho, en 1931, el dictador Ibañez del Campo concede el voto municipal a las mujeres mayores de 25 años que sepan leer y escribir. Y en 1934, el derechista liberal Alessandri, en su segundo gobierno, reforma la Constitución Política de 1925, y en su artículo 19 entrega el “voto” a: Hombres extranjeros, mujeres chilenas mayores de 21, que sepan leer y escribir, y que residan más de cinco años en su comuna.


En Mayo de 1935 se funda el MEMCH, Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, una 
de cuyas importantes líderes fue Elena Caffarena, la misma que en 1941 junto a Flor Heredia, 
ambas abogadas, presenta un Proyecto de Derechos de las mujeres al gobierno del Frente 
Popular de Pedro Aguirre Cerda (1938). Pero este gobierno, uno que por primera vez había 
derrotado a la oligarquía, no acogió el proyecto. En 1944, se organizó un congreso amplio 
de 200 organizaciones de mujeres y se creó la Federación Chilena de Instituciones Femeninas,  
cuya presidenta fue  Amanda Labarca. Esa organización exige cambios civiles y políticos: que 
se coloque a la mujer en la agenda pública del Estado.
Se construye un nuevo feminismo que –silencioso- disuelve el  anarquismo proletario feminista, 
ese de las librepensadoras de Belén de Sárraga, acérrima anticlerical y anarquista que vino a 
chile en 1913 por primera vez, a sumarle elementos a un feminismo obrero crítico y 
confrontacional que en este territorio había arrancado unos 15 años antes (a fines del siglo XIX).
Pero ahora el enfoque de agendas, derechos y ciudadanía, se arraigaba en este movimiento 
dejando atrás la propuesta libertaria, y comienza a parecer que el feminismo acá, es sólo aquel 
nacido desde la Revolución Francesa y no el propio, el parido por las obreras organizadas en
 todo el territorio en sociedades de resistencia de sólo mujeres, clubes anarquistas, grupos 
musicales, grupos de teatro obrero y periódicos feministas.
Y es que, como escribe en 1922, Aura en su columna “Liberación Femenina”: “En este 
movimiento, como ocurre en todas las cuestiones ideolójicas, hay diversas tendencias. 
Algunas mujeres, jeneralmente las burguesas y "aburguesadas", pretenden obtener derecho 
a voz y a voto… desean que la mujer intervenga en lo que llaman "política" y junto con ello 
obtener un mejoramiento económico, que les daría derechos a administrar libremente sus 
bienes. Por otro lado, el resto de las mujeres, deseamos también mejoras políticas, en el 
sentido a exijir se nos considere, como entidad integrante de un todo… deseamos mejoramiento 
económico; pero no pretendemos que ese mejoramiento quede encerrado dentro de una clase, 
ni dentro de las fronteras, sino que él se haga extensivo a todos los seres humanos que pueblan 
este planeta.”… “el problema de una clase, no puede ser solucionado satisfactoriamente, sino 
por la acción directa…; somos enemigas del parlamentarismo y de las leyes que de él resultan,
pues ellas son únicamente, el anestésico que adormece…” (periódico “Verba Roja”, 
Valparaíso-Santiago, Primera Quincena de octubre 1922, N° 43, pag 2) (7).

No era derechos ni ciudadanía los que proponen, es revolución social que no necesita de 
paradigmas liberales y capitalistas, y exige una redistribución del trabajo y el poder para 
destruir toda dominación: “Ni dios, ni patrón, ni marido” (8).


El feminismo libertario en el territorio se parió desde una memoria inevitable que opera 
con discursos o sin ellos, desde vivencias de clase y territoriales, con sentido políticos 
colectivos de autoliberación, autonomía y búsqueda de la felicidad humana. Es lo que forjó 
Flora Sanhueza Rebolledo en memoria de Louise Michel, una insurrecta sin patria.







NOTAS:
(1) En su periódico Mujeres Libres (1936), que dirigían Lucía Sánchez Saornil, Mercedes Comaposada y Amparo Poch, propusieron que la liberación de la humanidad tenía que enfocarse desde un triple ángulo: político-social, económico y sexual, “la igualdad económica y política, no solo de las clases, sino de los sexos”, que la desigualdad social provenía del “privilegio de la clase que fundó la civilización del parasitismo, de donde nació el monstruo de la guerra”. También denunciaron el matrimonio, para Amparo Poch, un “contrato y reglamentación de lo inealinable” (Amparo POCH y GASCÓN: “Antes de que te cases mira lo que haces”, Mujeres Libres, 7 de marzo de 1937 en “Las consignas de Mujeres Libres durante la Guerra Civil española Laura Sánchez Blanco Alexia Cachazo Vasallo”. http://gehtid.blogs.uv.es/files/2017/09/Las-consignas-de-Mujeres-Libres-durante-la-Guerra-Civil-espa%C3%B1ola.pdf
(2)  Gaspar García N. Leyla Morales M., “Historia de Vida Flora Sanhueza, su lucha social en Iquique 1942 – 1974”, Universidad ARCIS 2007, Archivo Chile. Historia Político Social – Movimiento Popular. http://www.archivochile.com/tesis/01_ths/01ths0005.pdf
(3) “La Mujer en la Lucha Social en Chile”, Héctor Pavelic Sanhueza, Centro de Estudios Miguel Enríquez, Archivo Chile Movimiento Político Social – Movimiento Popular.
(4) NIC MACLECLELL, COLECCIÓN “VIDAS REBELDES”. “Louise Michel”. Ed. Ocean Sur. Buenos Aires 2006.
(5) 1913, Folleto “Los pobres” de Valentín Letelier.
(6) El Tratado de Versalles establece la reconstrucción de Europa por los estados.
(7) “Mujeres y prensa anarquista en Chile, 1879-1931”. ADRIANA PALOMERA y ALEJANDRA PÍNTO, compiladoras. Ed. Espíritu Libertario, Santiago 2006.
(8) La Voz de la Mujer fue el primer periódico feminista y comunista anarquista en Buenos Aires, entre 1896 y 1897, y en 1899 en Rosario. El lema era: “Ni dios, ni patrón, ni marido” Lo dirigía Virginia Bolten, colaboradoras Teresa Marchisio, Pepita Gherra, María Calvia, Josefa Martínez.






OTRAS FUENTES USADAS:
  • “Memoria de las mujeres: espacios e instancias de participación- Prensa Feminista, Centros 
    anticlericales Belén de Sárraga y Teatro Obrero”, María José Correa, Licenciada en Historia, 
    Universidad de Chile -  Olga Ruiz, Alumna de Magister en Género y Estudios Culturales, 
    Universidad de Chile. https://cyberhumanitatis.uchile.cl/index.php/RCH/article/view/8886/873

  • “Labores propias de su sexo. Género, políticas y trabajo en Chile urbano  1900-1930”. 
    Elizabeth Q. Hutchinson. Traducción de Jacqueline Garreaud Spencer. Centro de Investigaciones 
    Diego Basrros Arana, Ed. LOM, Primera Ed. En Castellano, Santiago 2006.
  • “Cronología Comentada del Movimiento de Mujeres en Chile desde 1810 a 1995” Chile. 
    Luis Vitale, ex militante del MIR, participante de numerosos coordinadoras “de derechos 
    humanos” años 90, historiador chileno.
  • ROSSEAU, JEAN JACQUES. "Principio de la Educación de las mujeres", apartado LINDA, KELLY. 
    “Las mujeres de la revolución francesa”. Ed. B Argentina, Buenos Aires 2004.
  • UNIVERSITY OF ALABAMA PRESS. “La Virgen Roja”, Memorias. Ed University Of Alabama. Sydney 
    2007, Australia.
  • ARCHIVO INTERNET. “El Día de la Mujer”, Alexandra Kollontai, 1913. Ed. Marxists Internet Archive, 
    Mayo 2002.
  • LXXVII del libro V, titulado Sofía o la mujer, de la obra Emilio o de la Educación de J. J. Rousseau.
  • IMMANUEL KANT. “Observaciones acerca del Sentimiento de Lo Bello y de Lo Sublime  (1764)”. 
    Alianza Editorial, 2008

  • CÉSPEDES DEL CASTILLO, GUILLERMO. “Historia de España, dirigida por Manuel Tuñón de Lara. 
    VI América Hispánica (1492 – 1898). Ed. Labor, Madrid 1985.
  • TROTSKY, LEÓN. “Historia de la Revolución Rusa”. Ed. SARPE, Madrid 1985.
  • “Historia del Mundo Contemporáneo”. Antonio Fernández. Ed. vicens-vivives. Barcelona 1988.

  • ENGELS, FEDERICO. Origen de la familia, la Propiedad  privada y el Estado. Ed. Cártago. 
    Argentina, 1986

  • LUGONES, MARÍA. “HACIA UN FEMINISMO DESCOLONIAL”. ARTÍCULO APARECIDO EN HYPATIA,
     VOL 25, No. 4 (OTOÑO 2010)..
  • FEDERICI, SILVIA. “CALIBÁN Y LA BRUJA. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria”. Ed. Tinta 
    Limón, Buenos Aires 2010
     

Primero de mayo de 2018
La clase dominante burguesa y sus partidarios falsamente obreros festejan otro año de altos beneficios capitalistas mientras las grandes masas proletarias sufren la explotación más bestial y la miseria cotidiana.


Proletarios
No hay necesidad de recordar que vuestras condiciones de existencia dependen del salario que los capitalistas os conceden o que, a través de la lucha, conseguís sacarles; no hay necesidad de recordar que desde que la raza obrera llega al mundo está condenada a ser fuerza de trabajo a disposición de los capitalistas, pequeños, medianos o grandes, en las empresas privadas o en la función pública, porque el modo de sobrevivir que la sociedad capitalista os ofrece es sólo uno: vender vuestra fuerza de trabajo al capitalista que tiene interés en explotarla y que, al hacerlo, gana y gana cada vez más en la medida en la que organiza vuestra explotación de manera sistemática y científica.
No hay necesidad de recordar que, en la sociedad capitalista, son el dinero, el mercado, el cambio de valores, la compraventa, las categorías económicas... las que regulan las relaciones humanas, y que las relaciones humanas están condicionadas en origen por las relaciones de producción: en la sociedad dividida en clases, quien posee el poder económico y, por lo tanto los medios de producción, tiene en su mano el poder político a través del cual –Estado, gobierno, partidos, fuerza militar- domina a toda la sociedad y, en particular, mantiene a la clase proletaria, que es la clase productora por excelencia, en situación de depender para todo del salario, por lo tanto del capital, que da el salario sólo contra una determinada cantidad de trabajo de la cual se apodera diariamente. No hay necesidad de recordar que todo capitalista no sólo tiene interés en explotaros lo máximo posible –porque de vuestra explotación saca su beneficio- sino que tiene interés en alimentar entre vosotros una competencia despiadada (en paralelo a la competencia despiadada que cada capitalista mantiene con cualquier otro) de manera que vuelva mucho más difícil, sino casi imposible, vuestra organización solidaria en defensa de vuestros intereses inmediatos. Que vuestros intereses inmediatos estén del todo opuestos a los de los capitalistas, es una realidad que emerge cada vez que la economía capitalista, de la cual toda empresa es partícipe por razones de mercado y de competencia con otras empresas del mismo sector, entra en crisis. La primera cosa que el capitalista hace, es proteger su empresa, su propiedad, sus beneficios, sus mercancías, sus relaciones de mercado y, para este fin, está dispuesto a utilizar casi cualquier medio, y por supuesto hacer pesar sobre su mano de obra las consecuencias de la crisis, despidiendo, acabando con algunas producciones o cerrando la fábrica, acogiéndose a EREs, deslocalizando la producción y a los obreros, prejubilando, bajando los salarios...
No hay necesidad de recordaros que los capitalistas, ellos solos, sin ayuda de una serie de partidarios, de siervos, de esbirros, de matones, no lograrían dominaros siquiera sobre el plano político y social. A los capitalistas, para defender sus intereses y su propiedad, no les basta con poseer el Estado, orientar las decisiones del gobierno, y usar la fuerza militar en todas las situaciones de tensión social. Dado que la clase obrera, en la historia, de las luchas de clases que le han visto combatir por sus propios intereses sobre el terreno del antagonismo de clase, ha demostrado, en determinados periodos históricos, estar en condiciones de sustraerse a la influencia de las fuerzas de conservación burguesas y a las fuerzas del oportunismo, y de organizarse no sólo sobre el plano de la defensa económica, sino también sobre el terreno de la lucha política y revolucionaria, la clase burguesa ha sacado las lecciones de mayor importancia para el mantenimiento de su poder político y económico. Una de estas lecciones ha sido aquella de no sólo tolerar las organizaciones económicas de clase del proletariado, sobre las cuales se apoyaba la lucha de los obreros contra los capitalistas, sino de penetrar en ellas para orientarlas en sentido reformista y pacifista, con el fin de desviarlas de sus objetivos originales de defensa exclusiva de los intereses de clase y transformarlas así en instrumentos vitales de conservación social con los que, sobre todo en periodos de crisis, el capitalismo puede contar.

¡Proletarios!
Los sindicatos obreros que, en su momento, maduraron una gran tradición de clase, a la par que los partidos obreros, podían representar un elemento decisivo en la lucha de clase revolucionaria del proletariado, y esto la clase dominante burguesa no podía permitírselo; por ello, debían ser conquistados para la conservación social por las fuerzas oportunistas, las fuerzas que vestían como obreros pero que dirigían a las masas hacia el apoyo a los valores de la economía de la empresa, de la economía nacional, de la patria, de la democracia, en apoyo a todo lo que servía al capitalismo nacional para superar sus propias crisis y volver a poner en marcha la máquina de la explotación obrera general. Y donde las masas proletarias no estaban lo suficientemente plegadas a las exigencias del capitalismo –como frente a la Primera Guerra Mundial y frente a la primera postguerra- estas fuerzas oportunistas fueron llamadas a debilitarlas de manera tal que, si fuese necesario atacar con la fuerza, destruyendo a sus partidos y a sus organizaciones económicas sindicales, esta tarea fuese realizable. El fascismo italiano, primero, y el nacionalsocialismo alemán, después, demostraron que la clase burguesa dominante de los diversos países puede hacerse la guerra todas las veces que la crisis económica y política de su sistema social lo vuelva necesario, pero su guerra histórica principal era y será siempre la guerra contra el proletariado organizado, el proletariado que lucha sobre el terreno de clase guiado por el partido comunista revolucionario para la conquista del poder político y para acabar de una vez por todas con cualquier burguesía, con cualquier sistema de explotación capitalista.
Los años de la Primera Guerra Mundial y de la primera postguerra, desde el punto de vista de la lucha del proletariado contra las burguesías de cualquier país, apoyando sus propias esperanzas y sus propias perspectivas de emancipación de la esclavitud salarial, sobre la formidable victoria de la Revolución de Octubre en Rusia y sobre el movimiento revolucionario en los países imperialistas más importantes, representaron para todas las burguesías un motivo de pavor, mucho mayor del que provocó la liquidación de las aristocracias nobiliarias en 1789. La puesta en juego, históricamente, era la victoria del proletariado revolucionario contra la burguesía imperialista en Europa y en el mundo: se abría un periodo histórico en el que las clases dominantes burguesas habrían podido ser efectivamente abatidas, un periodo en el que la clase proletaria internacional habría guiado la lucha de clase no sólo para sí misma, sino también para todas las poblaciones masacradas por el colonialismo imperialista y el atraso económico.
Aquella ocasión histórica no llegó a buen puerto, pese a las grandes luchas de los proletarios rusos, alemanes, húngaros, polacos, italianos, ingleses, franceses... las fuerzas oportunistas que se concentraron después en el estalinismo, tanto como ideología falsamente socialista y comunista o como práctica política y social nacionalista y tricolor, lograron infectar a todos los partidos revolucionarios, desde el partido bolchevique, devolviendo al movimiento proletario a veinte años atrás; ellos contribuyeron, de manera sustancial, a plegar a los proletarios de todos los países, en primer lugar a las exigencias de reconstrucción capitalista postbélica, haciendo pasar las posiciones según las cuales el enemigo de clase no era representado por la clase burguesa en su conjunto, en todas sus fracciones, sino sólo por la clase burguesa del país enemigo, del país “fascista”, y que la vía de salida de la guerra, de la violencia, del horror, estaba en apoyar y combatir sólo por la democracia, por la restauración del parlamentarismo y de una vida política y social no encuadrada por el totalitarismo fascista. Los partidos “obreros” se convirtieron en las columnas que sustentaban las nuevas instituciones democráticas; los sindicatos “obreros” se convirtieron en organizaciones económicas de la clase obrera destinadas a colaborar con la reconstrucción posbélica y el renacimiento económico del país: en conclusión, el proletariado de cada país, después de haber perdido a su partido comunista revolucionario, destruido y desfigurado por el estalinismo, perdió también sus propias organizaciones sindicales, con el resultado de que cualquier asociación política y sindical que se refería al proletariado juraba sobre la estabilidad capitalista, aún si, etiquetaba a esa misma economía como “socialista”.
Únicamente una pequeñísima porción de comunistas revolucionarios que no agacharon la cabeza frente al estalinismo, que no vendieron su propia militancia revolucionaria por una carrera, sino que mantuvieron la coherencia y la continuidad política con el marxismo –la Izquierda comunista de Italia- salió del desastre mundial de la degeneración de la Internacional Comunista y del estalinismo sobre posiciones defendidas desde la constitución del Partido Comunista de Italia. Esta corriente política, que no tiene nada que ver con los que se dan el nombre de partido comunista y que han hecho una mentira del marxismo auténtico, hoy, representada por poquísimos elementos que mantienen con vida incluso la continuidad organizativa, es del todo desconocida para las grandes masas proletarias. Pero esto, dada la situación general de depresión del movimiento de clase del proletariado, es un dato que no ha asustado nunca a los marxistas: la historia no se lee a través de los grandes o pequeños personajes, no se lee a través del éxito numérico de tal o cual partido o de las corrientes de moda al estilo del sesentayocho, sino a través de las contradicciones que se mueven en el subsuelo de la sociedad, a través de fuerzas que las mismas contradicciones económicas y sociales del capitalismo producen y alimentan constantemente y que, en un cierto punto de tensión general, explotan como un volcán. Los proletarios mismos, destinados históricamente a volverse los protagonistas de la revolución más tremenda y resolutiva de la historia de las sociedades humanas, no tienen ninguna conciencia de esto: poseen, objetiva y materialmente, como clase social del moderno capitalista, la fuerza histórica apta para superar cualquier sociedad dividida en clases, de las cuales la sociedad capitalista es la última en la serie histórica. Ellos, en el centro de las relaciones sociales capitalistas de producción, representan contemporáneamente una de las fuerzas de conservación gracias a la fuerza de trabajo que la burguesía explota con el fin de valorizar el capital y, dialécticamente, la única fuerza revolucionaria en condiciones de cerrar la serie histórica de las sociedades divididas en clases –la prehistoria humana, como afirmaba Engels- y abrir a la humanidad la vía para una sociedad de especie, para una sociedad no basada ya en la explotación del hombre por el hombre, en el dinero, en la mercancía, en el capital y en el trabajo humano; en síntesis, por el comunismo.
La clase de los trabajadores asalariados, de los proletarios, la clase de los sin reservas, es fundamental para la supervivencia del capitalismo: la explotación del trabajo asalariado por parte de los capitalistas consiste en la obligación de trabajar por parte de los sin reserva si quieren sobrevivir, y en el hecho de que el salario que el capitalista da al trabajador a cambio de la jornada de trabajo no se corresponde con el tiempo real y total del cual el capitalista extrae su ganancia, sino sólo de una parte –la que corresponde a los medios de subsistencia que el obrero debe comprar en el mercado- mientras que la otra parte de tiempo de trabajo diario, no pagada, constituye un valor supletorio, el plusvalor precisamente, que el capitalista se apropia directa y completamente. En la medida en que los trabajadores asalariados permanecen en condiciones de trabajadores asalariados bajo el dominio de la burguesía, y viven su esclavitud salarial día a día sin poner en discusión las relaciones sociales y de producción impuestas por la sociedad capitalista, constituyen una clase para el capital. Pero el proletariado no ha sido, siempre, únicamente, una bestia de carga; fue involucrado por la burguesía en su lucha contra el feudalismo, contra las aristocracias nobiliarias, participando en la destrucción del poder político feudal y del modo de producción feudal para liberar a la sociedad humana de sus límites y de sus vínculos económicos, sociales y políticos, abriendo de esta manera la vía al progreso económico y social exaltado que la revolución burguesa representó históricamente. Pero el capitalismo, pese al formidable progreso técnico y productivo que ha llevado consigo, al mismo tiempo ha sustituido –y no podía hacerlo de otra manera- una sociedad dividida en clases, fragmentada y cerrada, con una nueva sociedad dividida en clases más simple y abierta al mundo; universalizando el sistema económico capitalista, imponiendo la ley del capital sobre todo el globo terráqueo, el capitalismo ha transformado a buena parte de las grandes masas populares de campesinos y pequeño burgueses en proletarios puros, expropiando tierras y actividades laborales, generalizando las relaciones de producción y sociales capitalistas y, por lo tanto, las condiciones de existencia de los sin reservas, erigiendo una sociedad en la que una pequeña minoría de capitalistas domina sobre las grandes masas proletarias y proletarizadas.


¡Proletarios!
Las condiciones de esclavos modernos las vivís cada minuto de cada día de vuestra vida. Debéis soportar sacrificios de todo tipo para dar de comer a vuestros hijos, para vivir en una casa decente, para escapar del frío o del calor, para curar las enfermedades que la mayor parte de las veces son provocadas por el mismo modo de producción frenético y opresivo; sufrís sistemáticamente la inseguridad en el puesto de trabajo, y por lo tanto en el salario, mientras el propio puesto se transforma, antes o desupés, en la causa de vuestros infortunios, de vuestras muertes, de vuestras enfermedades incurables. Estáis expuestos cada vez más a la inseguridad de la vida y a puestos en condiciones no sólo de sufrir impotentes esta situación, sino de no poder hacer nada decisivo para mejorar completamente vuestras condiciones de existencia. En la sociedad capitalista, bajo el dominio de la clase burguesa, dependéis totalmente de los intereses del capital: no sois otra cosa que clase para el capital, a su merced; representáis una enorme reserva de fuerza de trabajo de la que cualquier capitalista pesca a los trabajadores que le sirven, prefiriendo obviamente a los que se someten sin rechistar a sus órdenes. Para los capitalistas sois la raza obrera, pero, al igual que todo esclavo antes o después se rebela, vosotros constituís, al mismo tiempo, la fuerza de trabajo necesaria para valorizar el capital y la fuerza de trabajo excedente respecto al ciclo de valorización del capital puesto en marcha empresa por empresa. Por eso mismo hoy encontráis trabajo, pero mañana podéis ser despedidos. Y en este carrusel horrible en el que las masas humanas, de cualquier nacionalidad, edad, género, origen, son constreñidas a migrar de una ciudad a otra, de un país a otro, de un continente a otro, sólo para lograr sobrevivir en condiciones menos malas que aquellas de las que se huye, vosotros, proletarios, sin reservas y sin patria, tenéis una única vía de salida: la lucha contra las condiciones de esclavitud salarial a las cuales estáis constreñidos desde que nacéis.
La lucha por vuestra supervivencia, si no se transforma en lucha de clase –cuyo primer estadio es la defensa de los intereses de clase más generales, es la organización independiente de clase reconociendo el antagonismo existente entre capital y trabajo asalariado, es la solidaridad de clase entre trabajadores asalariados, es la unidad en la historia- estará siempre condicionada por el interés que los capitalistas tienen en “salvar” a alguno dejando a su suerte, peor, a todo el resto. La lucha de clase es la única respuesta verdadera de la clase proletaria a los problemas de supervivencia, a los problemas de la desocupación, a los problemas de los salarios de hambre, pero no puede brotar y desarrollarse si los proletarios no combaten decididamente contra el arma principal que la burguesía usa contra ellos: la competencia entre proletarios.
Como proletarios sufrís los efectos de las relaciones de producción y sociales impuestas por el capitalismo, y para combatir estos efectos no tenéis alternativa: os unís en la lucha de clase independiente de cualquier institución burguesa, de cualquier partido burgués, de cualquier organización colaboracionista, o seréis utilizados continuamente para reforzar- aun cuando un sindicato tricolor llama a la “lucha”, cuando no puede hacer otra cosa si no quiere perder toda su influencia- el mismo sistema económico, social y político que es la causa de vuestra miseria, de vuestras condiciones inhumanas de supervivencia.
La lucha de defensa de los intereses proletarios inmediatos que utiliza medios y métodos de la lucha de clase es el primer estadio del renacimiento del movimiento obrero; el segundo estadio está constituido por la lucha política de clase, la lucha en la cual el proletariado se reconoce no sólo como clase para el capital que quiere obtener mejores condiciones de vida y de trabajo, sino como clase para sí, clase protagonista de la historia, clase que a través de su lucha política y revolucionaria puede cambiar completamente la sociedad, sepultando finalmente el modo de producción capitalista y su defensa reaccionaria. En este camino, los proletarios se encontrarán no sólo con los enemigos declarados, burgueses y pequeño burgueses, sino también con otros proletarios que se han dejado atraer y encuadrar en las fuerzas de la conservación social. Es inevitable que esto tenga lugar, porque la clase burguesa no cederá ni un milímetro en su dominio y sus intereses: usará todos los medios a su disposición, legales e ilegales, pacíficos y violentos, económicos, políticos y religiosos; usará todas las fuerzas oportunistas que se han formado a lo largo del tiempo, de los viejos reformistas y socialdemócratas a los nuevos obreristas, movimientistas, lucharmadistas, como ya hizo en el pasado; y se inventará nuevos, como en la época del fascismo. Todo esto puede espantar y paralizar a las masas proletarias, pero la lucha de clase a la cual estas son empujadas, en un determinado momento, no es el fruto de un plan más o menos diabólico de un grupo de conspiradores: es el fin de todas las contradicciones sociales que se suman a lo largo del tiempo y, precisamente como el magma volcánico, explotan con una virulencia extraordinaria. Para que este movimiento telúrico de la sociedad no se agote en miles de enfrentamientos aislados, el proletariado tiene necesidad de organizar sus fuerzas para poder dirigirlos hacia objetivos bien precisos y no sólo inmediatos, sino históricos. Es aquí que aparece evidente la necesidad de una conciencia de clase en condiciones no sólo de dirigir el movimiento de clase del proletariado, en los diferentes países, en la lucha específica contra la propia burguesía, sino de hacer confluir las fuerzas proletarias hacia objetivos máximos, revolucionarios, que no pueden sino ser internacionales. La conciencia de clase es representada por el partido político de clase, por el partido comunista revolucionario, desde los tiempos del Manifiesto de Marx y Engels; por un partido que prevé todo el curso histórico de las luchas sociales y de clase y que, sobre la base de la teoría del comunismo revolucionario (que no es otro que el marxismo), en las luchas del hoy representa los fines históricos de mañana y que, colocándose como guía del movimiento de clase, es el único en condiciones de dar al proletariado de todos los países una única dirección, la dirección revolucionaria.
Hoy el proletariado no está cerca, ni mucho menos, de luchar de manera eficaz sobre el terreno de la defensa elemental de sus intereses inmediatos. Esto se debe a más de noventa años de estalinismo, que ha corrompido a partidos y organizaciones proletarias en todo el mundo, y a más de setenta años de política y práctica colaboracionista por parte de los partidos llamados comunistas y por parte de los sindicatos “obreros”. La colaboración entre las clases, y la política de la clase burguesa en la fase imperialista, es la política que ha ideado y practicado el fascismo y que fue heredada por las democracias post-fascistas. Representa la corrupción más profunda que infecta al proletariado, pero su resistencia en el tiempo depende del nivel de competencia que exista entre los proletarios. Combatiendo contra la competencia entre proletarios, se combate a la vez contra la corrupción de la colaboración entre clases, y se defiende de manera mucho más eficaz la independencia de clase de las organizaciones proletarias.
El Primero de Mayo, hace muchos años, no era un día festivo, sino un día en el que los proletarios de todos los sectores y de todas las categorías, de todos los países, proclamaban la voluntad y la decisión de luchar unidos contra la explotación capitalista y contra el poder burgués que se apoya sobre la explotación del trabajo asalariado. Hoy, el Primero de Mayo se ha convertido en una ocasión de fiesta, de conciertos, de pacificación entre las clases: es un himno a la colaboración entre las clases, es la fiesta de los capitalistas que se han apoderado de una jornada que, en un tiempo, como jornada de lucha, les hacía temblar.


¡Proletarios!
No hay nada que festejar. Mientras masas de inmigrantes mueren al atravesar el mar, son amasados en campos de concentración, explotados, torturados, violentados, asesinados; mientras la desocupación asola los países del mito del bienestar, la intensidad del trabajo de las masas ocupadas aumenta cada vez más y el trabajo se vuelve cada vez más precario aumentando inevitablemente la inseguridad de la vida; mientras las desgracias en los puestos de trabajo no cesan y tienden a ser cada vez más frecuentes, así como lo hacen las enfermedades “profesionales” a causa de la nunca controlada nocividad del trabajo (como los casos cada vez más frecuentes de muertes por amianto); mientras los salarios en general son bajados respecto al coste de la vida que tiende a aumentar y la competencia entre proletarios llega a niveles de ferocidad nunca vistos. Mientras sucede todo esto, en un marco internacional en el cual las guerras de rapiña por parte de las potencias imperialistas no han dejado de estar en el centro de los acontecimientos políticos y militares, las condiciones de existencia proletarias empeoran cada vez más.
Los sindicatos colaboracionistas claman por su “preocupación” por esta situación y apelan a los gobiernos con el fin de que promulguen algún tipo de reforma que atenúe el empeoramiento general de las condiciones de los trabajadores. Como siempre ha sucedido desde que se organizaron al final de la IIª Guerra Mundial, los sindicatos colaboracionistas siguen una escala de prioridades en la defensa de los “intereses”: primero viene la patria, la nación, el Estado y su Constitución, por lo tanto la economía nacional; después la defensa de la españolidad de las empresas y su competitividad; después la productividad del trabajo que se liga a la necesidad de la reanudación económica; después la salvaguarda de los puestos de trabajo, no importa con qué salario, incluido el llamado “salario de solidaridad” con el cual los trabajadores se gravan con el fin de permitir el mantenimiento del puesto de trabajo a compañeros amenazados con el despido; después los convenios nacionales, que al mismo tiempo son renovados cada cierto tiempo; después los salarios, para los cuales no se pueden pedir aumentos decentes porque la crisis económica ha golpeado los beneficios de todas las empresas, comprendido el Estado; después la desocupación juvenil, como problema general para el cual se pide simplemente una reforma...; después, si no hay más remedio, y sólo idealmente, de los trabajadores en peores condiciones, como los de la logística y los inmigrantes. En suma, los sindicatos colaboracionistas demuestran constantemente que los intereses que defienden y para los cuales movilizan, o paralizan, a sus afiliados, son los intereses del capital y no del trabajo. En cuanto sindicatos tricolores, sindicatos colaboracionistas, no es como para sorprenderse. Pero, dado que cada tanto, o las asociaciones patronales, o el gobierno, lanzan algunas migajas para dar a las masas, estas burocracias sindicales, que pueden contar con el apoyo constante del Estado y de las fuerzas políticas burguesas, continúan manteniendo una cierta influencia sobre el proletariado, pero perdiendo credibilidad en el tiempo.
Pero a los proletarios, para defender sus propias condiciones de existencia, les sirven organizaciones de clase, organizaciones de clase que no nacen de la nada, sino de las luchas de los proletarios, de una lucha que rompe los miles de lazos que le atan a los intereses de la empresa, de la productividad, de la competitividad, a los intereses de la economía nacional. Si no es hoy, será mañana, pero serán las mismas condiciones materiales de supervivencia vueltas insostenibles las que empujarán a grupos de proletarios a reaccionar, a romper la paz social, a volver a apoderarse de los medios y de los métodos de la lucha clasista que coloca en el centro exclusivamente la defensa de los intereses proletarios.
Como comunistas revolucionarios sabemos que las contradicciones sociales de la sociedad capitalista no bastarán para hacer moverse a la clase proletaria y dirigir su fuerza contra los baluartes políticos, sindicales, organizativos y militares de la sociedad burguesa. Pero si no llega esta ruptura social, los proletarios estarán destinados a sufrir continuamente una esclavitud salarial que tiende a empeorar sus condiciones generales. Será necesaria, por lo tanto, una orientación de clase, una dirección de clase gracias a la cual los proletarios se reapropien de su historia de clase, y esta orientación y esta dirección de clase han sido mantenidas vivas durante todos estos decenios por el partido comunista internacional, que continuará con este trabajo que hoy aparece privado de resultados inmediatos, pero que, con el tiempo, se mostrará vital para el mismo proletariado.

¡Viva el Primero de Mayo rojo!


27 abril de 2018 Partido comunista internacional
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La catástrofe capitalista sigue agudizándose en todas partes, alcanzando cotas cada vez más incompatibles con la vida en el planeta. Guerra generalizada a lo largo del mundo, hambruna masiva, intensificación de la explotación, cascada ininterrumpida de suicidios, cosificación de toda relación social, violencia entre y contra proletarios (violencia sexista, violencia racista, violencia contra niños y viejos...), cárceles atiborradas, destrucción de la Tierra, alimentación cada vez más tóxica, destrucción de la salud, etc. El antagonismo entre el capitalismo y la vida nunca fue tan devastador. Tampoco hubo nunca una desproporción tan grande entre la imperiosa necesidad de una revolución social y la poca tentativa de asumirla.
 

El único sujeto capaz de dar solución a los problemas de hoy mediante una transformación radical de la sociedad, el proletariado, se muestra incapaz de acabar con toda esa catástrofe. Pese a lo que padece y vive en sus carnes, pese a que una y otra vez se rebela contra las condiciones de vida que sufre, provocando estallidos sociales que hacen tambalear la paz social en tal o cual lugar, como los que recientemente vivimos en Irán o Nicaragua, existen toda una serie de factores que impiden a ese sujeto afirmarse como fuerza internacional para imponer su solución revolucionaria ante los grandes problemas que hoy padecemos.
 

Décadas de contrarrevolución y paz social han descuartizado al proletariado, potenciando los procesos y mecanismos de reproducción capitalista que velan la existencia misma de las clases sociales (sobre todo la del proletariado), desmembrando así la crítica unitaria desarrollada históricamente por esta clase social. La misma totalidad capitalista sobre la que se despliega la realidad que vivimos aparece fragmentada por una serie de ideologías que parcializan cada problema que este sistema genera, buscando una solución particular a cada uno de ellos. Como consecuencia, se alzan movimientos específicos que abordan esos problemas parciales y tratan de resolverlos. Pero no sólo no hay ninguna solución posible a cada problema tomado por separado, sino que además esa fragmentación altera al mismo tiempo el contenido real de esos problemas. Se constituye así la ideología de la opresión del hombre sobre la mujer, la opresión de la raza blanca sobre las demás razas, la destrucción de la naturaleza por el ser humano..., codificando la realidad bajo esos parámetros ideológicos. Al luchar a través de una categoría parcial, los distintos movimientos se sitúan en el plano de grupos específicos que compiten entre sí por un mayor reconocimiento de derechos por parte del Estado. La competencia entre mercancías se expresa políticamente como la competencia entre identidades separadas, todo en beneficio de las políticas “transversales” del valor y su gestión estatal. Se desplaza así la crítica unitaria del capitalismo, crítica que contiene en su seno la denuncia de cada aspecto, no como parcialidad, sino como expresión de una totalidad que determina cada parte y cuestiona el orden social que reproduce todos esos problemas.
 

El desarrollo de esta sociedad va íntimamente ligado al desarrollo del individuo aislado. La sociedad mercantil generalizada excluye y disuelve toda comunidad que no sea la comunidad del dinero y desarrolla todo lo que potencia el aislamiento social. Todo lo que une lo une en tanto que separado, esa es la esencia de este mundo, y su modo de vida, la democracia. El efecto que esta realidad provoca en la comunidad humana, destruyendo su ser social, atomizándola en individuos aislados con intereses contrapuestos, es cada vez más terrible. El ciudadano es hoy el ejemplo luminoso de cómo el desarrollo mercantil y el individuo aislado se desarrollan de forma paralela. Este desarrollo no sólo niega brutalmente la comunidad humana, sino que plantea grandes obstáculos a la lucha contra el capitalismo, pues la afirmación de ese individuo va en dirección opuesta al desarrollo y la organización de la única comunidad que se contrapone al capital, la comunidad de lucha, que parte de un ser colectivo, de una clase social revolucionaria, el proletariado.
 

En este contexto el proletariado tiene enormes dificultades para actuar y reconocerse como clase. Su mismo ser, así como su rico proceso histórico de lucha y su programa, aparece totalmente negado en la historia, ya sea por deformación u ocultación de esa realidad histórica. La misma dinámica del capital y sus fuerzas ideológicas proyectan una actividad social en la que nuestra clase es negada como sujeto, reducido a lo que es en el proceso de  producción y reproducción del capital, y a lo que se pretende que sea eternamente: simple objeto del capital; simple mercancía fuerza de trabajo, que puede usarse o desecharse según las necesidades de la producción; simple espectador del acaecer social.
 

Precisamente esta realidad conlleva que los mismos proletarios se crean cualquier cosa menos proletarios. A alguno le hacen creer que no es proletario porque es empleado, el otro cree que no lo es porque está desocupado, el de más allá se siente campesino en oposición al obrero, otro se cree comerciante porque es vendedor ambulante, muchos otros se sienten demasiado niños o demasiado viejos para ser proletarios, habrá también quien por ser mujer se sienta menos concernida por la cuestión de su clase o quien sienta la opresión racial como más determinante que la de clase, y en vez de sentirse proletario negro, proletario latino o proletario amarillo, se siente negro, latino o amarillo... y para quienes superen estas formas más elementales de negación inmediata de la realidad de proletario, habrá otras formas más político-ideológicas de esa misma negación como el sentirse “antiimperialista”, “antineoliberal”, “palestino”, “judío”, “cubano”, “latino”, “de izquierdas”, “francés”, “yanqui”, “aymara”, “kurdo”, “croata”, “zapatista”, “obrero de un país rico”, “feminista”, “antirracista”, etc.
 

Estas concepciones identitarias se presentan como fuerzas socialdemócratas que se contraponen al proceso de constitución del proletariado en clase para negar la catástrofe de este mundo. La perspectiva de clase se diluye así en una maraña de identidades y comunidades ficticias que viven subsumidas en la comunidad del dinero.
 

Al mismo tiempo, el politicismo sigue siendo una de las ideologías esenciales contra nuestra clase. Reduce la cuestión de la transformación social a ocupar el Estado, sea por vía electoral, sea por la violencia, para implantar una serie de medidas que “cuestionarían la sociedad capitalista” y plantearían una “alternativa real e inmediata”. Pero el Estado no es un órgano neutro que puede ser usado según la voluntad de tal o cual dirigente o partido, es la organización en fuerza de la sociedad actual, la del capital, y sea quien sea el que tome posesión de ese Estado está determinado a actuar en el marco capitalista. Lejos de dirigir el Estado, son dirigidos por él. De ahí que todas las medidas politicistas no sean más que formas diferentes de desarrollo del capital que no cuestionan ninguna de las bases de esta sociedad ni plantean ningún tipo de alternativa real. Véase Cuba, Venezuela o el actual proceso independentista en Cataluña.
 

El gestionismo se postula como alternativa al politicismo; sin embargo, no es más que su réplica en el terreno productivo. Si el politicismo reduce todo a la esfera política, el gestionismo hace lo mismo en la esfera productiva, tratando de cambiar el mundo sin destruir el poder, defendiendo que los productores tomen los medios de producción, tal como existen, para hacerlos funcionar sin patronos, sin burgueses. Pero esta “alternativa” mantiene intacta la base social del capitalismo, pues bajo ella se siguen desarrollando las unidades autónomas de producción mercantil, el intercambio, el dinero (o «bonos de tiempo», «bonos de trabajo»), es decir, el capital, la explotación y todas las categorías fundamentales de esta sociedad. Considerar que la explotación y la opresión capitalistas emanan del burgués individual es no comprender que el burgués es un funcionario del capital, que el capital, en cuanto «sujeto automático», es el que dirige la producción. Las experiencias de Argentina a principios del siglo XXI con las fábricas «recuperadas», u otras más actuales como Rojava y sus cooperativas, nos enseñan cómo el gestionismo es capaz de liquidar nuestras luchas y dar nuevos bríos a la economía capitalista. Tanto el gestionismo como el politicismo dejan intacta la relación social capitalista que hay que destruir.
 

Por supuesto, para el mantenimiento de esta sociedad es también esencial hacer creer que todos los que sufrimos las terribles condiciones de vida actuales tenemos un mal menor que defender. Siempre hay algo peor a lo que mirar y que justifique la sumisión a la sociedad actual, el apoyo más o menos crítico a representantes del capital, o la renuncia a la lucha por cualquier migaja. Al que vive en la asfixiante paz social capitalista se le enseña el terror de la guerra; al que se deja la vida en el trabajo para echarse algo a la boca se le muestra al desocupado sin recursos presto a reventar de hambre; al que quiere actuar fuera y en contra del juego político sindical se le exaltan “otras formas de hacer política”, la “infalibilidad” de la “democracia directa”; al que cuestiona a la izquierda le muestran lo mala que es la derecha; a otro le dicen que la democracia es mejor que la dictadura; al que lucha se le incita a abandonar la lucha tras recibir cualquier migaja... Se oculta así que todo forma parte de lo mismo, que son momentos de una misma existencia subsumida al trabajo asalariado, al dinero, al valor.
 

Allí donde los proletarios se rebelan, se alzan contra el infierno en el que viven, como las luchas desarrolladas recientemente en Nicaragua o en Irán, el capital mundial busca negar la perspectiva revolucionaria e imponer el horizonte capitalista en sus múltiples variantes. Tratan de encuadrar las luchas y transformarlas en luchas contra tal o cual gobierno, contra tal o cual dictador, contra tal o cual medida o gestión, tratan de transformar las revueltas de nuestra clase en guerra entre proyectos burgueses, de negar todo cuestionamiento a este sistema y fagocitar así todo lo que se le contrapone. El súmmum de esta repolarización es la guerra imperialista donde la lucha del proletariado es conducida a una lucha entre fracciones burguesas, tal y como lo sufrimos actualmente en Siria, así como en otros países en las últimas décadas.
 

Estos factores y límites de las luchas actuales, que implican que todas las luchas acaben canalizadas, liquidadas o revitalizando al capital, extienden la creencia de la imposibilidad de una revolución social. Esta creencia se convierte en una fuerza material para la conservación de este mundo, conduciendo a muchos de los que luchan a desentenderse de lo que exige un proceso revolucionario internacional para sumergirse en una dinámica posibilista y localista sin ninguna perspectiva, lo que quiebra la unidad de las luchas inmediatas de nuestra clase (lucha contra las medidas de austeridad, contra los desahucios, contra la represión, expropiaciones...) de la lucha histórica por la revolución.
Es cierto que las condiciones de vida del proletariado le llevan una y otra vez a superar estos obstáculos y a afirmarse como clase, contraponiéndose violentamente a la sociedad actual, pese a todas las debilidades que lastramos. Sin embargo, apenas se supera el marco local, sólo excepcionalmente se asume uno regional. El resto del proletariado mundial no se siente concernido por esas luchas, no asume la pelea que en tal o cual lugar desarrolla su clase como su propia pelea. Así se desarrollan infinidad de luchas en un completo aislamiento que finalmente son repolarizadas y/o aplastadas por el capital mundial (Siria, Brasil, Mapuches...). Esta cuestión nos recuerda constantemente que nuestra clase no puede generar una perspectiva revolucionaria más que asumiendo su lucha en un plano histórico-universal. El internacionalismo proletario no es una bonita consigna del pasado, sino el terreno mismo sobre el que se despliega la lucha revolucionaria.
Pese a todas estas dificultades, pese a todas estas fuerzas y elementos que actúan contra la constitución del proletariado en fuerza revolucionaria, no hay ninguna otra perspectiva, no hay otra salida a la catástrofe capitalista que no sea la revolución social. No tenemos dudas de que la catástrofe capitalista seguirá avanzando y haciendo cada vez más imposible la vida en el planeta. Tampoco tenemos dudas de que las luchas de nuestra clase seguirán reproduciéndose aquí y allá. Sin embargo, lo fundamental no es percibir esta evidencia, sino asumir y estructurar esas luchas como una misma lucha internacional por abatir el capitalismo, utilizar la experiencia histórica acumulada para superar nuestros propios límites y debilidades, así como denunciar todo lo que impide la acción internacional e internacionalista contra el capital y el Estado. Esa es la única vía real para defender las necesidades humanas frente a las del capital. Las reformas, las ilusiones y esperanzas que justifican el rechazo a la revolución, no son más que fuerzas de conservación del mundo actual. No tenemos otro camino para salir de esta fosa que romper y denunciar esos mecanismos de defensa del capitalismo que obstaculizan la organización de nuestra comunidad de lucha. Organizarnos juntos --fuera y contra de todas las estructuras del Estado-- en la lucha contra este sistema de muerte, en la defensa de las necesidades humanas frente a las del capital, en la afirmación de la humanidad frente a la cosificación capitalista. Todo lo demás es caminar hacia el abismo al que nos conduce esta sociedad.
 

La afirmación del ser humano frente a la deshumanización absoluta que contiene la condición proletaria, esa es la esencia de la constitución del proletariado en clase para negar las clases sociales, el Estado y el capital.
 

¡Organicemos internacionalmente la lucha de nuestra clase, contra la catástrofe mundial del capitalismo, contra toda la sociedad de clases! 

Proletarios Internacionalistas
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